CIERTA DUREZA EN LA SINTAXIS (II). JORGE AULICINO.










Cierta dureza en la sintaxis 




6


No diste baptisterio a la paz interior, y por un plazo
de difícil mensura pagarás en piezas de a cinco.
Todo el tiempo, mientras ibas de la misa a la armería
se sucedieron las operaciones bursátiles y anduvo
todo a su debida máquina, arrojando aceite
por las juntas, dando a cima el verso;
se llenaron de aguas de drenaje
las cuencas marítimas; trepidó el garaje,
se liquidaron honorarios; tuvieron
su tiempo el nacimiento, el crematorio.
¿A qué la prisa? Usa sabiamente el tiempo del pago.
Coloca vientre de sapo sobre el hematoma.
Siéntate en tu lugar, cala tus gafas, di que el arte
estatuario es simple y canta la verdad de los otros.
Te reconocerán por el carmesí de tus acentos.
Porque has usado verde y rosa, tilo y cortadera
para decir tu labia aprendida en el silencio.
Eres el que, débil y cansino, en el escudo lleva la hercinia,
ave cuyo plumaje produce efectos de luz en la sombra.
Es de tus antepasados su poder
que ha juntado fulgor alrededor de lodazales,
el lugar del que extrajeron el punto asertivo.
Haz valer, desde ya, tu organizada ignorancia.



7


No te traiciones, no dejes de hacer lo que dijiste.
Allí está el camino que lleva a los oficios
aprendidos hace mucho; te agachabas y te saltaban;
se agachaban y saltabas sobre ellos.
Pasaste a gatas por entre las hendidas noches de luna.
Supuraste, sangraste por un corte ínfimo, sin dolor.
Aludiste al cóndor con el macabro juego de asociaciones.
Pero si era eso. Lanzarote el que aprendió a matar erinias.
Allá estaba la cordillera, y allá fuiste, entre viento y roca,
y cuando estabas perdido no supiste aprender nada.
Pero qué linda lejanía, aun cuando cada hora y tanto
pasaran un auto o dos, un camión petrolero.



8


Debería ser posible caminar por allá.
Pero encontrarías los edificios de un suburbio
y no el camino hacia los árboles y el rancho aquel,
hosco, bajo la arboleda tormentosa.
Aburridos, amarillos, grises, llovidos.
No encontrarías la tarde de verano
y los tordos, usurpadores de aquel nido.
La ciudad fue mal usada. Es usada.
En un mediodía de llovizna los edificios,
las persianas cuya pintura envejeció,
parecen resignados a su perplejidad.
Verte frente a un mar no virgen, sino desechado.
Como tordos en los nidos de otros, abandonados.



9


Fleta el barco, di las oraciones nonas, date al oleaje.
Los viste, los caminos son huellas polvorosas,
a qué negarse; navega sobre el mar que huele a fuel.
Ves que está lejano como siempre y oleoso:
conduce a la National Geographic, a los tomos
que recorriste con el esfuerzo de un grumete.
En un reumatismo que da sesgo a los gestos,
ora la túnica, ora la bota, navega y galopa
hacia los mundos artificiales sobre los que se yerguen
edificios de 300 a 400 nudos que expanden luces,
y también rejones, sobre desconocidas calas.
Hong Kong o lo que fuera; Sumatra.
Ve cómo amontonan en el negocio de pieles.
Los puertos atiborrados de contenedores rojos.
La hiperproducción de asuntos y chips,
el silencio de los aparatos, los dormidos programas.
Lavarropas en el sudeste asiático. Embalajes
entre los que se arrastran lagartijas; ligeros
latiguillos de los dioses del mar que insisten.



10


Te bastaba una ciudad coloreada por el guiño
de la tormenta, el recuerdo del abrojo,
de la flor de cardo que caía en el bochorno
como un solcito blanco, despreocupado.
Eso fue hace eones. Ahora intentás pactar.
Mirás a través del vidrio opaco del pensamiento
cómo flotan hebras del paraíso de la verdad.
Bajo la lámpara difusa en la trastienda de un taller,
tendido en el catre quebrado, hacés cuentas,
utilizás números fríos, solo sentís
la noche pulida que respira en la playa de estacionamiento;
y sin embargo te preguntás cómo decir:
cómo decir con sintaxis de varias manos
lo que ha captado el cuadro, o lo que ha el cuadro
construido; si no es una, a la vez sencilla y compleja,
razón de Estado: todo lo que está allí es otra parte:
las telas de los sillones, el empapelado, el abandono
y la atención simultánea del personaje recostado.
Esplendor y crepúsculo en este cuadro del final
del diecinueve que por razones desconocidas
ocupa tu mente a las altas horas.
El lomo de un animal marítimo traza un arco fluido
en el lejano fondo de otro cuadro; hay papeles arrugados
en el piso de otro; hay sonidos en el pasillo de otro más.
La pintura ha capturado o promueve un sinfín de cosas
cuya causa de ser no es ninguna. Qué trivialidad del arte.
Como si dijera: restos que te dejan frío, o aleatorias
circunstancias. No dicen nada, nada, los pasos en la noche.
Te bastaba una ciudad coloreada por el guiño de la tormenta.
Ahora intentás pactar. Pero no hay con qué quedarse.
Entregarás un alma que no le sirve a nadie.




Jorge Aulicino


Estación Finlandia.