FRAGMENTOS DE "POSTPOESÍA", DE AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO















Quizá por primera vez en la Historia (si tal cosa aún existe) se da el caso de que un movimiento artístico no tenga su correlato en la poesía. El poeta se ha quedado atrás.




Lo que proponemos es una especie de regreso a un período pre-ilustrado en el que poesía y ciencia aún no estaban netamente separadas. El territorio que queda por explorar en esa línea es inmenso.




La poesía postpoética se presenta como un “método sin método”, no como una doctrina. Más que de una nueva forma de escribir, se trata de poner en diálogo todos los elementos en juego, no sólo de la tradición poética sino de todo aquello a los que alcanzan las sociedades desarrolladas, a fin de crear nuevas metáforas verosímiles e inéditas. En la poesía postpoética el creador es un artesano y al mismo tiempo un crítico al cual cada paso lo interroga sobre qué paso será el siguiente sin restricción dogmática de ningún tipo.




La postpoética se desprende de ese carácter chamánico e iluminado que ostentan todas esas escuelas poéticas en relación con la posición del poeta en la sociedad: el poeta sólo es un laboratorio más, como lo es un restaurante, un taller de chapa y pintura o una agencia de viajes, que fabrica sueños verosímiles. Para el postpoeta, no hay programa ni reglas que seguir, no hay un futuro que alcanzar, no hay pasados que hipotequen el futuro ni futuros colectivos a los que llegar.






A la poesía establecida, la ortodoxa, hace tiempo que no le llega más alimento e información que la que desde su interior le envía su propia tradición.




El tiempo griego es un tiempo circular, sin principio ni fin, y su concepto de espacio es vertido en la organización espacial del templo clásico, en el cual no hay direcciones privilegiadas ni puntos singulares: mires donde mires no existe línea a seguir sobresaliente sobre cualquier otra; una casi exacta isotropía. Es esta visión greco-latina, más propia de la visión postmoderna del espacio y del tiempo, la que se refleja hoy en las artes, en las ciencias, en los mass media, en la política y en el comercio, pero no en la poesía.




Hay que estar “fuera del tiempo”, como lo están ya todas las artes, la moda, la política, e incluso la propia Historia. El siempre sensato Andy Warhol –quizá uno de los pensadores más brillantes del Siglo 20– ya lo dijo en una entrevista concedida en 1963: “¿Cómo alguien puede decir que algún estilo es mejor que otro? Uno debería ser capaz de ser expresionista abstracto la próxima semana, o artista pop, o realista, sin sentir que ha renunciado a algo”.





La nueva musa es el mercado entendido en sentido amplio. Nos guste o no, el mercado todo lo invade (artes y ciencias incluidas), todo sale de él y regresa a él. Aunque al crecer la información siempre crece el conocimiento, en términos relativos podemos decir que antes se creaba desde la escasez de información y el exceso de conocimiento; ahora desde el exceso de información y la escasez de conocimiento.









La postpoesía trabaja, entre otras cosas, con la basura informativa, con el spam. La postpoesía utiliza esas zonas de la realidad, esas informaciones, que habitualmente estaban al margen; ese trozo de conversación, esos cinco segundos de zapping, ese mosaico de latas de conserva que es un cosmos en sí mismo.




 El arte contemporáneo ha sabido llevar a su terreno la superación de aquellos binomios “residuo vs sublimación”, “baja cultura vs alta cultura”; la poesía debería también poder hacerlo. De eso trata la postpoesía.




Cualquier intento de una poesía diferente a la establecida es rápidamente arrinconado y posteriormente clasificado como una práctica “inculta”, más propia de artes menores como la publicidad, el diseño, y en el peor de los casos como residuos del cómic, el pop, o en general de todo tipo de corrientes underground que, dicho de paso y como información para ciegos y sordos, hoy por hoy ya ni existen en sus configuraciones originales.





La poesía ortodoxa no es autoorganizada a causa de la cantidad de reglas, tabúes y prácticas no permitidas, según cada tribu, que la hacen impenetrable a la cultura contemporánea. La supuesta libertad total de la que goza intrínsecamente la poesía, aun teniendo en cuenta la “liberación de las formas” que conservamos de las vanguardias, no es tal. Es más, hoy por hoy, tal como se practica, hay que decir claramente que es el sistema artístico más rígido e hipertrofiado que existe.





Si en la red poesía ortodoxa los nodos fuertes, muy conectados, eran los propios poetas o las instituciones o las diferentes escuelas poéticas, en la red poesía postpoética los nodos no son ni el poeta, ni las escuelas, ni las instituciones, sino los poemas, las obras. Es decir, la red poesía postpoética es una red de obras, de productos estéticos, no de sujetos sometidos a explícitas biopolíticas. Eso cambia el panorama y su presunta evolución.







La poesía ortodoxa viene siendo sostenida por una serie de pilares, puntales inamovibles como raíces, para luego desarrollarse ramas arriba en diferentes escuelas y técnicas, siempre bajo la mirada vigilante de esos preceptos bien enraizados que al principio hemos denominado tradición, a riesgo de cisma en caso de no ser debidamente respetados, observados y guardados. Por el contrario la postpoética, tal como hemos expuesto, propone la flotación, la múltiple conexión entre todos los planos/campos de conocimiento.




AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO, Postpoesía, Anagrama, Barcelona, 2009

FUENTE ORIGINARIA: http://neorrabioso.blogspot.com/2010/09/fragmentos-de-postpoesia-de-agustin.html