JORGE ALUCINO: ESTACIÓN FINLANDA



















Páramos

Byron
no estuvo nunca tan solo
como esta anciana sentada en la farmacia,
un sábado a las cuatro de la tarde,
esperando la inyección.





La ley de la calle
Qué bueno cuando asamos conejos imaginarios
y qué bueno las canoa que recogía
nuestros cuerpos quemados y exhaustos,
y qué bueno disparar un rifle de precisión
imaginario, pero oler pólvora de verdad.

Sin embargo estoy en una ciudad.
Hay una moneda en el fondo de un charco
y una mujer se detiene detrás de mí.
La veo en la vidriera donde
también se reflejan
ciertas nubes.







El fracaso de Holmes en el natatorio
(Sherlock, primera temporada, capítulo 3, BBC)

Un tipo abandona el paraninfo del natatorio hablando por su celular,
con el traje gris correctamente abotonado.
Y como por acto de magia las acciones se suspenden.
La mira laser que buscaba tu garganta se apaga.
Bajás una pistola -una Glock de nueve milímetros quizá,
extrañamente precisa, moderna y austera para tu exquisita mente
barroca, talmúdica, contrarreformista-.
Tus ojos corren por los balcones de la piscina nocturna e incluyen
las estrellas. Estás auténticamente desconcertado.
En tus ojos late la idea, late y late la idea.
Ah este momento en el que nacen los teoremas, las caricias.
Comprendés al bajar tu arma matemática -la que siempre
fue más argumento que arma para vos-
que el misterio de cada época hace mutis de modo diferente.
Ahora debés encontrar resuello, una lógica fortuita
que se prende y se apaga. Ningún crimen está resuelto.
Qué novedad. Pero, en estos tiempos, se incrementa
la multiplicación especular. Las probabilidades se reparten
con la obsesión del sofisma de la liebre que no adelanta nunca a la tortuga.
Y es esto Dios: una cuestión de dimensión, de multiplicaciones,
de velocidad. 




Rosebud 

Es decir que estuvo suficientemente solo bajo la rama de un arce.
Levantó los ojos, los bajó, con infinita insistencia.
Se privó de todo.
Y cuando levantaba la vista veía: el arce
-una palabra-; humo, una nube amarilla.
Y cuando bajaba la vista veía una mata de pasto aplastada.
Donde habitaban unas moscas grises.
El hecho finalizó hacia la primavera de 1956.
Cuando presentó su experiencia a los mayores,
Ellos entendieron que el chico volvía de la guerra de guerrillas
porque en realidad no dijo una palabra.
“Este chico hablará el día del Juicio”, dijo la abuela,
pero se equivocaba.
Aquella permanencia bajo el arce –una palabra-
Había sumido al chico en esta reflexión:
“Tengo la potestad de irme de las palabras,
lo que significa lisa y llanamente irme.
Y, de permanecer bajo el arce –una palabra-
No puedo decir nada, puesto que soy un chico bajo el arce”.

No había que entender que aquello significara nada.
Excepto que el chico estaba bajo el arce, definitivamente
perdido para los significantes,
en una eternidad que carecía de sentido.





Transhumanar

Pasolini y yo entramos en el bar del viejo hotel Castelar.
"Aquí se alojó García Lorca", pensamos los dos al mismo tiempo.
¿Te hubieras llevado bien con Lorca?, le pregunté. Sexualmente, digo.
De ninguna manera, me respondió. Ni sexualmente ni de ninguna manera.
Llevaba esa tricota gruesa bajo el gabán, era duro pero de voz fina, tallado a puñal.
Por la calle pasó una mujer que parecía un travesti, deslumbrante.

No llueve hace mucho, me dijo Pier Paolo. El Partido ha renunciado al futuro
desde el momento en que consagró su Génesis. El futuro está hecho.
¿Pero a quién le interesa el futuro?, dijo, amargo.
El Partido es más viejo que este hotel
     y un funcionario se sentiría incómodo aquí, le dije.
Lo sé por experiencia. Jamás un funcionario
del Partido me aceptó una cita en este hotel. No la hubiese aceptado
tampoco, dijo, en el Coliseo. A nadie se le ocurriría citar en el Coliseo a un ex obrero
de Turín convertido en funcionario del Partido, dijo.
¿Y por qué no Lorca?, dije, volviendo al tema.
Lorca quería una revolución cubierta de sangre, un himeneo bárbaro, me respondió.
Yo quería, dijo, una revolución que acalle la caída. Que nos precipite en un pozo
hasta las blandas hojas, los pajares, las costras de barro,
el piso de esta civilización, el sótano.
¿Para empezar de nuevo?, pregunté.
No, respondió.




Jorge Aulicino. Argentina, 1949.