CUÁNDO DEBEN INTRODUCIRSE TÍTULOS. JEYMER GAMBOA.









La escritura de Jeymer Gamboa (Días ordinariosNuestra película de las vacaciones) se caracteriza por su concreción y eficacia, por el trazo for,e de sus obsesiones, por su búsqueda del pasado en la permanencia de ciertos hábitos y objetos. Existe en sus versos una incertidumbre seca, poderosa que se resuelve en líneas certeras y de una gran pulcritud.






Los pequeños globos aerostáticos


Los pequeños globos aerostáticos 
de fabricación casera, que la gente pone a volar
los 31 de diciembre, desde azoteas y balcones,
como una expedición de carabelas que surcan
el cielo iluminado por los fuegos artificiales.

Se parecen a los poemas que me gustan. 
Tienen una estructura precaria 
y celebran el fin de un ciclo. 

Una combinación de factores aleatorios, 
el viento, la combustión, la altura y los obstáculos,
definen su trayectoria y qué tan lejos pueden llegar. 

Desaparecen esa misma noche,
enredados en las ramas de un ginkgo
o dando tumbos por el Camino del Ministro Inglés,
pero lo que importa es la impresión que dejan, 
los comentarios de la gente cuando los señala. 

Es dramático ver cómo se incendian.





La sonda espacial Voyager 1 llega a los confines del sistema solar


Comienzos de julio. Tarde soleada de invierno. 
La sonda Voyager 1 llegó al lindero 
del sistema solar. Es lo más lejos que ha viajado 
un artefacto hecho en la Tierra. 
En las fotos parece un bicho metálico 
que desciende hacia el fondo del mar. 
La nave fue enviada al espacio hace 36 años 
y se encuentra a 18.000 millones de km del sol, 
y sigue alejándose. Es lo que leí hace un rato.

Ahora camino por la calle Llerena en Villa Urquiza 
y salgo de mi ensimismamiento galáctico. 
Todo está en calma. 
Es un barrio de edificios bajos. 
Circula el olor de las panaderías 
y el rumor radiofónico de los talleres.
Los perros se asoman en las azoteas,
entre plantas y ropa tendida.
Los niños todavía están en la escuela, 
adormecidos con la voz de los maestros. 
 
Me dirijo hacia el jardín botánico 
de la Facultad de Agronomía.
Abro la reja y entro. Ahí está el sol, 
filtrado entre las cañas de bambú,
reflejándose en el agua estancada. 
Una enredadera de flores amarillas 
cubre el techo del invernadero. 
Aquí hay un orden: carteles con el nombre 
de plantas autóctonas y hortalizas alineadas. 

Y aquí es donde los estudiantes 
de Botánica Agrícola hacen sus prácticas: 
observan fases de crecimiento y maduración,
examinan tallos y recogen muestras del suelo.

Ahora solo quedan dos jardineros 
que caminan entre los senderos 
con rastrillos, palas y regaderas. 
Permanezco sentado en una banca 
hasta que la luz se debilita, los árboles 
se oscurecen y el aire se enfría. 
Los hombres lavan sus herramientas en silencio.
Los insectos nocturnos tratan de hacerse oír. 
Voyager 1 está cada vez más lejos, 
llevándose los sonidos de la Tierra 
grabados en un disco de oro. 
Por más fotografías y apuntes que tome, 
hay una experiencia en todo esto 
que no sé precisar, que no puedo retener. 
Un pájaro se acicala en la pila,
una gata está agazapada detrás de los matorrales.









Barrio a las tres de la tarde, alguien acaba de empapelar los postes
con el rostro de un gato perdido



Una chica pasa en bicicleta
bajo la sombra de los árboles. 

¿De dónde vendrá ese impulso
de algunos niños
de arrastrar una rama seca
por el camino de regreso a casa?

En la verdulería, una anciana 
agarra del cajón El milagro
dos berenjenas y dice:
qué lindas son, y se ríe. 



El monstruo más grande del mundo


    
El atardecer comienza detrás de los árboles.

Un remolino de polvo se levanta en la plaza
cuando el balón está cerca de la portería. 

Suenan las ruedas de las mochilas escolares
sobre los adoquines: “Te prometo que mañana 
haremos el monstruo más grande del mundo”.

Una mujer sale de su casa con un cuchillo 
y corta las hojas secas del jardín
como las palabras que uno quita de un poema.



Cuaderno de catequesis


 
Los sábados, a la una en punto,
nos sentábamos frente al tele
para ver un episodio de Sankuokai,
nuestro programa favorito de la vida.
 
Después, había que alistarse para ir a catequesis.
Botines bien embetunados, laca en el pelo
y camisas estilo western con bordados,
que era como nos vestían nuestros padres.
 
En el camino de casa al salón pastoral
con mi primo Wilson recreábamos
las peleas de Ayato y Ryu contra los Gavanas.
Eran simulacros de karate y superpoderes,
bajo la sombra de los porós y los nísperos,
por parte de unos vaqueros galácticos
que pronto harían la primera comunión.
 
Fernando, el carpintero del barrio,
era el encargado de enseñarnos todo
sobre los sagrados sacramentos.
Tenía fama de ser el hombre
más mentiroso del pueblo.
 
Todas esas enseñanzas de Jesús
para mí eran un verdadero calvario,
pero rebuscando un poco en la biblia
encontraba partes que me gustaban.
Eso de mirar los pájaros que no siembran
y los lirios que crecen sin cansarse.
 
Después de memorizar los mandamientos,
nos íbamos directo a la pulpería de Luz
donde comprábamos zarzaparrilla La Mundial,
tosteles y fichas para jugar futbolín.
Poníamos canciones de Michael Jackson en la rocola
y así terminábamos de gastar las tardes de los sábados.
 
Anochecía y regresaba a mi casita de madera
donde había un sagrado corazón de Jesús
que emitía a todo color las peores pesadillas.
 
Una noche, de la nada, veintiséis años después,
como un mensaje enviado desde el lejano Analis,
recordé la canción introductoria de Sankuokai
y me tuve que poner a escribir este poema.
 
Hace años que me fui del pueblo y no volví.
Ahora llevo la apostasía tatuada en el alma
y en las tiendas de ropa americana
busco las camisas de mi infancia.
 
El ojo es la lámpara del cuerpo.













Lee y descarga Cuándo deben introducirse títulos de Jeymer Gamboa en Cartografías de Punto en Línea de la UNAM.