JOSEFINA FONSECA. 5 POEMAS





bagrad baladian


























Ahora pinto países
como si jugara al teg
me pregunto por las líneas
que dibujan el mapa
si sos una ficha
para seguir avanzando
o la consigna escrita
atrás de la carta.







No hay sentido en permanecer
en una fiesta de la que no voy a llevarme
lo que no traje.
Con la urgencia de las ruedas
me recito los versos que no puedo escribir
¿hay algo más intransferible
que la velocidad del pensamiento?
Como un mantra me repito
que si me fui estoy curada
-si me fui estoy curada
si me fui estoy curada-
pero todo se deshace
cuando imagino tu auto estacionado
en la puerta de mi casa,
es la imagen del mito
que golpea como una cachetada:
un chico arrepentido
de no haberse animado
esperando atrás del volante
que estacione mi bicicleta.







Dos declaraciones de amor
oxímoron, contradicción.

Tenía una sola vida, una ficha nueva
en moneda extranjera
me quemaba los dedos
y no me servía para otra cosa
que no fuera usarla.

Dos declaraciones de amor
repetir, recordar.

La gasté sabiendo que iba a tener
un sonido igual de sordo entrando en tu mano
que cayendo por cualquier acantilado.

Dos declaraciones de amor
no se puede confiar en nada que necesite una repetición.

La gasté al lado de un río
violento de tan correntoso
en un país que no limitaba con el nuestro
mientras tachabas
en el calendario que no llevamos
los días para volver a verla.

Dos declaraciones de amor
veloz no es sinónimo de inofensivo.

¿Qué sonido tiene la caída
de lo que no se puede volver a tirar?







Determiné que el día
que te volviera a ver
iba a ser de casualidad o por descuido
 
sigo viniendo al bar
que está cerca de tu casa
me siento a mirar la calle
en el alfeizar de la ventana
porque las ventanas fueron 
inventadas para mirar 

pero yo estoy del lado de afuera
y en poco tiempo los truenos
que parten el cielo
van a explotar contra mi cabeza 

antes de eso voy a gritarle tu nombre
 a cualquiera que lleve paraguas
 y voy a decirle, sonriendo
 no esperaba
 encontrarte
  acá.







En el verano dejé mi casa
llené de tinta
las partes blancas del pasaporte
me saqué la ropa en la orilla
del ojo de agua tibia de un volcán
y dejé, sin saberlo,
que la energía de los que habían saltado
con los pies amarrados a piedras pesadas
penetrara los poros de mi cuerpo abierto.

El volcán me enseñó que el miedo
no es más que el movimiento
que no dejamos continuar.

Volví a habitar mi casa
como una horma que ensancha con paciencia
el material encogido que la rodea.

Abracé lo que había con el despojo suave
de las manos que se están por soltar
pedaleé con tanta fuerza el sentido creciente de las avenidas
que la bicicleta se quebró en dos
como había pasado alguna vez 
con todas las cosas.

Aprendí que lo quebrado no se remienda
se recicla
sobre el ciclo habló la runa
que era semilla:
paciencia en la siembra
para agrandar la cosecha.

Sos la hacedora de tu futuro
dijo la voz que esperaba.

Soy la hacedora de mi presente.

Ya no necesito un aula sin sillas para desarmar mi cuerpo
porque en el tránsito incorporé la no forma de todo

-una mamushka abierta logra belleza en la autonomía-

Raleo los caminos que me trajeron
y no voy a recorrerlos volviendo sobre pasos viejos:
los reciclo en una ruta nueva  hacia adelante.

Mientras cantan los gallos
reafirmo tres veces
todas mis decisiones.



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