BOLSITAS DE TÉ EN LOS ZAPATOS. EPÍLOGO "ISLANDIA" DE CINDY JIMÉNEZ VERA




















1.       ¿Islandia?

Una peinilla roja dentro de un libro. El esquimal que te fotografió en un funeral. Una alucinación cartográfica. La voz de Harold Bloom recitando a Julia: “Por encima del mar /por sobre tus miradas / tú”. Una biblioteca donde la sección más visitada es la de los osos polares. Viaje de 6 060 km: Bayamón – Reikiavik. Una despedida larga de fé­retros. La dedicatoria: a Cindy Jiménez-Vera, cuando era niña.


2.       Te regalan un telégrafo. ¿Cuál sería el primer men­saje para tu madre?

Espero que en el más allá tengas pan tostado y miel.
Su desayuno favorito.

3.       Luego de los 40 años nuestra ID debería indicar los medicamentos que tomamos.

Somos un muestrario de carencias. En nuestro repro­ductor de música deberíamos tener la voz que nos falta, los nombres de las calles que hemos abandonado. Las bufandas que nuestra madre nos prometió cada Navidad. Una gráfica de llanto:

Lloré para que no se fuera
porque llovía
Construí una barrera
entre la puerta y la lluvia.
Lloré mientras mi hermano
la sacaba y la llevaba a comprar
hojas de plátano que podía
arrancar en el patio de su casa
si estuviésemos en la isla.
Quise esconderla
en veinte bóvedas chinas.
Quise abrigarla
como si se fuese
a Islandia.
[“Guantes”]

4.       Islandia me recuerda el cuento más triste de Hans Christian Andersen.

El hombre de nieve. Una narración donde hay un perro afónico y niños jugando en el invierno. Cuando necesito desahogarme subo al metro y leo esas cinco cuartillas. Me reconforta llorar en uno de esos asientos. Ser un hombre al que nadie le pregunta por qué sufre. La primera vez que realicé este ritual fue cuando solucioné los últimos trámi­tes de mi abuela. Pasé varios días en la antesala de unas oficinas del gobierno debido a una errata en su acta de de­función. Cuando el error ya no existía recorrí varias oca­siones una sola ruta (22 estaciones) hasta que me dolieron la garganta y los ojos y temí maltratar los documentos que me habían entregado. El duelo inicia con complicaciones y ajustes burocráticos:

Lo que nunca se encuentra
en una página web
es el teléfono directo
del enterrador
-porque dirige la llamada
al municipio
a la oficina del alcalde
a su secretaria
a la recepcionista de otra oficina municipal
quien suelta el auricular
y le grita a algún funcionario
que no debía aparecer en este poema
y le pide el número de extensión
del cementerio -
para poder preguntar
el horario de visitas
y llevar flores.
[“Encontrar a Eyjafirdi y otros cementerios”]

5.       Cartografía fantástica de tu barrio.

Los martes recorres los estacionamientos que nadie usa de madrugada, los terrenos donde las grúas son rinoce­rontes dormidos. Sigues con lentos e inseguros pasos a través de ese paraíso miniatura.

A veces busco pretextos
para entrar en las oficinas
y en los centros comerciales
para coger un poco
de aire acondicionado.
[“La adultez”]

Metes bolsitas de té en los zapatos para aliviar ciertas do­lencias (las muelas y el hígado reclaman vacaciones) hasta pensar en otros remedios contra las frialdades que poco puedes explicar:

el café con leche o la quimioterapia
nos calentará los dedos
indefinidamente.
[“Falsa mejoría”]

6.       Emily Dickinson temía apagar las velas con sus manos.

La escritura de Jiménez-Vera es el golpe que dan contra el suelo las mujeres en las ceremonias de Día de Muertos. La acuarela de una poeta que mide con los dedos las cua­lidades y el sabor seco de la contundencia. Un catálogo bibliográfico de ausencias. La imposible definición de un objeto olvidado en el pasillo de “Las nuevas teorías para construir un diccionario”:

Ya de adulta, oí a Harold Bloom hablar de poe­sía en una entrevista. Hablaba de memorizar poemas y lo describía como to possess a poem by memory. La palabra posesión me llevó a la palabra carencia. De repente comprendí, que de todas las posesiones, aquella de la que no te puedes desprender ni tampoco puedes llevár­tela a la tumba es la que se ha instalado en tu memoria por instancias prolongadas. Eso, en verso o no, es el poema.
[“apéndice xx sobre Harold Bloom”]
















7.       Apéndice de un apéndice o un apéndice es un apéndice es un, etc.

Más hermoso que un atlas, un atlas imaginario. ¿Y más que eso? Lo que se agrega a ese libro. Datos de geógrafos aficionados, de exploradores cuyas informaciones no se esperan, como las de ese monje, en un mapa de las An­tillas, que asegura que Noé construyó camarotes especia­les para las Sirenas y los Dragones. Como estas líneas de Jiménez-Vera:

Me encanta imaginar a mis lectores como personas con crisis existenciales, como si   
la crisis fiscal y la del agua no fuesen suficiente.
[“apéndice xxiv sobre las peinillas”]

Dicen que los gatos suelen oler las cabezas humanas para obtener información, como por ejemplo si ese humano está enfermo de grave­dad y le podrá cuidar por mucho tiempo.
[“apéndice xxv sobre el sistema de clasificación decimal Dewey”]

8.       Cajones.

En Islandia encontramos una alarma que suena cuan­do terminamos un trago de nuestro café de resignación, cuando contemplamos la conveniencia de cambiar el ca­jón de calcetines, de documentos:

El día que enterramos a mi madre
(lo sé porque yo cargué
el lado izquierdo
de la parte posterior del ataúd
desde la entrada del cementerio
hasta la tumba)
hacía un sol terrible.
[“Encontrar a Eyjafirdi y otros ce­menterios”]

Islandia es el sonido que nos recuerda que a pesar de la recurrencia de pérdidas, no hemos agotado a las personas, a los días y a los objetos que aún nos harán bailar con los ojos cerrados.


Jorge Posada






Cindy Jiménez-Vera (1978)
Islandia.
EDP University, 2015