CUATRO POEMAS DE NICOLÁS PEDRETTI



El Jesús de las revistas mormonas
es el mejor. Es rubio, velloso y varonil.
Como el galán de “Lost”.
Si existe Jesús yo quiero que sea así.
Una mezcla de estrella de Rock noruega con Caniggia
en el mundial de Italia noventa
y un poco de William Wallace.


Tu propio planeta

Me gustan los villeros.
Me encantan. Son re piolas.
Me gusta verlos pasar.
A la noche, me tiro en el jardín,
y los observo pasar en sus casillas cohetes.
Sé que un día, vendrá un villero galáctico por mí
y me llevará a conocer los planetas,
las estrellas, el universo.
Y yo le voy a decir, gracias Billiken,
gracias por hacerme conocer los planetas,
el universo, las estrellas.
Y él me va a abrazar y me va a decir,
loco, comete este flan,
que hizo tu amigo villa con mucho amor,
y llevate este paisaje de la tierra que no puede más,
porque lo más importante del mundo
es encontrar tu propio planeta.


La disco de Moria

Moria Casán perdió las piernas en un accidente automovilístico. Lo dijeron por televisión. A Moria le amputaron las piernas. Vi el velorio que les ofreció a sus piernas. Sus dos piernas descansaban en dos pequeños féretros. Dos féretros diseñados por famosos diseñadores de Palermo. Eran muy lindos, una combinación anfetamínica de azul y rojo a rayas blancas. Las piernas estaban un poco amoratadas y achicharradas por el tiempo que pasaron en el freezer. Pero con todo, las medias triangulito y los tacos, una casi no se daba cuenta. El velorio lo realizó en su disco gay. Todo muy glamoroso. Travestis y performance. Estaban todos. Todo pasaba muy lento. Moria se arrastraba o un patovica la alzaba y la paseaba por todos lados, parecía que no le había afectado en lo más mínimo, saludaba y hacía chistes. Se la veía contenta. En los muñones calzaba dos zapatitos de geisha muy hermosos. La gente se acercaba a los féretros y besaba las piernitas. Luego saludaban a Moria.


Me siento en la escollera a mirar los cornalitos

Me encantan las caritas que ponen
cuando saltan entre las olas.
Se los ve felices. Ojalá yo pudiera ser tan feliz como ellos.
Pienso en Brian. Brian odiaba a los cornalitos
desde el día que se rompió la cerradura en el telo,
y nos quedamos cuarenta y tres horas encerrados
en la habitación egipcia.
Lo único que teníamos era una crema Ponds
y una bolsa llena de cornalitos fritos,
que había traído de la fiesta de los pescadores en el puerto.
Desde ese día Brian odió los cornalitos,
y yo tuve la piel mucho más suave.
Lo extraño. Brian tenía un corazón especial,
diferente a los demás.
Tenía las arterias tapadas y murió de un paro cardíaco
hace dos años.
Es increíble, pero cuando veo la carita sonriente
de los cornalitos
pienso en Brian.
Tengo la seguridad de que a pesar de todo,
nada puede separarnos.

De Somos de clase media, todos nuestros sueños se hacen realidad (campotraviesa, 2012)
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