ISLANDIA. CINDY JIMÉNEZ-VERA




















Encontrar a Eyjafirdi y otros cementerios

Una página web asegura que ayuda
a encontrar el cementerio islandés
donde está enterrada tu madre.
El día que enterramos a mi madre
(lo sé porque yo cargué
el lado izquierdo
de la parte posterior del ataúd
desde la entrada del cementerio
hasta la tumba)
hacía un sol terrible.
Era fácil dar con su ubicación
no sólo por la luz solar
si no porque su tumba está
a la derecha de la entrada.
Lo que nunca se encuentra
en una página web
es el teléfono directo
del enterrador
—porque dirige la llamada
al municipio
a la oficina del alcalde
a su secretaria
a la recepcionista de otra oficina municipal
quien suelta el auricular
y le grita a algún funcionario
que no debía aparecer en este poema
y le pide el número de extensión
del cementerio—
para poder preguntar
el horario de visitas

y llevar flores.








La adultez

A veces busco pretextos
para entrar en las oficinas
y en los centros comerciales
para coger un poco
de aire acondicionado.
Al principio da placer
hacer trampa.
La cara no suda.
Incluso, los dedos
de los pies en las sandalias
agradecen el gesto
y hasta se ven limpios
inmaculados.
Pero es mucho el sentimiento
de culpa que dan la burocracia
y el consumo.
Salgo rápido de esos lugares.
Afuera, el frío es otro.
No porque baje la temperatura
fuera de las alcaldías y
los supermercados.
Cualquiera queda frío
cuando siente hambre
—o ya ha comido—
y quiere ir a llorar
a la falda de su madre
y sólo nos queda eso
su falda.
















Apéndice XX sobre Harold Bloom

No sé cuántas personas en la isla todavía memorizan poemas. Ahora se enciende el teléfono, se busca lo que se desea encontrar con uno o dos clicks, se lee, se cierra y poema olvidado. La memoria ya no hace falta. Mnemea who? Yo sí memorizo poemas. Los míos y los poemas de otros, que me gustan mucho. Mi madre memorizaba poemas, y me los enseñaba desde pequeña. Así fue cómo memoricé textos de José P.H. Hernández, Pablo Neruda, y Julia de Burgos a los cinco años. En la adolescencia, me intersaban los poemas de Emily Dickinson y Dorothy Parker. Indian Summer fue mi mantra en la escuela superior. Memorizar un poema es sentirlo parte de tu cuerpo. Si no hay papel, libro, computadora o teléfono celular, el poema está en tu cuerpo. Se dice que la poesía es memoria. Eso lo sabían los juglares. Memorizar un poema lo hace tuyo, porque, la mayoría de las veces lo recitas con palabras de menos, o palabras sinónimas, y le cambias o creas versiones/traducciones /traslaciones de ese poema en tu memoria, sin darte cuenta.
Ya de adulta, oí a Harold Bloom hablar de poesía en una entrevista. Hablaba de memorizar poemas y lo describía como to possess a poem by memory. La palabra posesión me llevó a la palabra carencia. De repente comprendí, que de todas las posesiones, aquella de la que no te puedes desprender ni tampoco puedes llevártela a la tumba es la que se ha instalado en tu memoria por instancias prolongadas. Eso, en verso o no, es el poema.










Apéndice XXIV sobre las peinillas


Recibir los libros entregados en el mostrador de circulación de una biblioteca es una aventura impredecible. A veces entregan libros con una tarjeta de crédito como separador. Otras veces usan una fotografía. He visto dólares, pedazos de papel roto de manera improvisada y urgente, incluso, están los que no usan separadores, y prefieren doblar la esquina de la página, y continuar su lectura más tarde. Sobre los lectores que dejan lápices, bolígrafos y crayones no deseo hablar ahora.
Una vez recibí un libro con una peinilla roja adentro. Marcaba el inicio de uno de sus capítulos. Era evidente que la persona nunca terminó de leerlo. A la peinilla roja le faltaban un par de dientes. Quise imaginar lo duro que fue afrontar el fin de la historia para aquel lector, ahora despeinado. Me encanta imaginar a mis lectores como personas con crisis existenciales, como si la crisis fiscal y la del agua no fuesen suficiente. La verdad, pudo haber sido un libro aburrido. Han pasado muchos años, y lo que me preocupa genuinamente es saber el paradero de aquellos dientes rojos de la peinilla.







Cindy Jiménez-Vera (1978)
Islandia.
EDP University, 2015.