EXCLUSIVA: RAFAEL ESPINOSA. EL PORTAPLIEGOS. MAURIZIO MEDO

richard zela
Cuando estaba por aparecer el segundo número de la revista NOVA, su director, Víctor Coral, me solicitó un texto. Pese a mi renuencia, pues ya hay bastante trabajo “detrás” de Transtierros, no pude negarme. “Rafael Espinosa”, dijo Coral.

 Mi amistad con Rafael data de los 90 poco tiempo después de que el filósofo Fico Camino me comentara sobre él. Y durante todos estos años si algo he podido detectar (y también padecer) es que Rafael Espinosa (1963), y valga el entrecomillado, “no es comprendido” por una buena parte de la crítica cuyo concepto monista sobre lo que es o debería ser la “poesía”, se cruza de brazos antes de analizar el “sentido” de una determinada disruptura (planteada desde la escritura en sí o a través de una apuesta estructural) en la que, por ejemplo, y eso ocurre en varios tramos de la obra de RE, el poema se presenta ante nosotros como un ensayo, con algunas turbulencias, es verdad, pero con más hallazgos que tremos (incluso me atrevo a señalar que las mismas, en lugar de evidenciar “fallas en el sistema”, revelan procedimientos alternos (al modo convencional) que debieran ser explorados. Y  más si se trata de un “escritor de poemas”, como Rafael, quien, parece disfrutar cuando empieza a superponer capa tras capa, los diversos sedimentos lingüísticos con los que construye el terreno de su escritura. Sin embargo, lo conozco bien, para Rafael esto no constituye ninguna molestia. Es muy simple, no le interesa. Vive su trance extático buscando el ángulo a través del cual vislumbrar cómo proseguir el poema, una acción que, en más de una oportunidad le exigió ponerse de pie, esto es literal, frente a los papeles.

richard zela
Tal vez por eso, se me ocurre, la escritura de Rafael parece levantarse en un territorio de arenas movedizas, las que, por su continuo desplazamiento, nos presentan la experiencia como eso que ocurre “afuera” de la escritura y que al reconstituirse (a través de la acción evocadora del lenguaje) se transforma en otra cosa. Esto es parte de su magia. Merced a ello la percepción de la realidad y fantasía (habría que recuperar este término de acuerdo con su etimología)  devienen (yuxtapuestos entre sí) hasta poner en crisis el orden formal de la estructura narrativa establecida en el poema como, y de acuerdo con Deleuze, si estuviéramos ante algo escrito por un extranjero de su propia lengua.


En la obra de Rafael Espinoza la voz del sujeto, no dije del “yo”, desplazándose  entre la escritura automática y el talk poetry, configura, vía la evocación, vía el slang citadino, vía la terminología propia de la digitalización y de una serie de elementos apoéticos, amén de una tercera voz, cualquiera sea esta, una ciudad, otra, que está siempre ahí, pero a la que no se le distingue, la misma que  es capaz, por ejemplo, y esto lo señala Vicente Luis Mora,  de hacernos ver paisajes rurales dentro de lo urbano. Su subjetividad descoloca el orden, se “sale” intuitivamente del objetivismo “comprendido como la transcripción de un orden visual, sin melancolía, sin repugnancia moral ni estética” (Dobry) para que Rafael pueda fungir también como un fotógrafo que captura un determinado plano mental, propio o ajeno, y pervierte su aparente inmovilidad en una coartada para ensamblar escenas a través de opuestos. Lo exacto y lo delirante al mismo tiempo, notó también Vicente, y esto no hace que la obra de Espinosa sea precisamente la de un poeta “hermético”, eso es equívoco, más bien en la de un DJ que escribe mientras samplea diversas oleadas de sonido hasta hacernos partícipes de su música, la cual a veces también sabe prosarse a secas, y lo convierte en un desclasificado (para las exigencias del Parnaso alicaído) Alguien poco adecuado para el turismo de feria, pero quien tiene ya un pie en el futuro, fuera de toda boga.

Hace un par de días conversábamos y, desde la común ansiedad del preestreno, me comentó  sobre la inminente aparición de “El portapliegos”. Ayer apareció el libro y se regala
en la librería Inestable, amén de un PDF el cual estará disponible para los amigos extranjeros que, si lo desean, solo tienen que ponerse en contacto con él.

 
richard zela



EL CELLISTA

Yo no soy bondadoso, pero
la piedad pensó en mí, los
instrumentos humanos que usan el cuerpo vocal
de los pájaros me condujeron a hospedajes
de pasillos oscuros
y paredes delgadas, idólatras de su propia sonoridad,
donde nunca supe lo que soy y lo que eres,
¿no es así, búho insomne?, pero 
tus dedos me fueron intensamente familiares
como aquello capaz de definir una naturaleza consagrada
a tocar, mientras se colaban ramas marchitas por la ventana.
¿No es así, voyerista de los destinos?
Vivida cierta forma de manos, la función de las hojas caídas 
es recomponer el porno puro de un rostro, 
es conseguir que el simio sienta en el viento sus funerales
y erigir con vidrios atormentados 
sodios insaciables que dicen mar y recuerdo, penétrenme nubes.




EL INQUILINO

Yo soy homosexual, tú eres
homosexual, él es homosexual.
Anoche que copulaba
furiosamente con mi novia
lo que me gustaba de ella,
más que manifestara
a la mujer esencial,
eran sus manos venosas
parecidas a las de un hombre.
Tú eres homosexual, te gusta
el musgo, el pez, el sol, el tronco
con su cuarteto masculino
al borde del río. El río
le saca ideas a él, él es
homosexual. Ahorra
dinero para ir a bañarse
en su fervor penetrante,
márgenes transidas.
Mi amor es homosexual,
procreó un hijo homosexual,
era sideral el esperma.
Nunca se acostó con mujeres,
se acuesta en un cuarto pequeño
bajo la noche baldía
con exoesqueleto.
Tú también, tú eres homosexual.
Sudando toxina unisexual.
Ella es homosexual.




EL DEPORTISTA

Cuando lo siento, la frugalidad es la llegada de un ciprés a los hombros
y la pasividad benevolente con que lo reciben para perfeccionar sus contornos
en un mundo anterior a la división de los sexos, sin sol obsesionado
con la piel tostada, sin celos, únicamente con el envolvimiento de los hombros
por los cipreses, tendiendo hacia un momento posible con olas.
Cuando lo recuerdo, la prodigalidad es una playa ya instalada con hombres
y mujeres, bajo el clamor de los ojos por los hombros bronceados,
y una cama donde los rayos del sol se rinden ante crispada agua florentina
hasta que la temporada se desvanece y el bronceado vacila, resiste, adora
la forma de una llama, y al cabo muere, convertido en una pálida pregunta
sobre la verdad. Boté mis zapatillas manchadas con crines de césped, me retiré de todo eso.
Me retiré, boté mis shorts de baño que cayeron a una vida que existe y es inocente.
Subí a las llanuras, conozco los cementerios del campesinado. Permanecieron
en mi poder la flotabilidad de los recuerdos y la nubosidad de la mirada,
reunidas en un amor suprasensible, por cuya lágrima matinal atisbo. Son bellas
las peinetas obstructoras de los cipreses, la arena enviada a los cabellos. Ofrecen
pócimas desguarnecidas. Pero me pasaron cosas; tengo que pastorear, lo siento.




EL PERFUMISTA

¡Un elemento circular! Que yo sea eso antes
que la sindicalizada complacencia de mis defectos, es algo
que los molesta en demasía, verdad?, ustedes que navegan
en trirremes sobre tersas ensenadas de ex sentimientos, como licántropos sin lascivia. He 
sufrido, clavado rostros sobre mi rostro, y por eso quieren llamarme estrella anacrónica,
convencidos de que los laureles están drogados,
cuando en realidad están solo traumados.
Admito que mi dolor es una culpa si me distrajo de distinguir
una hoja sagitada de una hoja elíptica,
si no asumí con la mayor benevolencia
las exhibiciones oscuras. Llámenme
el capullo ineficiente, yo intentaré ser mañana el operador de las gratitudes.
Ustedes también tienen lágrimas y sintiéndolas
desfigurar sus ojos con pura acuosidad
pueden olvidar el hedor de los husos horarios,
sentir en cambio el lento escalamiento de las plantas, para oler bien, barómetros.





EL RECOLECTOR

Hay cosas que pueden utilizarse, otras no.
En eso debe serse muy objetivo, sin caer en seudociencias.
Nada de tomar Banisteriopsis caapi en días de plenilunio
ni navegar en rápidos con fondos de cartón piedra. A
mí me ha servido un asunto: el dolor. Nada
más como un mínimo conocimiento de las estructuras
al identificarlo como un principio activo sin el cual no duran
las rocas ni otras vidas más delicadas. Pienso
en el cristal facetado en que cuido mis girasoles.
Pero seamos rigurosos, aunque aquí existe nomadismo. Tampoco
exageraciones: apenas el dolor en su aspecto de agentes
patógenos, no de derruidas historias, que devastarán los pistilos.
Apenas un elemento fluctuante que ubica al parque
lejos, en las distorsiones del Arte Óptico. ¿No consigo
explicarme? Como unos anteojos mal fabricados,
a despecho de los cuales se llega a otra cosa útil: la
felicidad. La felicidad también me ha servido
para advertir que es un desplazamiento posicional. Acceder
a las palmeras del parque, sentir que dicha plenitud
no acierta con el primer deseo. Llegamos simplemente
a otro sendero, es hermoso y la gente se ha retirado.
Donde pende de las vainas el sujeto de la multiplicidad
para que vuelvan a reunirse la felicidad y el dolor.
Ambos deben seguir hurgando el motivo de su desvelo
entre ofrecimientos de la Amazonía. Solo
un socialista utópico se desesperaría por ello.
En eso hay que ser politólogos pro gubernamentales.
La desesperación no posee calidad de uso.
Surge de desastres y tragedias y a lo más produce
un escuadrón de pijamas, con las cuales afectamos,
tendidos, la zona lumbar. No sirve: arroja las moras recogidas.