Javier Bello: poemas






 



 



Las cosas no deberían existir si lo
pensamos
alguien que escribe no tendría por qué
existir si lo pensamos
ni ese cuarto en que escribe ni el silbo
con que conversa ni las cosas que
dicen sus palabras tampoco tendrían
que existir si lo pensamos
pero he aquí que éstas viven y que
éste vive y que éstas ya no huyen
no huyen de la vida a la muerte
no huyen de la vida a la muerte como
las personas que sienten zumbar en
su oído la hélice de la piedad y miran
y no ven más que el hueco que dejan
sus cuerpos al salir de las mantas.
Las cosas no deberían existir
pero están puestas donde las vemos
para espantar el fulgor del vacío
porque alguien escribe en una
habitación y sus palabras son
caballos, son heridas, son caballos
que lloran y se parecen a Cristo

y ese rostro es el rostro desfondado

donde aúllan los signos
y ese rostro es producto de la
radiación.




Jaula del padre

De todos los que comen de esta mesa
el único que vive de su fuego es el padre.
Yo no sé de dónde vienen estas piedras
ni tampoco conozco a quien las trajo,
pero aquí las comemos, pero aquí las mascamos.
Salvaje padre sorprendido en tu error,
enemigo caliente de mirada amarilla,
me refiero a tu casa quemada por los bárbaros,
me refiero a tu lecho marcado por un nudo,
me refiero a tu alma que sale a predicar a la calle
el domingo volcánico de los evangelios,
palabra medio rota que envenena el suburbio
coronado por la lengua de un ángel,
coronado por la lengua que has de obedecer,
el decimal que te dará la muerte.
Padre en silencio, eliges el peso de tu voz,
el exacto calibre que arma tu vergüenza,
el bastón de la rabia, el cristal de la sed
cuando el cáncer congela tu garganta
y te deja alucinar en su hueco.
Padre furioso contra un sol de neón
padre furioso contra un grito de fuego,
encerrado con la luz que no entiendes,
encerrado en la jaula del mal,
perseguido por tus bestias de piedra
ofendes la raíz de los árboles.
Las hormigas se comen un perro,
el perro se come la cara de un hombre,
el hombre el excremento de un buey.
Bajo las mantas están tus hermanos
agazapados en la lágrima de su propio calor.
Este fuego es su fuego, y es mi fuego también,
este fuego es su hambre con las alas de mosca.
Un hombre se come la cara de un hombre.
Yo, mi padre, el padre de mi padre.





La jaula de la sentencia

1
Cuídate de los viajes, hijo mío,
cuídate de los viajes y de los trenes
y del tambaleo de los barcos en la batalla del amanecer.
 
Cuídate de los trenes
y de la tierra donde baila sepultada una llama,
cuídate de los barcos y de los fuegos fatuos
como escondes tus rodillas del tormento de la tempestad.
 
Nunca entenderás el recorrido de los animales
por las veredas y los parques,
los animales malos que se comen la sed.
Nunca entenderás los ojos de los perros
que desaparecen tras el silbido de los cazadores.
No me digas que no has visto
los animales negros que tienen cara de anciano.
No me digas que no has visto
los caballos cansados que cruzan con sus patas la verdad.
 
Ten cuidado de los viajes,
ten cuidado de los trenes y de las potencias malignas
y de perderte entre tus propias aguas.
 
No dejes tu sombrero fuera de la casa,
no dejes tus guantes lejos del amanecer,
porque las hormigas te golpearán con sus antenas hasta causarte daño,
porque las piedras arderán en tus zapatos negros,
para que aprendas a no jugar con las líneas de tus manos,
para que recuerdes, hijo mío,
que el norte de las brújulas se come la cabeza de tu propio animal.
 
Cuídate de los viajes,
cuídate de los viajes y de los trenes
y del tambaleo de los barcos en los mares sin ley,
porque en los viajes va la muerte hablándote al oído,
porque en los trenes va la muerte sentada
y en los barcos va la muerte de pie.



Il
Sólo miras el cielo,
conoces la intemperie,
las pedradas del sol.
Conoces lo que dices,
el olfato del perro
vuelve a ver las piedras que pisó.
 
Animal de la lluvia,
bestia de hielo y flores,
puro cuando el invierno te llamaba
a abandonar tu cuerpo, a obedecer
a la flechas calientes,
a los cepos quemados en las salas de piedra.
 
Tan soberbia es el águila en tu voz,
tan altiva la noche donde giran estrellas,
los nombres más hermosos de la yerba
que te incitan a huir, a rebelarte.
 
Miras el cielo,
es engañoso el mundo,
separas tus palabras de las demás herencias,
te rozas con la muerte
pero no puedes verla.
 
De nada servirá tu memoria,
animal parado en un rayo de sol,
tigre sin sentido que me preguntas sólo
por las leyes inciertas de la luz,
el día y su insistencia de caballo perdido.

De nada servirá tu memoria
contra el canto de un dios,
de nada servirá tu memoria
cuando clamen las aguas
su fervor de asesino.
 
Bestia de hielo y flores,
animal parado en un rayo de sol,
sólo miras el cielo,
y el cielo, el alto cielo, es siempre la condena de un dios.



III
Los que marcan los libros mueren jóvenes,
lo invisible quema nuestros actos con la fuerza del sol.
No hay libertad en la transparencia de las partituras,
no hay libertad a la hora confiscada por el cielo,
tatuamos nuestros días con el dedo de un dios.
 
Hijo de la paz y las decapitaciones,
hijo de la semilla que derrama el ahorcado,
no hay libertad en los ladrillos rojos,
no hay pureza en la palabra que dicta la noche a los patios.
Escondes tus libros del amanecer,
no pones en ellos tu nombre,
sólo tu luz de animal,
sólo tu caballo en la casa del padre.
No estás a resguardo,
no estás a resguardo.
 
Mueren jóvenes aquellos que se van,
los viejos mueren viejos en sus camas,
los que marcan los libros y los que no los marcan,
los que cantan plegarias,
también los que maldicen,
los que esperan en la paz del señor,
los que van a la guerra con traje,
todos, todos.
 
Sólo tú cuando comes el fuego,
sólo tu caballo en la casa del padre,
sólo tu luz de animal,
hijo proscrito contra mi abecedario,
hijo cojo ante el ramo del sol.

Los que marcan los libros mueren jóvenes,
también los que les rezan,
también los que les ladran.
Cualquier otra verdad es ominosa,
cualquier otra mentira es un campo de alambres:
la palabra que viene, va descalza.



La jaula del canto
 
Cuánto amo todavía mi buche hinchado de presagios, mi vientre
preñado de tormenta,
cuánto quiero a mi animal que se echa a dormir los días de lluvia
junto al patio,
mi bestia que se tiende hacia el sur con la lengua teñida de
números impares,
su lengua que llega hasta el mar para lamer la barba de mis
antepasados,
los brazos abiertos en honor a mis deudos indicando la casa de
los polos,
el desastre del pájaro que silba en el jardín quemado por el viento
de las premoniciones,
la cantidad de almendras que ahora he de contar para morder
las sílabas que me otorguen la gracia,
los heliotropos que acarrean el mal, el canto como una gran paloma.
 
Cuánto amo todavía mis orejas, imanes de una fertilidad que no
cabe en mi boca,
mi espejo sin azogue con el día enterrado al final de la noche,
mi uña melancólica que araña en el fondo el papel de plata junto
al tigre,
mi cabello mojado por el agua sin nombre que cae como un
alambre lento en las destilerías,
un hilo que se despeña en vano del alambique que ata las palabras
con fuego
y se acerca a mi frente y se extiende en el frío y cumple su
mandato cuando aúlla en mis huesos
y es otro el que se llueve y se escurre sin pausa
y restriega a mi hijo y mis llaves con arena,
los enigmas, las piedras, las manos que irrumpen de noche con
las largas herencias.
 
Cuánto amo mi cabeza destinada a la sal que llora la plegaria,
la oscura radiación de los lechos que entierra el vendaval de
hormigas,
la caja cerrada donde escupen, el saco que llenan las víctimas
con nieve,
las guarderías donde viven los graves rayos inmunes,
el lamento de las tortugas en el abecedario,
la mujer decapitada con un ideograma en la rodilla,
la cabeza del poema que arde en mi cabeza de madera cortada,
tabla de oscuridad, pájaro negro contra el cielo arañado por los discos.
 
Cuánto amo mi nombre y mis falsas predicciones sin dueño,
mis pobres ropas en la fotografía del tiempo entregado corno
limosna a los náufragos,
el túnel tan ajeno con que intentan probarme,
la avispa en las bodegas donde canto
y oigo a un anciano y a su madre hablar de los incendios
y entonces reconozco a mis hermanas,
un rostro con dos cestas donde yace abundancia.
 
Amo todavía mis cantos, el polvo de mis venas,
mis instrucciones para arder en el vocablo del sábado,
pero no he comido de ellos, su fe me ha abandonado,
el suicidio del pájaro de Dios contra el árbol sin cielo,
el adulterio blanco que eyacula Las letras de la palabra hijo.





Quiero palabras grandes como caballos grandes, palabras
pesadas, candados en los bolsillos de enfrente, palabras
enormes, el cielo después del relámpago, palabras, polvo
para cubrir las huellas.
 
Quiero palabras grandes corno cenizas grandes. No seré tan alto
para pronunciarlas, no seré tan sabio para decirlas despacio,
no seré tan valiente para ofrecer a la noche esas huesas, las
dejaré beber junto a los animales que viven en mis manos,
animales arteros que vigilan mi frente.
 
Quiero palabras calladas, susurros, palabras descalzas para tejer
y salir de casa, pero que sean grandes para cubrir el vacío
que queda en las heridas del sueño.
 
Quiero palabras grandes, enormes caballos que beban de mis
manos.
 
Y en mis manos haya óxido y muerte.





LA JAULA DEL QUE HA VISTO

para Diego Jesús Jiménez

En la noche ese niño ha abierto la cerca de su nombre
y ha mirado adentro del cajón.
¿Qué ha visto?¿Qué ha visto?¿Qué ha visto?
Jaurías, avestruz, incendios, vástagos,
enfermedades, ráfagas,
ha visto ha visto ha visto ha visto
a su lado ese sol que maldice
el dibujo callado del suburbio
con su pico de pájaro en el mapa,
ha visto ha visto ha visto ha visto ha visto
que el mundo no está bien cuando señalan
con linternas de gas a las mujeres
que se deshacen bajo el aluvión, que el mundo
no está bien
si sólo quedan cuerpos que le gritan que no.

Viaja en el tren, en la cama de arriba
duerme la madre, y a su lado la hermana.
No tienen tundra en las manos
ni hierbas que les crecen en el cráneo.

Dormidas lo han llamado por su nombre
y escucha ya con vértigo jaurías,
alacrán, vendajes, hilo,
hembras...
aaaaaaaaaa No duerme, mira por la ventanilla rota
el tejado indiscreto de la lluvia que todo se lo cuenta sin razón
y lo dice y lo vuelve a decir
y todo se lo dice, todo.

El niño mira
lo que no puede ver,
se desliza muy ciego sobre sus manos duras
de sostener la piedra de una cabeza rota.
El niño
mira lo que no puede ser:
aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa sobre un país descalzo
los hombres que castigan deben ser saciados.

Es que toda la noche le dicta la noche su noche,
es que toda la noche le dicta la noche otra noche
proscrita entre las rosas
que se desangra herida
por el vendaval de las poleas del tren.

Es que sólo en la noche puede oscurecer hasta encontrar las aldeas quemadas,
sólo en la noche puede hallar ese lugar con piedras, de memoria,
sólo en ella puede ver cómo crece la tundra en las manos
de las madres y las hermanas que no huyen.

En la noche ese niño ha abierto la cerca de su nombre
y ha visto:
aaaaaaaaa memoria,
cajón con duende, tijeras mano a mano.

Este poema se lo dicta la noche
herida por las poleas que desangran al tren.

Este poema se lo obliga a escribir su memoria,
este poema se lo obliga a escribir su indignación.




Sin título

los pobladores del entresueño, amable y ávido país
Juan Larrea

YO estoy con los pobladores del entresueño,
no soy igual a ellos pero los puedo oler cuando cruzan la noche.
Yo estoy con los pobladores del entrepiso que queda justo a mitad de
camino
entre la cabeza y la lluvia, entre la cabeza y la intemperie.
Justo en mitad de la niebla somos sólidos ojos cerrados,
visiones del que hace sonar las campanillas cuando cruza la cerca de
regreso a su casa
después de mucho rezar para volver.

Tenemos las rodillas tan largas,
caminamos oscuros
bajo la noche sola.
Yo estoy con la verdad de los muertos
si la loza de todos los patios se rompe
y los peones del asesinato se esconden tras los armarios del cementerio.

Yo estoy con la verdad de los muertos, de pie en la cabeza de los vivos.
Un poema es un nudo en la muñeca,
un poema es un encargo de fruta del más allá,
un poema es un cardo que en cada espina tiene escrito recuerda, recuerda,
recuerda.

Yo estoy con los pobladores del entresueño,
no soy igual a ellos pero los puedo oler
camino de ninguna parte.

Ellos vendrán, sus ojos serán ardientes
y tú hablarás, corazón de madera.



Javier Bello. Chile, 1971.
Fuentes: Cantares: nuevas voces de la poesìa chilena.