Producto Interno: 2014: tres libros que arriesgan. Por Juan José Rodinás





En la actualidad resulta extremadamente difícil situar un texto más allá de una mera impresión personal básicamente por la proliferación cuasi viral de universos simbólicos que nos rodean y atraviesan. Sin embargo, en este pequeño texto voy a referirme a tres libros publicados durante este año que, desde mi punto de vista, emplean un lenguaje contemporáneo. Digo “contemporáneo” porque al lenguaje tradicionalmente poético incorporan motivos, ritmos, gestos de esta época: palabras, ritmos o temas que se resisten a ser considerados “poéticos”. Reto difícil, pero única vía para seguir creyendo en la poesía. No son, desde luego, los únicos libros publicados este año que merecen interés: sólo los que a mí me han impactado particularmente.


Mea Vulgatae de Luis Carlos Mussó

Este libro describe la potencialidad de una narración. Una narración que parece no ocurrir y, sin embargo, sucede. Así, se trata de una novela que no existe o que resulta perimida, obliterada mediante un arsenal metafórico denso. Sin embargo, aunque Mussó hace una propuesta épica, no se trata de una épica teologal, sino de una épica íntima donde el sujeto poético es refractario a cualquier núcleo ontológico, pero no a una afectividad que funciona con notable precisión expresiva.

La poesía de Mussó ha trabajado desde sus inicios sobre un “dato concreto”, sobre una batería de imágenes ligadas a la tradición del simbolismo y del surrealismo. Saint John Perse o René Char le han dado un vibrato particular a su poesía: una cierta nocturnidad febril que se resiste a ser puro símbolo, pero tampoco deviene relato. Sin embargo, habrá que señalar que ciertos elementos que caracterizan su presente poético –el poema en prosa, ciertos guiños parentéticos, una sintaxis discrepante, una mayor narratividad- hacen su aparición en Tiniebla de esplendor (2006), aunque estaban ya en ciernes desde su primer libro. Sospecho que el poeta al escribir este libro era consciente de que lo opuesto a lo humano no es sólo lo inhumano, sino también lo sobrehumano. De hecho, la consigna de esta vulgata es humanizar el tejido gramatical y mítico de los versículos bíblicos contra los cuales escribe, a los cuales mancha: humanizar lo divino.

Poner en tensión los mitemas bíblicos con las cronotopías de la intimidad personal es el juego propuesto. El riesgo evidente de esta apuesta era contradecir los versículos bíblicos con abstracciones o silogismos de cualquier clase. Por eso creo que hay un ingrediente añadido al valor de Mea Vulgatae: la implicación biográfica como contrapeso a los textos sagrados. O, lo que sería lo mismo, la moral individual convertida en estilo. Me parece que ese balance entre expresión del yo, la materialidad bruta del lenguaje y una especulación sostenida sobre la trascendencia es difícil de conseguir en esta época. Así, este libro introduce varios elementos biográficos de indudable emotividad: el abuelo, el padre, las calles de Guayaquil. Desde luego no quiero sugerir que recurrir a ellos sea necesario (incluso puede resultar cargante en ciertos autores), pero aquí ese contraste es fundamental.

 Además, resulta muy sugerente una corporalidad que sale y entra del texto como un catalizador de la experiencia verbal. Dichas referencias engarzan las referencias culteranas (características de la obra de Mussó) con experiencias vitales muy concretas: incluso de sabiduría de calle. Al caracterizarse la obra de Mussó por un simbolismo barroquizante (en sus inicios) y por un barroco simbolizante algo borgiano (ahora), ese despliegue hacia lo biográfico le añade a su libro –y a su obra- un elemento de mayor tensión que en cualquiera de sus libros precedentes. Así, sospecho que en Mea Vulgatae estamos indudablemente ante el mejor Mussó. Se trata de un libro no sólo renovador, inteligente y crítico, sino también emocional, anecdótico y biográfico. Ese contraste acompaña con fuerza casi todo el volumen y demuestra que nadie le ha regalado a Luis Carlos el lugar que tiene en la poesía ecuatoriana contemporánea.


Sobre Vesania Inc de Javier Lara Santos

Vesania Inc se propone reescribir sobre la locura, pero desde un universo ideológico es secular. En la Edad Media, para remitirnos a la locura hablábamos de enfermedad sagrada (una manifestación inestable y sospechosa de lo divino). Ahora, la locura está siquiatrizada y los discursos médicos y científicos modelan y remodelan los términos en que esa locura ocurre. Muy probablemente, el lenguaje de la locura sólo pueda ser verosímil cuando se formula en ámbitos refractarios –al menos tradicionalmente- al lenguaje poético: los manuales de siquiatría o las notas de crónica roja. Desde luego, Leopoldo María Panero u Oswaldo Lamborghini han hecho de su obra un ejercicio liminar entre la antisiquiatría y el testimonio simbólico. Hay otros casos, claro.

Sin embargo, a diferencia de los autores mencionados, la locura de este libro no pretende ser testimonio, sino mostrar su ficcionalidad. Quizás por eso es providencialmente coral. ¿Quiénes son Santiago V. Guzmán o Carlos P. Oviedo? Quizás existen sólo en Vesania Inc (¿empresa de la locura, del furor?). Esta especie de oxímoron que se formula en el prólogo inaugura una especie de comunidad transfronteriza, de empresa que recluta delirantes imaginarios y fragmentados. Esta cartografía –especie de documental lírico sobre una locura en estado de posibilidad- prolonga una serie de secretos a sotto voce, que se nos dan a modo de mosaico. 

No se trata una voz cifrada y conjetural, sino de una comunidad hipotética y fársica que se expresa mediante los poemas. Desde la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, el monólogo dramático instaura la posibilidad de la polifonía en el discurso lírico a través de un entramado que podría otorgarle la consistencia expresiva de la novela. Así, en la poesía ecuatoriana, el monólogo dramático ha adquirido particular presencia en los últimos años con muy diversa fortuna y tono. Ahora bien, lo que singulariza al discurso de Javier Lara es el carácter coral de estos monólogos, mismos que finalmente convergen en una especie de emotivo álbum antifamiliar (aunque aparezca luminosamente un hijo que pareciera estar en un punto de fuga conmovedor). Estos monólogos muchas veces están intervenidos a modo de viñetas, de fragmentos novelísticos o diálogos entrecortados que diversifican el tono del poemario.

Ese álbum de la no familia inventa una especie de comunidad sicodramática. El dato textual sobre el cual trabaja Lara se compone de una serie de personajes -¿inexistentes?- que toman la voz –tradicionalmente soterrada y abstracta- de la persona poemática. Jaime Gil de Biedma, singular poeta catalán de expresión castellana, señaló en alguna entrevista que una vez inventado y asumido el personaje de sus poemas le era ya innecesario escribir más. Y lo cumplió. Su poema “Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma –que Lara recrea con inteligencia y sentido crítico- insiste en ese doblez que separa a la persona poemática de su autor. Desde luego, es imposible pensar el uno sin el otro, pero es ciertamente necesario distinguirlos si tratamos de hacer una lectura que vaya más allá del mero batiburillo impresionista.

Hay que señalar que este libro de Javier Lara está abierto a la alteridad pues se coloca en un espacio dialógico donde la voz no busca situarse en una topología precisa (los asilos mentales que siempre están, de algún modo, en la calle), sino que procura el afuera de esa topología: el loco es el gozne, es quien hace la transición entre el lenguaje y la visión trascendental o mórbida.

Desde el punto de vista formal, podemos decir que en este libro las estrategias sintácticas favorecen la narración, el recuento, el racconto como en los poemas de Cesare Pavese. Un ejemplo: “Estamos pasando por el puente donde perviven todos los puentes, Gioia, tenemos el bolso lleno de hojas y la mirada hacia horizonte de armas del pasado”. Sin embargo, no se trata de una sintaxis plana, normalizada. Diría, más bien que encuentra su balance entre la dificultad y el flujo: “era una huella digna, cruel, fugaz. Humo. Ella veía el horizonte”. En todo caso, proyecta la sensación de que la narración acontece. Por otro lado, sabemos, desde los formalistas rusos, que la repetición es clave para crear un efecto de unidad conceptual y de flujo interno. O que la elipsis añade misterio, velamen. El uso pertinente –y ocasionalmente brillante- de estos dos recursos es quizás el rasgo más llamativo del libro en su conjunto.

Creo que este libro de Javier Lara abre vigorosamente un ciclo de su poesía y lo hace dueño de una voz muy singular en el contexto ecuatoriano.


Sobre Pop up de Kelver Ax

Kelver Ax ha inventado algo: ha tomado la tradición objetivista de la lírica occidental (Creeley, por ejemplo) y las escrituras minimalistas (el aforismo, el haiku) y las ha convertido en una experiencia acumulativa y serial. Mediante una serie de artefactos visuales que intervienen sobre todo en la secuencia lineal del ojo, Kelver diseña mundos en miniatura que, más que la levedad del mirlo, semejan la ligereza del electrón. De hecho, este libro –formulado como una especie de poema único, a la manera de muchas obras poéticas contemporáneas- parte de entender la vida como un artefacto electrónico cuya vivacidad parece proceder de un lugar atávico, indistinguible de las pantallas apagadas de los ordenadores y de los black-outs de las experiencias místicas, alcohólicas o sicotrópicas. Siento que este libro consigue ampliar el escenario de la ultimísima poesía ecuatoriana (divirtiéndose y padeciendo los límites de las experiencias maquínicas), dentro de un despliegue estilístico bastante personal y un vuelo entre manso, paradójico y demencial.

De hecho, algo que me llama particularmente la atención sobre este libro es el trabajo en las imágenes. Cada vez creo de manera más firme que las imágenes (y, desde luego, su novedad y pertinencia) son el núcleo natural, consustancial de un buen poema. Sin ellas, estamos seguramente ante un ensayo o quizás ante un poema ensayístico. Además, debo decir que las imágenes de Ax son extremadamente precisas y variadas. Por ejemplo: “soy una foto que perdió su ropa/en la memoria de una cámara ahogada/ kelver ax/ HAY LUGARES DONDE LOS AUTOS ACUDEN/ ENCIENDEN SUS LUCES/ E INVENTAN CIUDADES/ bluetooth”. Ssospecho que Kelver trabaja sobre la invención de la memoria, única combinación que parece amplia y vasta para la creación poética hoy por hoy, considerando lo consignadas que están las experiencias de orden simbólico en el mundo contemporáneo.

            Curiosamente, estas apropiaciones, juegos de impostura o enmascaramiento ponen en tensión códigos que parecerían convenidamente poéticos (luces, lugares, ciudades) con otras que ni siquiera han sido codificadas lexicográficamente en el ámbito de la lengua española (Bluetooth). Y eso supone un riesgo semántico grande, pero como dice Kelver Ax: “a la poesía hay que matarla para evitar que muera”. Ahora decimos astrolabio -aunque ya no se use astrolabios- porque la palabra conserva una sonoridad y una semántica muy particulares, además de un trasfondo histórico muy sugestivo. ¿Por qué no podría usarse en un poema Bluetooth? Me parece que Kelver es consciente que es imposible escribir, hoy por hoy, desde la pura inspiración solamente. Hoy la poesía es un género extremadamente difícil de escribir por la densidad y proliferación de universos simbólicos de toda índole que circulan a nuestro alrededor (y en nuestras mentes). Acudir a los lenguajes contemporáneos es apostar.

            Frente al lenguaje discursivo que parece dominar hoy por hoy la poesía ecuatoriana reciente que merece atención, Kelver Ax es un guardián lúdico (no podría ser de otro modo en este punto de la historia) de los pequeños formatos. Como ese chico que, en medio de un grupo de guitarristas de heavy metal con grandes amplificadores, saca su armónica y entona un blues gracioso y profundo. Cerca del llamado Al Lit, movimiento de poetas norteamericanos muy jóvenes, que formulan sus poemas como apuntes de un diario íntimo (casi al punto de borra esa frontera), Kelver conjetura un imaginismo posmoderno, aunque ciertamente más autocrítico que los chicos del Alt Lit, para inventar su voz poética: “en mi sombra / mi madre intuye la figura de un cerdo/ pero lo llama estrella”. Crítica e impugnación al yo consignado por la historia, sin romper con él, pues todo poema auténtico surge de la experiencia, pero se filtra en la imaginación.