CÉSAR EDUARDO CARRIÓN. A LA CALAVERA DE YORICK

david kattan h.




Hamlet.-Deja que la vea. (Coge la calavera.) ¡Ah pobre Yorick! Yo le conocí, Horacio; era un hombre de una gracia infinita y de una fantasía portentosa. Mil veces me llevó a cuestas, y ahora, ¡qué horror siento al recordarlo!, a su vista se me revuelve el estómago. Aquí pendían esos labios que yo he besado no sé cuántas veces. ¿Qué se hicieron de tus chanzas, tus piruetas, tus canciones, tus rasgos de buen humor, que hacían prorrumpir en una carcajada a toda la mesa? ¿Nada, ni un solo chiste siquiera para burlarte de tu propia muerte? ¿Qué haces ahí con la boca abierta?…

William Shakespeare, Hamlet, Príncipe de Dinamarca, acto V, escena I


1
¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en la Biblia del Rey Jorge?
¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil ciento treinta y siete palabras
hablan de la muerte y cuántas de ellas nos consuelan con la resurrección?
Si es verdad, como dice el Evangelio de Juan, capítulo diecisiete, versículo diecisiete,
que Dios y sólo dios autoriza y garantiza la verdad del único Libro Sagrado,
¿por qué nos molestamos en leerlo tantas veces en voz alta y repetirlo
cada Domingo, cada Sabbat y cada fecha cercana al Ramadán?
Que se ocupe también de la llegada de la luz a las fronteras infrarrojas,
que anule, sosegadamente, la mutación de la ceguera en Efecto Doppler.
¿No sería mejor rezumar esas dudas en el silencio de alguna jaculatoria,
antes que empaparlas con tres millones quinientas sesenta y seis mil
cuatrocientas ochenta y nueve letras de pura especulación religiosa,
un poco de esperanza y, sin duda, toneladas de autocomplacencia?
¿Para qué escribimos nuevamente la crónica de la Noche Triste, si fue dichosa,
y si Hernán Cortés se quedó de todas maneras con más de una Malintzin
y si hemos vuelto a incinerar las carabelas cada vez que hallamos dudas?
Para qué, si no es para escribir un Canto General, travestido, que nos nombre,
mejor que los legajos borroneados por las manos de un cronista semi-analfabeta.
No te digo que no cantes, no silbes, no escupas tu verdad, de todas formas lo harías,
porque nuestras convicciones determinan la certeza y el error en igual medida.
Apenas te pido que pongas de nuevo tus labios en el lugar donde los dejó mi último beso,
sobre tus dientes y maxilares calcinados, casi impertérritos, que levemente me hablan.
¡Anda, Yorick, despierta! Como regresan las bellas durmientes del encanto de la muerte,
sin necesidad de conjuros, con palabras que labren el aire con incertidumbre y terror.
Recuerda que encargamos la preparación del vino de las consagraciones a un sacerdote,
al más inepto de todo el colegio dedicado a proteger las palabras del olvido y el silencio,
al idiota de la familia, que no sabe ni siquiera su propio nombre y duda de sí mismo todo el tiempo,
y sin embargo inventa motes y apellidos insultantes para todos sus amigos y parientes.
Les encargamos la propagación de nuestras sombras, amado Yorick, a los poetas,
como si no fuera suficiente encargarles también el peso muerto de sus propios cuerpos.
Algo tendremos que hacer, mi querido bufón, para librarnos de la acidia y de su labia,
tan mala compañía como el cigarro encendido en la boca del condenado a fusilamiento,
y así de redundantes y así de prepotentes y así de inofensivos estos versos,
cada vez que nacen, cada vez que habitan, cada vez que a alguien se le ocurre recitar:
“¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en la Biblia del Rey Jorge?
¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil ciento treinta y siete palabras
hablan de la muerte y cuántas de ellas nos consuelan con la resurrección?”
Por supuesto, no lo sabes, porque entonces, no habrías muerto y estarías provocando
explosiones de risa en este íntimo auditorio, donde sólo se escuchan bostezos y,
muy de vez en cuando, alguno que otro gemido, alguno que otro llanto…

2
Recuerdo que alguna vez, borracho, vomitaste en las faldas del Rey, nuestro padre,
como un demonio que paría por la boca a los ángeles exterminadores del Apocalipsis.
Recuerdo que aquella vez fue la única que el Rey, nuestro puto padre, no te perdonó
por haber nacido necio, por haber nacido tonto, por haber nacido mucho más hermoso que él.
Aquella noche de juerga intensa, amado Yorick, fue tu última función en la corte danesa.
Al día siguiente tu cuerpo pendía hinchado y sin vida de una almena de la Torre del Desahucio.
“¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en la Biblia del Rey Jorge?
¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil ciento treinta y siete palabras
hablan de la muerte y cuántas de ellas nos consuelan con la resurrección?”:
Estas letanías, bufón de la infancia fugaz, no son mías, recuerda que tú las pronunciabas
como un trabalenguas infinito que nos ponía a todos a dudar de tu aspecto de duende idiota.
“Los enanos tenemos la verga más grande que el dueño del circo”, decías al vernos así,
boquiabiertos, babeando, pensando en esa cifra imposible de la Biblia del inglés enemigo.
A pesar de tu estatura, siempre fuiste, tú, el gran Yorick, el payaso, el que amó a su verdugo,
como un perro de caza que aprendió a dormir en la cama de su amo y atrofió el olfato.
¿Será que así mismo son los poetas de todos los reinos perdidos, de todos los mares lejanos,
menudos pervertidos que enseñan a las vírgenes de las asambleas a reírse de sí mismas
y a encontrar entre sus piernas o sus senos la condición degradante de heredar la muerte
a quienes más se llega a amar, a quienes más se aparta de dolencias, a los hijos?
Porque los hermanos diminutos de los parlamentarios, los poetas, los ilustres inicuos,
como tú, como yo, mi difunto mellizo, somos cebo de políticos que dicen que debemos
ordenar este mundo y lustrarlo con palabras que discutan de justicia social y morales
intachables, que se puedan vender en las calles, como anuncios de humana integridad:
“Compre cerveza nacional, apoye a la patria; consuma cigarrillo local, respire nación;
lea versos y novelas que reintegren al sirviente y al esclavo a los Estados de confort;
oiga, poeta; oiga, pintor; óigame, señor artista de nuestro ilustre país, se lo advierto:
Si no talla el rostro del poder o la miseria que produce no le erigiré ningún monumento”.
Sigamos riendo, lúdico animal de pene enorme, de risa estentórea y temeraria,
que nos condenen los que escriben para el vulgo, para el analfabeta que nunca lo leerá;
que nos repudien también quienes escriben para el burgués, a quien la poesía le apesta.
Sigamos escribiendo, Calavera, para los demás esqueletos de este bello cementerio.
¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en la Biblia del Rey Jorge?
¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil ciento treinta y siete palabras
hablan de la muerte y cuántas de ellas nos consuelan con la resurrección?
A mí, ya no me importa cuántas veces gimió el evangelista o fornicaron los predicadores.
Mucho menos me importará, de aquí en adelante, cuántos alguaciles de la verdadera,
de la absoluta necesidad, me increparán por evadir con mis palabras sus preguntas.
Gracias, cuerpo ausente, huesos pelados, carne reseca, postreros nutrientes del gusano,
por la libertad de no tener esperanza y por ello no deber al misterio el sentido de mi vida.
Sigue así, tan muerto como ahora, hermano Yorick. Mañana vendrán otros príncipes locos
a vengar la memoria de su padre infame, liquidado por la Matria puta, por la Ley del Hombre.