ANHEDONIA: INTRUSIONES PARA ESCRIBIR SONETOS O DE CÓMO STEPHEN KING Y EL POETA JUAN JOSÉ RODINÁS ALMORZARON JUNTOS EN EL RESTAURANTE GOTHAM

Por Francisco Javier Gómez-Campillo





Frente a textos como Anhedonia (Gamar Editores, 2013) del poeta ecuatoriano Juan José Rodinás no cabe de ningún modo la pregunta ¿es posible escribir sonetos? La pregunta queda fuera de lugar, desplazada del lugar, extraída del lugar tal y como, por ejemplo, un dentista sádico, intoxicado de la prosa convulsiva de William Burroughs, extraería por medio de una fina tenaza de acero, cada uno de las impecables piezas dentales de una boca que ha preguntado ¿es posible escribir sonetos?, semejante extracción muy a la manera de procedimientos no ajenos a la poética de películas como Saw o Masacre en Texas o El ciempiés humano donde Josef Heiter, un científico alemán hitleriano, en un experimento francamente repugnante, cose el hueco de la boca al hueco del ano y crea así una especie de circuito del asco formado por tres cuerpos, dando como resultado la forma teratológica de una creatura meta-humana que expresa no sé qué ambigua fascinación por la repulsivo. En lugar pues de la dentadura queda el espectáculo de las encías desastradas y los gritos o murmullos que, por cierto, nada tiene de raro que reemplacen a su modo la pregunta ¿es posible escribir sonetos? Y sin embargo, la pregunta cabe, cabría a condición de funcionar no tanto como la pregunta de algún pseudo letrado moribundo como los que Popayán no deja de parir, moribundos, si no como la excresencia, digamos que sublime y fácilmente agregable a las Razones sobre por qué no leer Estereozen, nombre del poema con el cual se da apertura a la primera parte de Anhedonia, titulada, para total sorpresa nuestra, como Las canciones ilógicas; es decir, para ser exactos, poema que abre la «ilogicidad» que el canto ha descubierto en el canto, como siendo el fundamento del canto respecto del cual, más adelante, Juan José Rodinás hablará en términos de Elementos para una dispersión. Ilogicidad y dispersión fundan una poética de lo extraño, tal y como Víktor Shklovski, el genial formalista ruso, cómplice al parecer de los futuristas, lo postuló hace un siglo bajo el nombre de «transracionalidad», elemento en el que se estaría jugando por completo la poeticidad de la poesía, la quintaesencia de la poético, y de ahí que a lo mejor no tenga nada de extraño el verso donde «el basquetbolista se tatúa un axioma de Wittgenstein en la muñeca» (Rodinás, 2013:114). Pero, ¿cuál axioma?, acaso aquel con el cual culmina el Tractatus Logico-Philosophicus: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Lo extraño es que no exista ya nada extraño. Lo obsceno es que no exista ya nada obsceno. Es Jan Baudrillard que pasea desnudo sus sofisticadas paradojas, como si fueran elegantes bestias domadas, bajo el sol post apocalíptico cuya inquietante luz parece que predomina también en los opresivos ámbitos que abre Anhedonia. De ahí que tampoco haya nada de extraño o sorprendente pensar que una poética de los simulacros trabaja subterráneamente la teoría del canto tal como Anhedonia la expone. La ilogicidad y la dispersión, que articulan el mito del desastre en Anhedonia, más que piedras de escándalo de una especie de poética postmoderna muy afín al reciclaje de prestigiosos detritus culturales a favor de un furioso neo-hermetismo, funcionan a la manera de un recubrimiento retórico de un «algo» en cuyo adentro no es difícil conjeturar la presencia órfica, o más bien diríamos a manera de hipótesis, que ese «algo» interno no es  otra cosa que la misma Lira de Orfeo en el trance de una metamorfosis inevitable como la de Gregorio Samsa, una mañana en que dicha Lira se despierta y se encuentra convertida en la estridencia disonante de las guitarras de Nirvana, cantando nada más ni nada menso que el ahorcamiento de David Foster Wallace el 12 de septiembre de 2008, doce años después de haber escrito La Broma infinita, novela que seguramente nada tiene que ver con el antiguo arte de componer sonetos, pero donde se dice por ejemplo que,

nadie usaba términos como «melancolía», «anhedonia» o «depresión», y mucho menos «depresión clínica», pero el peor de los síntomas, ese logaritmo de todo el sufrimiento, parecía, aunque no se mencionara, flotar como la niebla en la habitación, pasar entre las columnas en forma de peristilo, por encima de los astrolabios decorativos, las velas, los candeleros, las imitaciones de arte medieval y las cartas de navegación enmarcadas de los Caballeros de Colón, un plasma tan gaseoso y temido que ningún novato osaba levantar la mirada ni nombrarlo. (Foster Wallace, 2002:570)

Siendo el caso entonces que eso que llamamos «recubrimiento», sea al mismo tiempo lo recubierto mismo; recubrimiento que se recubre de sí mismo en un doble ejercicio simultáneo de desvelamiento y ocultación, desvelamiento que oculta, ocultación que devela; es decir, para usar la expresión de David Foster Wallace, hablamos de «un plasma tan gaseoso y temido», tan inasible como el silencio filosófico de Wittgenstein y que por ello mismo hace que detrás del canto (o al interior de ese plasma),  no haya en verdad ningún detrás, ni ningún adentro, sino el poetizar que el poeta alemán Hölderlin definió como «la más inocente de todas las ocupaciones». La poesía no cambia. Y sin embargo, leyendo Ahnedonia uno piensa que no es posible ya escribir sonetos; no que no se pueda escribir sonetos, sino que la tranquilizadora plataforma de lo sublime donde los sonetos llevaban a cabo su estelar acto, ha sido desmantelada, o digamos que demolida y remodelada en un ejercicio relativo a algo que tentativamente pudiésemos llamar infra urbanismo poético-catastrófico, en consonancia con la expresiva visión de los paisajes urbanos que se nos comunican, espacios sobresaturados de la melancólica estridencia de las guitarras nihilistas ultra heideggerianas que atruenan en el Grunge del oficinista, poema que entre prestigiosas citas de la música de nuestros últimos tiempos, nos habla de un tipo (como uno mismo), que está ahí en su oficina haciendo nada, sólo para decirnos que se ríe al decir que no hace nada, incluso diría que ese oficinista cuya cabeza, al decir de Juan José Rodinás, «no medita sino en como meditar después» ser ríe también no solo del antiguo arte de escribir sonetos, sino del arte mismo de reemplazar los sonetos por el arte de un reemplazo que no reemplaza nada, en una acrobacia que estoy casi seguro que el mismo poeta Juan José Rodinás ha debido aprender en alguna secreta escuela zen, cuyo templo se levanta acaso en la falda de una montaña portentosa de los andes, frente a la visión grandiosa de alguno de esos volcanes ecuatorianos por donde anduvo el poeta francés Henry Michaux. Ecuador ha dado pues extraordinarios sonetistas, o sino léanse con atención la serie de Sonetos a una libertina con los cuales culmina El mundo de las evidencias,  del poeta ecuatoriano Efraín Jara Idrovo, tal vez un secreto precursor de Juan José Rodinás, pues de lujuria se trata también en Anhedonia, ya que con el ánimo de ahondar en  la dispersa o proliferante lectura de Anhedonia, yo diría que no se trata de decir que el poeta dice que el aburrimiento es el signo de estos tiempos (pues eso ya lo había dicho Baudelaire), sino que se trata de decir que Juan José Rodinás trata el aburrimiento con lujuria. Y eso por supuesto nada tiene que ver con aburrirse, ni con escribir o no escribir sonetos, ni con decir que se puede o no se puede escribir sonetos. El asunto es de otra índole. No tanto del conflicto entre lo lirico y lo anti lirico, de lo sublime y anti sublime; dialéctica cierta y tentadora, pero demasiado fácil como para definir la poética de Juan José Rodinás en Anhedonia, que más que torcerle al cuello al soneto, práctica seguramente muy de la tradición literaria latinoamericana, lo somete a un implacable experimento tzántzico cuyo resultado es de nuevo una criatura teratológica muy cinematográfica entre otras cosas; y sin embargo, ¿cómo explicar que sin ser de ningún modo sonetos, los poemas de Anhedonia tengan el prestigio de la belleza que otrora, en tiempos de la pandilla modernista de Rubén Darío, portaban los soneto? Bastaría con afirmar que Juan José Rodinás es un poeta, pues de hecho lo es. En todo caso, es muy posible que los sonetos mismos jamás escritos andén por ahí, como espectros, entre los 7000 millones de cuerpos, verso con el cual comienza el poema Campo devastad: la ciudad, eso que parpadea. «Tal vez escribir esto sea innecesario». Esto no lo digo yo, lo dice Juan José Rodinás en su poema; y sin embargo, a estas alturas de la exégesis, ateniéndonos a la invasiva «anhedonia», ambos estaríamos de acuerdo en que hay que escribir sonetos o/y escribir no-sonetos, qué más da. En lugar pues de sonetos tenemos Canciones ilógicas, donde no falta por ejemplo El tango del divorciado, y donde la palabra «Tetradik», que seguramente es la primera vez que aparece en un poema, por lo menos de lengua española, sirve de título a un poema cuyos primeros versos entran a engrosar la vasta lista de apocalipsis promocionados por la imaginación de los poetas occidentales a partir de San Juan que se fumó biche la marihuana en la luminosa isla de Patmos; versos que dicen así

La vida  (o su proyecto) es un cartón de leche dispuesto en el pasillo
De un supermercado tras la explosión nuclear de mal pronostico
O si hay imaginación con detalle y estilo
La colisión de un meteoro sobre la avenida de las tiendas. (Rodinás, 2012:17)





De esto modo pues es posible leer Anhedonia como una cierta y larga e incluso neo-barrosa respuesta a la pregunta, por demás anacrónica y sintomática, que interroga por el soneto; o a la pregunta del porqué el soneto no es un problema de la escritura siendo al mismo tiempo el problema de la escritura; no de una escritura que estaría prohibiendo escribir sonetos, pues nada está prohibido ni se trata de prohibir (así que quien quiera escribir sonetos que los escriba, qué más da, a fin de cuentas tal vez «anhedonia» sea la antesala de un experimento emocional luego del cual se accede al estado de indiferencia mística como condición necesaria a la elaboración de uno que otro soneto vacío), sino que en el contexto metafísico de Anhedonia, escribir sonetos sería posible a condición de ser un ciborg que respondiera al mismo nombre del poeta barroco Luis de Góngora, pero que hubiera estado no sólo una, sino muchas temporadas en el infierno. La cuestión entonces es distinta. No que no sea fácil o difícil, posible o imposible escribir sonetos, sino qué por obra de complejas genealogías poéticas, de incestos literarios, de bodas contra natura como diría Deleuze, hay una especie de secreto retorno como condición que hace posible una actualización de Góngora vía Lezama Lima, ese ultra-Ashbery nuestro, movimiento de retorno que muy seguramente Anhedonia de Juan José Rodinás utiliza como procedimiento por medio del cual re-lanza hacia el porvenir un poética que la palabra «anhedonia» nombra, conforme a la cita que por una providencial causalidad he encontrado en un extraordinario cuento de Stephen King, Almuerzo en el restaurante Gotham, donde un mesero loco apuñala la boca de un terapeuta corpulento (William Humboldt) al cual la esposa del protagonista ha contratado al parecer para efectos de un divorcio, la cita dice
A continuación se produce un periodo mucho más largo de abstinencia mental. Los síntomas de cierto grado de anhedonia (es decir, perdida de la sensación de placer), falta de memoria e incluso una especie de dislexia transitoria. Se todo esto porque lo he leído. Tras lo sucedido en el restaurante Gotham, me pareció muy importante hacerlo. Supongo que cabría decir que mi interés en el tema se encontraba en algún lugar situado entre el País de las Aficiones y el Reino de la Obsesión.

Pero, ¿qué significa Gotham?  La respuesta de internet es elocuente: “Es cómo se llama también a Nueva York. Gotham quiere decir gótico. Las puntas de los rascacielos recuerdan las catedrales góticas; pero, en realidad, se trata de una leyenda británica: los habitantes de la ciudad inglesa de Gotham sabiendo que llegaba el Rey se hicieron los locos para no pagar el coste de la visita como era obligación. Después Washington Irving, el cuentista, lo aplicó a Nueva York porque estimó que era el nombre apropiado para una ciudad que creía habitada por locos”. (http://rie.cl/lanacioncl/?a=1948).Pero justamente eso es lo que sucede en Anhedonia: diagramas de la locura, bosquejos transracionales, micro percepciones errantes, vértigo, cartografías del abismo interior humano, monumentales fiascos del alma, días en lo que el cadáver de Dios hiede, visitas nocturnas a las dendritas del cerebro de Kafka, salas de consulta de médicos del infierno, en fin, una sintomatología cuya especifica actuación queda ejemplificada por un versos de Anhedonia: «sentirse como un cubo de carne en cuyo centro hay una esfera de hueso llorando» (Rodinás, 2013:42) De ahí que no sea un artificio meramente  ingenioso afirmar que Juan José Rodinás estuvo en ese almuerzo sangriento. Tampoco es descabellado decir que llegaron David Foster Wallace convertido ya en zombi a semejanza de La noche de los muertos vivientes del genial George A. Romero, y un tipo medio raro que de manera imprevista estuvo parloteando al oído del poeta Juan José Rodinás algo acerca de su Oda al Planeta Marte. Por cierto que fue hondamente conmovedor oír la voz del poeta Juan José Rodinás leyendo su poema «Lo que el aguijón de la avispa no predice en palabras», extrañísima meditación sobre el amor digna del restaurante Gotham, donde precisamente el amor es tan imposible como imposible es el clásico soneto al amor propio de los tiempos del Dolce stil novo, de acuerdo también a la pesadilla de Stephen King donde el amor queda postergado con hollywoodesca y cruel ironía. Más tarde, en medio del alboroto existencialista del restaurante Gotham, se hice presente Néstor Perlongher autor de una de las más grandes elegías que se hayan escrito en la lengua española, después, por supuesto, de Jorge Manrique: Dice Perlongher:

Bajo las matas
En los pajonales
Sobre los puentes
En los canales
Hay Cadáveres
En la trilla de un tren que nunca se detiene
En la estela de un barco que naufraga
En una olilla, que se desvanece
En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones
Hay Cadáveres
En las redes de los pescadores
En el tropiezo de los cangrejales
En la del pelo que se toma
Con un prendedorcito descolgado
Hay Cadáveres
En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya esa palabra
En su divina presencia
Comandante, en su raya
Hay Cadáveres

Estrofa muy a propósito de El almuerzo en el restaurante Gotham de Stephen King y que sin duda tiene mucho que ver con las series de acontecimiento que proliferan en los poemas de Ahnedonia, pero sobre todo, con ese riguroso ejercicio antropológico que Juan José Rodinás lleva a cabo a modo de una etnografía sui géneris. Poesía e investigación son dos palabras para decir el trabajo que el poeta hace en relación a la capacidad del lenguaje para decir-nos, y para decir, aun en «tiempos de miseria», el mismo decir-nos incesante. “De lo que no se puede hablar, hay que callar”; pero aquel que está «aburrido» no se calla, no se puede callar, pues tiene todo el lenguaje a su plena disposición, así como quien tiene el desierto adelante es dueño de toda la arena que sus ojos sean capaces de contemplar y de todo el silencio que la mente sea capas de interiorizar a favor de «parar el mundo» (Véase Viaje a Ixtlan). De ahí que podamos afrontar una afirmación final acerca del poeta Juan José Rodinás, una afirmación que filtra una intención exegética profunda: Juan José Rodinás encarna una especie de anti-Wittgenstein en la medida en que Ahnedonia puede leerse como el reverso inexacto de El Tractatus Logico-Philosophicus, ambas obras tienen que ver con la pasión por una escritura exhaustiva, sólo que, como dirían los formalistas rusos, definitivamente Anhedonia cae del lado de lo transracional, puro black metal, anarco-punk, Industrial rock, Black Sabbath, psicodelia zombi, estereozen, ruido órfico trilceano, Deleuze-Guattari, dolce stil novo, Tzántzicos, neo-nadaistas, post-soneet-rock, pero también, -hay que decirlo-, un poco de Carlitos Gardel en Mi noche triste o Malevaje, un poco de Julio Jaramillo, un poco de la tristeza andina de las Hermanas Mendoza Suasti cuyas voces imponderables resuenan melodiosas en la fría madrugada en algún bar quiteño donde el corazón ebrio de chirrincho (léase licor andino) cae derrumbado finalmente como en un soneto de amor imposible. El último poema del libro (Happines; finale) podría, en cierto modo, leerse como una síntesis de la poética de Juan José Rodinás en Anhedonia:

¿Quién son? Este aburrimiento paranoide escribe
Como la casa de un hombre escribe que falló en construir lo hermoso
Una casa enroscada sobre un  entro de alambre
Donde una hormiga tiene pesadillas con transformarse en la mano
Que la destruye & y que ahora la destruye (y así la entiende) (Rodinás. 2013: 119)


Bibliografía
FOSTER WALLACE, David. La broma infinita. Barcelona: Editorial Mondadori, 2002.
JARA IDROVO, Efraín. El mundo de las evidencias. Obra poética 1945-1998). Quito:Universidad Andina Simón Bolívar, 1999,
KING, Stephen. Almuerzo en el restaurante Gotham. http://llevatetodo.com/libros/Stephen.King-%20Almuerzo.en.el.restaurante.Gotham.pdf
PERLONGHER, Néstor. Papeles Insumisos. Buenos Aires: Santiago Arcos Editor, 2004.
RODINAS, Juan José. Anhedonia. Popayán: Gamar Editores, 2012
WITTGENSTEIN. Ludwig. Tractatus logico-philosophicus. Madrid : Alianza Editorial, 1992.


Con tecnología de Blogger.