lunes, 5 de diciembre de 2016

ANAHÍ LAZZARONI. 5 POEMAS

Graffiti

Alguien debería dibujar de un modo impecable
el mapa de una ciudad loca
a la que abofetea el viento.

Bordeada por un mar gris y murallas de piedra,
con gentes de poco hablar
navegando sus propios océanos.

Nombro una ciudad que no está muerta ni viva.


                                                               15 de octubre, 2003








Del otro lado

La mujer que encontraron muerta en la plata era joven.

El martes y miércoles cayeron meteoritos detrás del glaciar,  los pobladores dijeron que llevaban una cola de fuego azul.

Del otro lado de la ciudad hubo grandes estruendos.

Un pájaro castaño cruzó un cielo de nubes oscuras.

Por esta calle no anda ni un alma. Y eso que es viernes.


                                                               17 de setiembre, 20014








Las canciones antiguas

Tintas antiguas para describir la ciudad.
Campos de nieve y falsas arenas movedizas.

Fotografía de pobladores y viajeros muertos.

Barcos entre los bordes de las olas azules.

Miserias empujadas por los vientos del Sudoeste.

Canciones alegres de tierras lejanas
que nadie puede cantar, ni cantará jamás.

Monedas del oro que nunca estuvo aquí.

Son otros los pájaros que vuelan en el cielo.


                                                               10 de mayo, 2005








Un día como otros

Dice que están por demoler la casa de enfrente,
la de chapas de color verde agua
con el jardín tan descuidado que parece abandonado.

Que ayer escuchó en la calle que ahí construirán un hotel.

En la ciudad los hoteles brotan como hongos.

¿Y el viento?

El viento sopla.


                                                               25 de diciembre, 2005








La ciudad a las cuatro de la tarde


                (Lo que sucedió en 30 minutos) Gob. Campos al 200.

La lluvia.  La lluvia casi constante.

Automóvil de la década del setenta.
Maquina vial yendo hacía los barrios periféricos.
Dos hombres caminando por el medio de la calle.
Mujer rubia acarreando comida del supermercado.
Una camioneta blanca sin detalles interesantes.
Otra mujer, anteojos de sol, bolso rojo carmesí.
Hombre de barba, él tampoco va por la vereda.
Adolescente con carpetas en mano izquierda.
Mujer apurada de guardapolvos azul.

Más autos que van y vienen.
Más autos a gran velocidad.

La lluvia. La lluvia casi constante.
El cielo gris, el pasto mojado.
La lluvia. La lluvia casi constante.

El cielo gris, el pasto mojado.


                                                               21 de marzo, 2007




(DE EL VIENTO SOPLA. EL SURI PORFIADO EDICIONES, BS. AS. 2011)


























(Hiroshige)

jueves, 1 de diciembre de 2016

LA CUESTIÓN DEL PELLEJO. MÓNICA ROSENBLUM

el odio como signo


“Lo que sucede entre dos, entre todos los «dos» que se quiera, como entre vida y muerte, siempre precisa, para mantenerse, de la intervención de algún fantasma”
Jacques Derrida
Basta decir “el ser humano” para naturalizar una disposición. Aun cuando falte el verbo - responsabilidad divina- que agencia, la mera enunciación de algo como alguien condiciona su devenir: impone una forma y una ley que lo trasunta. En La cuestión del pellejo (alto pogo, 2016), Mónica Rosenblum hace visible la marca que todos llevamos por Cain, hijo del odio. No se trata, en este caso, tan sólo de una señal, sino más bien de la carga. ¿Cómo convivir con los espectros del pasado? ¿Es posible iluminar sin olvidar?
La obra de Rosenblum se plantea un regreso al instante en que se funda la violencia en el género humano. Y lo hace a través de preguntas, interrogantes que se deslizan en un viaje acompasado hacia el núcleo de la responsabilidad. El primer destinatario de las preguntas de la obra es el propio Cain: ¿qué es lo que late en ese odio nacido del amor? Se trata, como señala Claudia Masin en el prólogo, de saber no sólo sobre la violencia, sino acerca de la tregua y del consuelo. La cultura resulta un magma espectral de hechos y juicios propiciados por alguien por cuyo lugar se pregunta (”¿y dónde está/ el señor/ que pregunta/ dónde está?”). Aparece entonces una figura espectral que condena a su hijo a responder por los actos que ella mismo incitó.
La reconciliación con el primer antepasado que pagó el crimen resulta un eje vertebral para todo lo que se desarrolla luego, ya sea bajo el título de El salvo o incluso de El marco de la puerta. Un recorrido que está teñido de esa violencia que nos habita sin llegar a pertenecernos, pero con la que fuimos dispuestos a convivir. Se trata de indagar al fantasma que la mantiene viva: no se trata de naturalizarlo, sino de mostrar cuán plástico, cuán escurridizo puede ser. La marca no puede ser borrada, pero si desandamos la historia, podemos desafiar lo que alguien decidió que fuera nuestra naturaleza.
El poema se convierte entonces en un merodeo sutil, de canción de cuna, alrededor de una entidad tramposa, paradójica y ruin. Pero el objetivo de este desandar los caminos del odio no tiene por finalidad encontrar la clave, el chivo expiatorio, el responsable. Es un depurar: dejar el camino libre de discursos para que aflore eso que nos acecha, limpio, sin denominación. El silencio cobra el valor crucial de ser el territorio de donde emerge eso que late sin ley. No se puede recobrar el tiempo, ni deshacer ni desdecir: más bien, se puede alumbrar con otra luz el mismo fuego.


Mauro Lo Coco













Caín dijo a su hermano Abel: “Salgamos al campo”.
Y cuando estuvieron en el campo, se abalanzó sobre
su hermano y lo mató.
Gn 4:8





¿así pijama rayado
y medio dormido
te siguió Abel?

hay una confianza
un no dudar
cuando alguien
cercano
nos dice vení
o vení mirá
y vamos detrás
esperando algo
o nada especial

vamos sin dudar
distraídos tal vez
pensando en otra cosa
a veces
ni siquiera intrigados
vamos porque
nos dijo vení,
y vení alcanza para ir detrás
puede tratarse de algo importante
de algo pequeño
de algo para uno
o para el otro
simplemente vamos
por quien nos convoca





Caín dijo a su hermano Abel: “Vamos afuera”.
Gn 4:8 Biblia de Jerusalén, Versión 1976


¿cómo es vamos?
¿cuál hilo
hilacha
cuál lazo
cuál nosotros?
¿vamos juntos?
¿vamos vos y yo
afuera
a matarte?
¿matar es afuera, Caín?
¿por qué?
¿por lejos, por solos
por los padres
por la serpiente
por la manzana
por los gusanos?
¿es eso?
¿dudaste, Caín?

ah, cómo querríamos
cuánto querríamos
saber de tu previa

¿a qué ritmo caminabas?
cada paso asentaba
el sello
en la tierra
derecha sí
izquierda voy a hacerlo
sívoyahacerlosívoyahacerlo
¿fue así, Caín?

¿de niños
armabas tus torres
y Abel te las demolía?
¿las hilvanabas
hasta el cielo
y de un soplido
te las derribaba?
¿es eso?
¿a babel
jugaban?
¿te voy a matar
le premonizabas?
¿miraban el cielo?
¿por repartija
de estrellas
peleaban?
¿y esa noche?
¿o fue de día?
¿miraste el cielo?
¿lo viste?
¿Abel miró?
¿miró?
¿qué miró?
¿volviste tu cara
para ver la suya?
¿dónde guardaste
su dejarse hacer
su dejarte hacer?
¿y en qué preciso lugar
decidiste detener
la marcha?
¿ya lo habías marcado?
¿o se te detuvo?

mudo
nudo
de una trama
suprema
¿trampa?
¿lo ves así, Caín?

a veces duele
menos
ser objeto
que sujeto

¿sujetaste a Abel?
¿se sujetó de vos?
¿cómo pasaste
de vamos a voy?
¿cómo te miró él
cuando lo supo?
¿cuándo lo supo?

¿y los cuerpos?
¿los cuerpos juntos?
tantas veces
los cuerpos hermanos
¿y entonces?
¿y aquella vez?
¿se desprendió?
¿pudiste desprenderlo
cuando se desprendió?
¿o todavía?

¿y entonces?

¿cómo lo llevás, Caín?




(de: preguntas frecuentes para caín)








IV

¿de qué está hecho
eso que vuelve
de pronto
la mirada hacia arriba
y te encuentra
pidiendo?




¿es un don?
¿un instante
una junta
intersticio?
¿es un soplo
al oído?
¿qué hace
que alguien corra
otro se quede
otro mire
otro avise
otro se tape los ojos
otro grite
alguien diga
una oración
que jamás pronunció antes?
¿dónde viven
las palabras
de esa oración
cuando nadie
las usa?
¿dónde descansa
esa lengua?
¿quién la riega
la alimenta?
¿quién vela
por aquello que
diremos
cuando la propia
lengua no alcance
cuando el abismo
nos mire
azorado
exigiendo palabra
o gesto
o ambos
o cuál es
la diferencia?


(de: el salvo)








CORO

ah, querría yo
una mano gigante
protectora
en la cual descansar
olvidar recordar
mecerme más allá
de los tiempos
de los hechos
de la propia
innombrable
traspasar las secuelas
comprender, acaso
reposar
recordar olvidar
algo alguien que me acune
querría
un consuelo
una tregua
una brisa fresca
sobre la sangre
un jazmín
un panadero
una rendija con luz
una hojita verde



DE MADRUGADA, ENTRE LA SOMBRA, EL VIENTO. JOSÉ-MIGUEL ULLÁN. (I)



Art Blog - Alex Roulette - Empty Kingdom





He ahí

No te imagino heroica
Tampoco en vano

Déjame al ir
Velarte
Sin dar tu nombre

Virtud de no estar nunca
Lo suficiente

En cualquier parte







Tangible

No se detiene nunca cuanto en el otro fuera
irrepetible.
                    Tiempo
al tiempo que alcanzamos otra rama vacía.

Sin recursos patéticos. Y, aun así,
oh celeste ataúd, oh melodía
de las amputaciones felices:
                                                      - Si huyes,
estás perdido.
                              (Pero no
se detiene.)








Perfil de enero

luz ósea la de la U
garganta

honda del viento
piedra sumisa

                                  padre
donde apenas descansas






De incidentibus in fluido

Un padre nunca sale a flote de la sospecha del amor moroso - en el rabo del ojo filial.

Un padre es bueno si ha enterrado el perro debajo de la cepa casadera. Un mal padre te enseña aquella cepa a quema ropa, con el dedo burlón. Un padre no prohíbe; es lo prohibido: cerilla que se inflama y da en el clavo. Un padre -y uno mengua- asusta un huevo.

Un padre es insoluble: se hace el muerto. Sigue, sigue flotando boca arriba, donde ya el Tormes se disuelve en Duero, como gusano de inocencia y cera (portuguesas). 






Tatuaje

El que va de la nuez al ruido,
que es el morir de proximidad
o hechizo,
no quiere hacer de la tarde nada.

En la otra dirección hacen los otros
su mediodía. 






Donde maldice y halla espacio

Un ruido es como un dios: sólo perece cuando tú
te lo tomas a pecho (de la nunca a la nuez)
y le chillas ((de noche: al oído))
que ruede del holgar a hacer fortuna,
que no te deje en paz
(((si le conviene por ventura al trueno)))
y que puede ir mirando          d e s p a c i o
la manera febril de abrirse paso
entre lo imprescindible de nuestra voluntad
-cansada /
                         ya de tantos empeños sigilosos...

¿Se arrepiente? ¿Se acuerda?
El caso es que se aviene sin dar tumbos 
a fatídico coágulo:

                               ¡Dentro del cielo viva
                                                   sepultado!




José-Miguel Ullán.
De madrugada, entre la sombre. el viento.
Calamus. 





                  

miércoles, 30 de noviembre de 2016

ANTITIERRA. VALERIA TENTONI.











Desde hace días me acosa la misma pesadilla:
un animal que escupe
filamentos de otro animal, uno más lento,
en mi cara. 






Quiero reventarme
contra el futuro
como un insecto de esos
que se convierten en estrellas en la ruta
sobre el cielo polarizado
de un parabrisas ajeno. 







Yo me saco esto que traigo
y te lo dejo
como dejan algunos perros
pájaros muertos en la puerta de sus dueños.

Con inocencia
y con exceso. 







Por la ventana, de un momento a otro,
podría entrar un pájaro
también despierto en medio de la noche
y yo podría
confundirlo con un murciélago y odiarlo.







Tuvimos peces. Se murieron
panza arriba, inflamados
de alimento. Eran tres y eran siniestros.
Todos los peces son siniestros. 

No confío en nadie que no pueda cerrar los ojos. 








Un libro
y después las fe de erratas
de ese libro

insistir
en esa idea pequeñísima
hasta agotarte. 








Valeria Tentoni.
Antitierra.
Neutrinos, Argentina.
2016.







lunes, 21 de noviembre de 2016

PASEANTE Y HUÉSPED. LILIANA PONCE

Un paseante es alguien que camina por placer y, a menudo, busca asilo en la multitud. Puede tratarse de un individuo que se traslada por la urbe y deambula sin rumbo fijo, atraído por los embelesos de lo fugaz: el flâneur de Charles Baudelaire. Acaso se entrega a la perdición, despojándose de mapas y guías. La figura que propone Liliana Ponce se acerca, estrictamente, a la del viajero. Turista y viajero –sabemos– son figuras antagónicas: el primero realiza un desplazamiento espacial con la certeza previa de lo conocido; el segundo se deja llevar por lo transitorio sin ninguna programación. Puede encarnar la imagen errática del vagabundeo en busca de algo que no se conoce del todo y proponer otra lógica del tiempo, distinta de la sucesión (“ya olvidé cómo dividir las horas”). En estos poemas, el yo poético hace un uso irreductible de la libertad al observar oblicuamente, sin dejarse atrapar del todo por el gusto y el saber unánimes. Hay un anhelo por cruzar un umbral. Dejarse llevar por los avatares revela una necesidad: aligerarse del saber taxativo con el objeto de ver el mundo con ojos nuevos. Sustraerse de las obligaciones, de los gestos nerviosos; percibir la heterogeneidad y el vértigo de las calles; explorar las superficies y las texturas de los paisajes son acontecimientos de la percepción que, secretamente, incomodan al aceitado mecanismo del sistema social pues alguien se dedica a mirar desde una perspectiva distinta.
El libro de Liliana Ponce propone, además, otro estado: la hospitalidad. Ezra Pound escribió: “Si has de venir por los vados del río Kiang,/ por favor, házmelo saber de antemano/ y yo saldré a recibirte” ¿Qué revelan estos versos? El deseo de alberg ar a los otros, el de ser rozado y abrazado por los demás. Un acto de voluntad, e incluso, un esfuerzo (una forma sencilla del afecto) están implícitos en los versos citados. Sin embargo, hay otro modo de la hospitalidad: habitar este mundo (el jardín de la casa, las mañanas tórridas, la siesta hipnótica), y ser partícipe de “otro mundo que empezó en este”. Una suerte de fluencia e invisible electricidad dota de significación a esa experiencia en la que un individuo absorbe aquello que lo rodea y asume “lo que queda” con el lenguaje de una extrema sensibilidad. Habitar el mundo y ser habitado por él, por sus seres, sus plantas y sus objetos no solo es constituirse en un huésped, sino también volverse hospitalario con lo que la naturaleza y la vida proveen. La hospitalidad, de esta manera, se convierte en una atención, en una espera, y hasta en una demora, mediante la plena “libertad del goce del presente”. Si se arroga a la poesía un carácter hospitalario, adviene como un lenguaje que hace lugar a los otros desde el hiato temporal, al inaugurar un tiempo discontinuo donde se expande la afectividad. El lenguaje, más que aprehender y dominar las cosas a través del léxico, en este caso, procura ser partícipe de la materialidad como un efecto poético y una pequeña felicidad.
Materia y poesía. Liliana Ponce articula un fraseo que reconoce los dones del lirismo sin ninguna estridencia confesional y sin tonos altos. Sus poemas agradecen la materia y reconocen la existencia como un bien; asumen el misterio de la vida, su íntimo secreto, en términos de bienestar e incertidumbre. La pequeña felicidad con la que una persona puede reconocer el mundo (los olores, los colores, los sonidos), en este libro se transfigura en undiscurso que nombra seres y objetos como si fueran algo íntimo y ajeno a la vez. Cercanía y extrañeza de las cosas producen confianza e inquietud, simultáneamente. El paseo, la hospitalidad: vertientes poéticas que promueven en la percepción del mundo formas inesperadas del amor.


 Carlos Battilana
(fragmento del prólogo)











3

Hace un día casi, en auto recorría otro paisaje.
Foránea en planicies de arenisca,
a lo largo de rutas infinitas.
Color de almendra el polvo,
se abre a las serpientes miméticas, sutiles,
que no pueden verse sin prestar atención a lo obvio.
(Es mi anhelo entrar en el corazón de México
–ya bebí sangre de chili,
y gota a gota el agave
entra en mi lengua, se sella en el aliento.)
En el nudo, mi entrada en el secreto:
cómo el cielo comerá al desierto,
lo disolverá en una sola sustancia
sin la convulsión de lo húmedo, lo árido.

La estación de la víbora espera en esta arena,
mi sol despojado, sol rayo
para un espacio esculpido a fuego.
La luz en anillos cae dorada en sus fauces
y me absorbe.







6

La ciudad se acerca.
Voy por la carretera como si durmiera
en un relámpago.
¿Cuánto hace que partí?
El ardor roe la sed, el hambre, el dolor.
Un suave polvo impregna tu vestido y el cabello
se ha vuelto gris –gris de liquen,
de piedra húmeda
(¿o es que acaso debo pensar en lo húmedo
para esconder la aridez, o desplazarla?)

Duermo en un relámpago
y sé que olvido la muerte
como si olvidara un sueño rápido,
el instante en el vértice de los signos.

Al final del viaje
habrá que tejer en el viento–
y sobre este desierto
todo lo dicho alguna vez se expande,
móvil, continuo.







I

Siesta

pedir al iris, a las pestañas húmedas,
cerrar la ventana nunca abierta,
la puerta nunca abierta,
cancelar el cerrojo

la fiebre marca el paso de enero –una esgrima–
y el golpe de lejanas varas, martillos,
bajo la luz que entra en olas de fuego,

sin equilibrio
de la mano y en el borde de la roca,
dormir en tramos de espacios
que vuelan al techo del cuarto
que equivale al puerto, al umbral
donde empezar a reconocer islas del después
que se escurre y desmenuza







II

Una vez dijiste…

Una vez dijiste: el tiempo es la medida de la línea
–cambio las palabras que brillan hasta quemarme
pero como murmuró la vidente,
ya estaba dicho el destino.
Fue hace tiempo, cuando echó las cartas
–anunciaban las monedas rotas
y la imagen oxidada por la sombra,
rezos incumplidos,
veneración al viento en la hora violeta.







III

Arranqué las flores…

Arranqué las flores, arranqué las ramas
–fue cuando éramos como niños
y llevábamos en brazos las hiedras.
Ahora la estampa dibujada
es el mapa en sepia.

Escuchá atentamente, querido,
escuchá al viento en las ventanas,
mirá el cielo, la Vía Láctea.
¿Qué haremos caminando sin rumbo
mientras la escalera se abre
y cae en la grieta del desierto?
¿Vendrás conmigo para sujetarme?
Ahora los dedos se escurren,
tiembla el aire y la sangre sabe

que la hora tiene su voz sincronizada.