MARTÍN PALACIO GAMBOA. “LA MAÑANA OLVIDADA”, DE HORACIO CAVALLO. UNA GRAMÁTICA DE LA CENIZA.

randy mora
El caso de Horacio Cavallo suscita interés por varios motivos. Uno de ellos es su probada solvencia en la narrativa y en el género lírico. El otro, pero vinculado al primero, es el trabajo que realiza con los formatos clásicos. No es el único. Entre sus compañeros de promoción, Martín Bentancor refunda la  gauchesca en “Vida y muerte del sargento poeta”; Leonardo de León ya había llevado a cabo una exploración metalingüística del haiku. Horacio Cavallo, en una de sus más recientes entregas, explora el soneto pero desde una subjetividad que lo acerca a los aguafuertes urbanos, de impronta tanguera, como los de Ignacio Suárez y Miguel Ángel Olivera. Esa subjetividad promueve una suerte de realismo melancólico que se libra del sueño dogmático ante el mundo (el de confundir lo real con lo racional, con lo aparente, con lo posible o con lo deseable) y que, a diferencia del renacentista y del decimonónico, confiados aún en poder confirmar el sentido de la realidad, expresa el desposeimiento del control de dicho sentido a través del retrato -y del autorretrato- de personajes signados por el desarraigo más ceniciento.

Mientras la Marylin desvencijada
ordenaba las copas con desgano,
al propietario le tembló la mano,
soñando un riachuelo, una enramada.

De los hombros les cuelga otra jornada.
No hay cambio ni botellas y es en vano
querer sentirse un poco ser humano
en esa indescifrable mascarada.

Suena violín y fueye. Un contrabajo
zumba entre moscas. Cae un cenicero.
El propietario espera algún atajo

desde la muerte diaria al paraíso.
Marylin afiebrada lava el piso,
semiencorvada como un relojero.



El adjetivo “ceniciento” no es gratuito. El don del poema es la ceniza, “lo que resta por decir” -en palabras de Blanchot, casi al final de La escritura del desastre. Y el resto es siempre aquello que podría desaparecer sin memoria, recuerdo, vestigio o monumento. De allí la finitud como su condición implícita. La galería de personajes que Cavallo coloca en La mañana olvidada (una conjunción de textos seleccionados de El revés asombrado de la ocarina, del 2006, y Descendencia, del 2012, para la editorial argentina Melón en 2014) se muestra como la extraña comunidad de los exiliados de todo sí mismo y de toda propiedad, que asumen la existencia no como el cierre de heridas sino como el “vivir” en la herida. Sienten y ven una desustancialización del tiempo que los aleja de cualquier gesto de transfiguración. Hablamos de hombres y mujeres desfigurados. Se encuentran en una dimensión diametralmente opuesta a la eternidad, visualizada como un “encima”. Es la “eternidad negativa”, la que ofrece el mismo plano de la historia considerado en una perspectiva parcial, ‘estática’, y en la cual sólo se experimenta el deseo de recuperar la base perdida, de rescatar una posición en la morada de lo posible. A estos hombres y mujeres sólo les queda el desierto de una espera sin objeto, de irrefragable absurdidad y silenciosa resignación.

Sin nada que perder, como un otario,
vitalicio del cuadro de suplentes,
entré en un cafetín, y pedí el diario
frotándole los ojos a los lentes.

Al humo se me vino el propietario
con mala mueca y ojos displicentes.
Mi instinto se acusó de vil gregario,
y él: “¿qué se va a servir?” dijo entre dientes.

Esperó que rascara los bolsillos,
bufando y golpeteando los tablones,
lustrándose el anillo en la solapa.

El mundo es una cueva de ladrones,
ni mártires ni dios ni lazarillos,
le dije, señalándole la grapa.



Como el tiempo sin móvil de Julián Marías, esta eternidad petrificada en el límite del descenso (“mortecina”, diría Sartre tal vez) se desmigaja ante un futuro obturado, y la vida se desliza de entre las manos y se pierde como un agua sin cauce en medio de un fangal oscuro, irrespirable. Es que el tránsito desde un estado agónico de la escritura hasta la inversión del sentido, no puede sino generar la emergencia de la mancha que invade, hiperbólicamente, el Río de la Plata cuando el yo lírico se baña -al final- en un afán redentorista. Una mancha que es sinónimo de la fractura. Cabría preguntarse por qué Cavallo elige, justamente, el soneto para expresarla. Pensemos que el soneto es la representación literaria no sólo de cómo funciona un silogismo sino de un equilibrio geométrico, propio de los teoremas euclideanos. Tal y como demostró el estudio de Panofsky sobre las obras de Durero, la conciencia melancólica predisponía, según la tradición neoplatónica, al estudio de la geometría y la matemática. El vínculo entre ambas se comprende al reparar en que la melancolía es la consecuencia necesaria del racionalismo matemático: sometido a una suerte de drama fáustico, el geómetra experimenta a un tiempo la confianza en el poder del espíritu para reducir la naturaleza a número y la sospecha de que debe existir una esfera metafísica cuya inaccesibilidad le produce tristeza. La omnipotencia racionalista y la impotencia melancólica aparecen así, en los inicios de la modernidad y en su culminación vanguardista, como estrictos complementarios. La revisión de la perspectiva artificialis llevada a cabo por los endecasílabos de Cavallo cobra, de este modo, un sentido muy próximo al humanismo de Durero. Ya no es instrumento de racionalización de la realidad, sino artificio para proyectar sombras, espectros o fantasmas, objetos irreales que señalan la ausencia -nuestra ausencia- de realidad.
Con tecnología de Blogger.