J. H. PRYNNE




J. H. Prynne (Kent, Inglaterra, 1936) es autor de más de treinta libros de poesía, la mayoría publicados en editoriales modestas. Relacionado con los norteamericanos Charles Olson, Robert Duncan y Robert Creeley, es considerado una voz central en la lírica británica contemporánea, pese a la resistencia que encontró su trabajo durante largo tiempo entre la crítica oficial. Su escritura ha sido llamada “la más audaz de la poesía inglesa de postguerra”. Su obra reunida —aparecida en 1982 bajo el nombre de Poems— ha sido objeto de una tercera actualización en el año 2005. J. H. Prynne trabaja como profesor en el colegio Gonville y Caius desde 1962.



SORTILEGIO CONTRA DEMASIADAS MANZANAS

Todavía hay mucho por hacer, en
camino a la ciudad, y hasta ahora el cielo
está escrito solo en parte; nos tomamos
el tiempo necesario y la calle está alineada con manzanos.
Es allí adonde vamos, pues, y si esto suena
deliberado y dilatado en exceso, recuerden que
el hielo fue nuestra primera materia. La llama es
apenas visible a la luz del sol
y el humo asciende
oscilando hacia la atmósfera con toda la
incertidumbre de los números. Y en consecuencia no podemos
continuar con las cosas de esta forma, no podemos seguir
así, sin más. Por el bosque de este modo
perdemos demasiado y con demasiada rapidez: tenemos
demasiado que perder. Cómo puede alguien ansiar tanto
cumplir con lo que desea para
finalmente no deshacerse de eso. Hasta levantamos
la fruta caída en la calle
atemorizados por el
dibujo de tanto que ha caído, las oportunidades que reconocemos
derramadas en la tibia grava. Sabiendo que
la tibieza no es una constante, ah, confiamos
en lo que habremos de hacer y en los pequeños
y vivaces goces de las hojas y las frutas colgando todavía
de sus árboles.
Mientras que yo preferiría que todo
cayera o que colgara suspendido de otra manera;
de modo que no se nos sobornara así, por medio de la
incompletitud. El rescate nunca lo vale y de todos modos
nunca lo obtenemos. Nadie puede engullir tantas
manzanas o recordar tanto hielo. Yo
deseo en cambio que toda la agencia federal
se vuelque hacia el territorio y a través de él.
Con cualquier movimiento circular sería tan sencillo
para ellos, suyo como una forma de conocimiento, y podríamos
descansar en él: el saber que nada
queda por hacer. Lo que conquistemos
será nuestro por un desliz de exaltación: el cielo es nuestra ciudad
eterna y su trance absolutamente bello y luminoso
es el humo que se disemina
in extenso en el aire más alto.




 ES LEBE DER KÖNIG

(para Paul Celan, 1920-1970)

Fuego y miel manan de las fisuras de la tierra;
la nube suaviza la escala de Richter. El cielo se divide
mientras la bandera se vuelve específica una vez más, el impreso
también se fragmenta; la luz de las estrellas se vuelve negativa. Si
naces de alta tensión, capas púrpuras en
un formato de vidrio, reingresa en la casa pequeña con
animales demasiado delicados y crueles. Sus gargantas se aterciopelan
con la calidez humana, nosotros también estamos numerados como
pisadas en la nieve fresca.

No es posible
Beber esto otra vez, el amado entra en la pequeña casa.
La casa se vuelve específica, la piscina tiene
laterales de cobre, que se evaporan junto a los declives sembrados.
Las avenidas se inclinan hacia atrás a través de los árboles; la
música duplicada me roza la mano. Devuélvele
el borde al cielo que en este momento arde con su luminiscencia, se torna
bermejo y más demente, retornando una y otra vez al
embarcadero, que es donde estamos. Nos detenemos
el tiempo suficiente para verte,

oímos tu
temeroso gruñido y preferimos no pensar en él. Negamos
la consecuencia pero el resultado nos rodea,
somos confiados porque solo de ese modo el juicio
abstracto de la llama resulta el verdadero veneno, ah, cierto, el
pez agoniza en grandes destellos, el hedor proviene
del vello marchito en mi muñeca. Ese diálogo inane es
nuestra larga y descuidada ausencia: la cereza exuda su
resina fanática y enseguida se ve forzada, presionada
y por un motivo exótico esto significa reposo,
la pausa, la tendremos por mucho tiempo.

Solo
el aliso arrojado sobre la ofensiva craneal, la
incompletitud a la que se ha dado batalla, viene con los animales
y su indagadora calma. Entréganos este amor por el crimen y
el tedio sagrado, caminas a la sombra de
esa casa definida. Llévalo afuera y prepara
la mesa para la miel blanca, sofocando
la tela blanca desplegada por completo para el menos valioso
de los accidentes. La blancura también es retazos
de venganza, abre la ventana y nubes
blancas y lanudas navegan sobre el celeste;

es cierto. Es así una
y otra vez, con calma o vehemencia. Sabes
que la cereza es una muesca de dolor, es así y con certeza
a la vez es amada: El aplomo aparece en el
cielo tempestuoso y el agua no permanece inerte.



ESCARCHA Y NIEVE, EN CAÍDA

Es decir, una cualidad del hombre y su devenir,
bello, o la decoración de una decisión ligera e
inamovible, no menos fluida que el río
que custodia su nombre. El amparo
de la recomendación, respetando cierto orden,
dentro de la divina familia de designios. El nivel
de la nieve está donde cayó y de este modo el límite
de una larga cadencia, la estepa volviéndose blanca
con la distancia y el clima de invierno.
La caída de la nieve, como la del hombre en el cubo de hielo
y su gran estruendo al fracturarse, es una cortesía;
no exigiremos la espiral oscura, siendo gentiles
y de nuestra especie. Bajamos a las profundidades, cancelamos
la inundación, regresamos al camino y lo que antes era
conocido como planicie. Nos detenemos alejados de la orilla
aun cuando recurrimos a nuestras mejores y más serias
raciones de tiempo. Juzgo eso como nivel de nevada
pero igualmente en la pastura o placer de estación, o
mientras se presenta el rival con barro en sus zapatos.
¿Cuán lejos has llegado y cuán larga fue tu
travesía? Personas así están hambrientas; el rival
arriesga su vida en agua profunda, el oro rojizo
resplandece en las sombras de nuestra impúdica soledad.

De modo que cuando la nieve vuelve a caer la tierra
se vuelve más y más liviana. La superficie cons-
pira con nosotros, somos sus primogénitos. Aun
en esta era moderna dejamos huellas, a medida
que avanzamos. Y avanzamos, caminamos, damos zancadas o trepamos
fuera de él, la dejamos atrás, nuestra ecuánime
contemplación del mundo. El monje
Dicuil anota que en el solsticio de verano
en Islandia un hombre podía ver a través de la
noche, y desde luego que podía. Esa también es una
cualidad, una cierta ligereza que le brindamos
al rival cuando aparece. Las huellas
son borradas, el resto de las cosas bajo tierra.

El 9 de mayo de 1247 se lanzaron al viaje
de regreso. “Viajamos todo el invierno, a menudo
durmiendo en el desierto sobre la nieve excepto cuando
fuimos capaces de despejar un sitio con nuestros pies.
Cuando no había árboles pero solo tierra abierta
nos vimos muchas veces completamente
cubiertos de nieve guiada por el viento”. Eso
me suena a mí como un privilegio excepcional, observar
el descenso por sobre la cornisa. Cada hombre
posee su propio rincón, esa pregunta
a la que le da vueltas. Es su naturaleza, el atributo
que tiende hacia el mundo, así como su estatura
es su “dignidad real”. Y sin embargo Gregorio no
creía en la peregrinación hacia un lugar: Jerusalén,
dice, está demasiado lleno de rapiña y lascivia para ser
una orientación para el espíritu. El resto es una suerte
de llama, el peregrino es otra vez un atributo, y
su extensión es el camino que toma a través de estratos
que lo toleren. El viajero con su
grueso bastón: a quién le importa si es un vividor
analfabeto —es nuestro único rival. Sin esto
la familia divina es una simple bufonada, toda
la mutabilidad del Pleistoceno terminará por
derretirse como la nieve, urgida hacia la tierra.




PRIMEROS APUNTES SOBRE LA LUZ DEL DÍA

La paciencia es mi verdadera herramienta, mientras aguardamos
que el pasado suceda, es decir que aflore
al aire libre. Como espero que lo haga, diariamente, y la pre-
gunta es realmente en qué tamaño estamos, qué fracción de él
es la medida. La paciencia es
la suma de mi inercia, por medio de la cual la línea de base
se presenta al tacto
como la flor en
el cielo, cada guijarro
graduado en ocre. Cómo
desplegar, o si no disminuir la retórica
de la ocasión, con la cual la secuencia que regresa
de un cierto final se vuelve a todas luces predecible. Le
debemos esa parte de la teoría a la historia de la persona
como requisito absoluto del paisaje —esa
clase de despliegue, para empezar. Atravesamos
los campos, nos conducimos por medio del orden
ritual, aun cuando dormimos en la biblioteca.
El rezagado, es decir,
cuya paciencia
es el escudo
protector, del verdadero
límite del tamaño.
“El uso ceremonial de la cosa descrita”,
los sicomoros o el espejo de metal blanco, formas
de la paciencia, ah sí, y cada vez que incluso
me muevo, la forma estrófica muscular es el uso, en
ningún otro sentido. El mundo en común, cuán lejos
llegamos, los límites prácticos de la luz diurna. Y mientras
pienso incluso en la línea de base la vibración
es potente, la secuencia entera de la persona como
su propia historia es no más que ceremonial,
la concentración
de la intersección: des-
cubrimiento de regreso
al camino de ida, el
cruce completo un tejido abierto, que llevamos
puesto o en la mano. Que esto pudiera
realmente ser así, y utilizable, es mi consigna actual,
quemándose igual que el humo, antes de que el fuego se encienda.



LA BALADA DEL VIERNES

Esta mañana el niño cruel se entusiasma
con la perspectiva de cuidadosos recuerdos. Cómo se dirige
afectuosamente hacia la sombra, cómo le gustaría
arriesgar su brazo izquierdo. Es sabio
también inspeccionar el jardín de verano, los
pájaros están tan ocurrentes gracias al musgo verde.

El niño cruel se entrega a lo antiguo y
presiente los terceros canales escondidos. Líquidos
fluyen como una cresta en la cocina, ahora
tuerce su pie en el borde de la acera. Su mente
está en perfecto orden, Arco de Tito,
el libro ensamblado con cinta pegajosa.

Por qué está renuente a regresar. Quién
suspirará profundo frente al reformatorio,
huésped del ensamblado de dormitorios, construido
con retazos de Field Southernwood. Una intensa
calma inunda su pecho, su humor aún
está lejos de una recompensa o la perseverancia promedio.

La polilla de mercurio comienza su canción —una
cancioncita sentimental desprovista de malicia. El niño
cruel escucha la canción y sigue el ritmo golpeteando
su delgado antebrazo. Los ojos le queman, pero
no por la envidia: no hay una oportunidad tan generalizada
como para impedirle avanzar calladamente hacia el núcleo.

Las nubes se despliegan y el niño cruel es
recogido para protegerlo. El clima lo malcría,
excesiva luz de sol. El precio del zinc
se mantiene constante. A orillas del
río Orwell miramos en torno con rostros despojados de
asombro, no tenemos nada que no sea nuestro.


(Selección de Rafael Espinosa)