PRIMICIA: “LOS DISFRACES DEL FUEGO”, MANUEL IRIS.








Tabula Rasa, Arvo Pärt

Todos los ríos van hacia el mar, pero el mar no se llena. Al lugar donde los ríos fluyen, allí vuelven a fluir. Todas las cosas son fatigosas, el hombre no puede expresarlas. No se sacia el ojo de ver, ni se cansa el oído de oír. Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol. ¿Hay algo de que se pueda decir: “Mira, esto es nuevo?” Ya existía en los siglos que nos precedieron. No hay memoria de las cosas primeras. Ni tampoco de las postreras que sucederán; no habrá memoria de ellas entre los que vendrán después.
Eclesiastés I, 7-11




Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.
Jorge Luis Borges





La desnudez también es un disfraz.

Un pájaro desnudo es un caracol que sueña.

La música desnuda es un reflejo
en un charco que no observa nadie.

La claridad desnuda es una niña sin brazos.

La oscuridad desnuda no es la paz, sino su rostro.

Un árbol desnudo son tres pájaros y el fuego que los dora.

Una parvada ya desnuda es una nube.

Una mujer desnuda es su disfraz.

La soledad desnuda es un animal insomne.

Una verdad desnuda es un montón de huesos.


♦♦♦

Ecos
                                     
Mordida por su edad
mi abuela le habla al anterior  
que la vio por mis ojos:

 ¿No te dolió jamás
dejarme así, con cinco niños?
¿No nos pensabas nunca?

Me siento culpable del silencio
que mi rostro, antes de mí, guardó

pero le aclaro: amor, yo soy tu nieto,
el primer hijo de tu hijo menor,

soy el que vive lejos.

Ya decía yo, me dice, que no tenía sentido
que yo fuera una vieja
y tú siguieras igual.

Me abraza con alivio,
como si esa conversación
entre nosotros
acabara

pero sucederá, como es costumbre,
la siguiente vez que nos veamos.


♦♦♦

Del placer

[…] la palabra placer abarca realidades contradictorias, comporta a la vez las nociones de tibieza, dulzura, intimidad de los cuerpos, y las de violencia, agonía y grito.
                                       Margarite Yourcenar


Como el sonido a la cuerda,
tensa el placer la mano
de quien sostiene un filo.

Tensa el placer la mano
del que asfixia:

abre el placer la boca.

Abre el placer la boca,
dice nombres, dice
misas negras:

abre el placer los ojos
que miran un cadáver

abre el placer los ojos

y nos mira, oscuras bestias,
abandonándonos a todo
lo que abre.


♦♦♦

De la memoria


[…]

II

Pero el olvido es otra forma de ocultarnos, de nacer.

Quiero mirarte sin saber quien eres.

Quiero escuchar como si fuera nueva
música olvidada: sonata repetida hasta el cansancio.

Dijiste algo. ¿Lo recuerdas?
Yo recuerdo.

Era una enredadera.

Tocaste algo. ¿Lo recuerdas?
Yo recuerdo.

Eran tus ganas de llorar a oscuras

Miraste algo. ¿Lo recuerdas?
Yo recuerdo.

Era un caballo caminando por tus sienes.

Todo el olvido se acurruca entre tus pies
como animal herido.



Balada sin principio


 El relámpago, al surgir
muestra las venas del cielo.

Muchacha nueva, revela
tus arterias: son el cantar
de las repeticiones: trazo del agua
y del andar de las hormigas
sobre futuras grietas.

Muchacha nueva,
en tus muñecas danzan
el relámpago, la rama,
el dibujo del río,
el desierto y sus venas,
las líneas de la piel,
la lengua seca.

(Todo arquetipo es el inicio de una repetición,
el nacimiento de un eco.)

Muchacha nueva, mírate:
                                            aconteces.

La dura miel es luminosa
como el ámbar,
dulce como la luz. Callada es la manera
en que la sangre sube
y amaneces
o te ocasas.

Tus pies son del sabor de cierto acorde triste
tocado por las manos de una niña negra
en un piano ficticio, una tarde sin luna. 

Tu voz, lento acertijo,
es inexacta como el ojo de los viejos,
total como desesperanza.

Tu silencio es un pez
cortando la negrura,
un lagarto en la noche,
una mujer sonámbula.

Tu nuca es una danza, reflejo
de sí misma.

♦♦♦

Pero en tu cuerpo no se esconde nada. Tu cuerpo
no es disfraz. Tu cuerpo ignora
lo que no pensamos con la piel
cuando te abismas, cuando sales
más de ti que tus palabras.

Llevo tu cuerpo amaneciéndose en el mío,
atardeciendo, crepusculando la palabra estigma.

Una epidermis de cristal te enlaza
con lo permanente. Disfraz de fuego,
desnuda eres eterna.

Todo el amor es una enredadera
en tus tobillos, una flor sin casa.

La carne entera se convoca en ti,
se hace de luz la leche.

Idéntica a sí misma,
tu piel es el abismo
en que se trenza el miedo.


♦♦♦

¿Detrás de la belleza, Corazón, qué rostro vive?

Belleza no es disfraz
sino algoritmo, operación
del cosmos. Interfaz entre mis manos y
lo que has perdido, Corazón, lo que buscamos.

Belleza es la evidencia de un lugar
anterior al nacimiento y posterior a la muerte.

La cuerda tensa entre un silencio y otro.

La belleza, Corazón, es trascendencia palpable. Es el disfraz
más fugitivo de lo eterno.

Belleza son los cardos inocentes
bajo la lluvia anciana,
belleza el monte, los cometas,
la galaxia,
tu piel de piel pretérita y futura,
belleza es tu disfraz,
tu máscara de ahora.

♦♦♦



Declaración de amor


En tu cuerpo está el placer
como en el cuchillo la muerte.

Eres directa y sola, simple
como tu arquetipo 
y sin embargo
nueva.

Tu numerosa piel
estuvo en el espejo 
de todos los que fuimos,
de los que ya serán.

Y sin embargo, Corazón
hoy no hay tristeza
en nuestra repetida fuga:

esta ilusión de novedad nos basta.





Réquiem





Como la primera, la presente sección de este libro debe leerse escuchando Für Alina, de Arvo Pärt




  
Nace una flor
a los pies del ahorcado.

Cierta y serena, la flor
se adentra y se prolonga en el silencio
en el que nace y nos une.

Muerte,
nos regresas al lugar del no-sonido,
nos ocupas desde dentro de tu tiempo
del tic tac del corazón
hasta el espacio porque eres, muerte mía,
el silencio entre los dos latidos.


♦♦♦


No eres nuestra, Muerte, no eres nuestra.

Son de ti nuestra amargura y calma,
somos tuyos.

Desnudadora
nos quitas los disfraces.

Abres la puerta del reloj en nuestro pecho
y una gaviota
se regresa al mar.

Su canto no hace ruido.

¿Adónde me regresas, muerte mía?



♦♦♦

¿Adónde me regresas?

Yo estuve en un silencio
antes de los disfraces
y ahora surges, Muerte,
con tu andar de pez,
tu canto de sonámbulo,
tu luz de girasoles en una habitación oscura.

Me surges toda y tú también
tienes disfraces: arcos de luz,
de iglesia y cementerio.

Tus rostros son el mar
la mano del suicida
la voz del asesino
el accidente y el amor
la enfermedad
el vino de los otros y su muerte ajena
dentro de nosotros, como la voz
los que no nacieron,
la voz de las palomas
transparentes
como el hambre o la sed
como el disfraz del fuego,
como el cuerpo
que parece no morir.

Tus rostros, muerte mía, son también
el mar de las repeticiones.



   ♦♦♦

Esta velita ya se está apagando, dice mi abuelo
hablando de sí mismo.

Esta velita ya se está apagando
pero otro fuego ya se enciende,
en algún sitio.


♦♦♦


En la hermosura, corazón, en la hermosura está la muerte ardiendo. De nosotros a los cuerpos el deseo cabalga y de los cuerpos, desde dentro de los cuerpos a nosotros, la muerte está mirando, mirando y avanzando,
                                     pájaro de aire.

Llenas de muerte la manzana fresca
y la muchacha desnudada. Llenos de muerte 
los muslos del muchacho, la piel de los que sudan,
los disfraces del fuego.

Llena de muerte toda la belleza.


♦♦♦


No se agotan
los disfraces.

Todo el deseo sale de los cuerpos,
de las tumbas, de las piedras
como una enredadera y  lame los tobillos
de la niña, la espalda del muchacho
que promete eternidad. El deseo va subiendo
las paredes de los templos, las paredes de las casas
como una enredadera.

El deseo va subiéndonos la piel, se va estirando hasta los bordes de sí mismo, va estirando las fronteras de la muerte de la vida cabalgando buganvilias entrando en esas casas habitadas por la luz por los juguetes
por el polvo.

El deseo no tiene aroma ni recoge flores
no revela su pasar constante de una cosa a otra
de unos muslos a otras manos a otros ojos otra piel

no se revela no
se corresponde con el cuerpo que abandona

nunca dicta su epitafio.

♦♦♦


¿Hubo otra muerte antes de ti, mi muerte?

¿Hubo otra danza de caballos y jazmines,
otra manada de gladiolas, otra luna?

¿Hubo otro despedirse?

Hay una sola
muerte natural: el nacimiento.


♦♦♦


Dentro del pecho, muerte mía,
crece tu flor como a los pies del ahorcado.

Yo voy regándote de luz y de disfraces,
te voy haciendo al mundo.

Suben tus tallos como una enredadera,
como una vena de parvadas y de peces,
como una planta  en que se agolpan los colores
y entonces me rebosas, muerte mía,
y voy entrando en ti,
surgiendo.

♦♦♦

Lleno de ti, mi muerte,
siento en mis venas
transparentes pájaros.

Tu vuelo subterráneo me sujeta.

Algo se rompe,
pero no eres tú.