CLYO MENDOZA - SOBRE ENSAYOS MALOGRADOS














SOBRE ENSAYOS MALOGRADOS, DE ALEJANDRO TARRAB
CLYO MENDOZA



En Japón hay un lugar llamado El mar de árboles, un bosque en la base del Monte Fuji donde la gente ha ido a través de los siglos a suicidarse. Más de quinientos cadáveres, más de quinientos dolientes fuera del bosque y la suma crece todavía. Se hablaba de demonios habitando El mar de los árboles, se habló de la cualidad extraña de algunos lugares donde debe cuidarse que el estómago no se digiera a sí mismo, que una idea no se confunda con una evocación, que soñar no sea confuso.  “No debemos temer que la locura de matarse (folie de se tuer) llegue a ser una enfermedad epidémica, porque contraria los deseos de la naturaleza”, dice Tarrab. La pregunta de por qué seremos tan quebradizos, tan mortales se ejemplifica aquí con los suicidas literarios: Ofelia, Egeo, Primo Levi, personajes melancólicos en los que ha cesado su impulso de vida, personajes al mismo tiempo rebeldes ante la más imperante de las convenciones: conservar la vida y no sembrar el otro el instinto de la muerte. La vida del suicida es “una línea artificialmente construida”.

La pulsión de la muerte es en algunos, la pulsión de la vida en otros. El suicida tiene el instinto de supervivencia invertido.
Y qué es eso que atravesó el ojo de una mujer o un hombre para que mudaran ese impulso de vida ¿es una propensión heredada, una herida que trasciende, o se propaga, más allá de la propia sangre? ¿O es sólo que una herida de la propia experiencia se llaga y lentamente nos envuelve?
Según Eduardo Cirlot en su definición del símbolo del suicida “en las concepciones hinduistas, y más aún en el pamsiquismo, suicidarse es un acto enteramente inútil, ya que suprime sólo el aspecto exterior, un ente (que no es el ser, sino una manifestación de él)”. ¿El dolor del suicida trasciende también al ente? ¿Trasciende sangre, herencia, al mundo mismo? Esas son las preguntas que intenta responder este libro conmovedor, bellamente trazado desde un discurso que parte de la razón a la intuición, al instinto.

El suicida es el cadáver que resta de la batalla con la herida, y, dice Tarrab refiriéndose al cuerpo del suicida “No hay tierra que recoja un cadáver, su mundo es el horror a la intemperie”.
Este libro doma el mundo del suicida y lo contiene. Están aquí las tierras punzantes que terminaron de ceñir a la abuela Carmen hasta que decidió matarse. Aquí se recoge el cadáver de la abuela, un cadáver que existía ya desde antes de que el calor de las balas hiciera en ella sus círculos concéntricos. El cadáver de Carmen, el cadáver de los suicidas, empieza antes: “Nadie es víctima, pero digamos que el móvil, el dedo que tiró del gatillo en aquel suicidio, fue el abandono”.
El cadáver de Carmen era también Carmen viva.



Se dice que en el medioevo la vida era tan corta, que los hombres creían que el mundo era un limbo transitorio que no valía la pena vivir, y se mantenían, más estoicos por temor que por supervivencia, brevemente vivos hasta abrazar la realidad que se prometían, venía con la muerte. 
Pero para nosotros la esperanza de vida, es otra cosa. La cercanía con la muerte nos define, unos hombres cierran las salidas de los puentes, cercan los lugares altos, pero los otros hombres, los de instinto invertido, van a la muerte desde cualquier lugar del mundo y, ante la necesidad, en cualquier circunstancia.

El suicidio es desde el ángulo existencial, “un símbolo de destrucción del mundo, puesto que la doctrina que carga todo el valor de la realidad en el ámbito de una existencia identifica con ella –la totalidad-“, retoma Cirlot en su Diccionario de símbolos. En Ensayos malogrados, los fragmentos escritos en otros idiomas, la mención de altitudes propicias para la caída, de distintos países, descubren la cicatriz universal que es darse muerte.
“El hombre es un insecto pertinaz que insiste en las comunidades, pero en el interior, herida, se tiene sólo a sí mismo. Cuando tocas esa cicatriz, el animal repara. Alimaña, bestia alazana que va sangrando y agrede, no por venganza, sino por un dictado que no puede controlar” dice Tarrab.

Distintos espacios y distintos suicidas: una mujer, caballos, búfalos, son la casta de inmolados que nos hace mirar Tarrab, como una muestra de que suicidas podríamos ser todos. Son ensayos malogrados, porque, así como el lenguaje en Altazor se descompone hasta ser ilógico para demostrar un mundo metafísico y los límites de lo expresivo y lo verdaderamente real, así Tarrab abandona la difícil racionalización del acto de darse muerte. El ensayo deviene poesía, poesía visual, imagen pura. 

El libro de Tarrab está construido con imágenes que conversan desde la distancia: una ciudad abundante en calles, Un niño que sube de la mano de sus padres como hacia el patíbulo que es volverse consciente del propio estado inperenne, un niño que sube de la mano de sus padres (puro y de verdad puro, todavía, porque pureza puede ser el desconocimiento de la muerte), la escalera que sube hacia el lugar del suicidio, la escalera Penrose que es ilusoria e infinita, una escalera en loop, el Canon Cancrizans de Bach, la cinta de Moebius.

Tarrab nos dice que somos mortales y en nosotros araña desde siempre la muerte. Este libro no es una proclamación contra la muerte, esto es la negra leche del amanecer que Carmen bebía antes de dispararse a la cabeza o al corazón.
 Un hombre bebe un café malo y contesta el teléfono. Al teléfono está la madre y sentencia como amenaza: “El suicidio es hereditario”.
Es el libro en el que alguien proclama que ante todo escoge el fuego.



Alejandro indaga en el corazón de lo que ha muerto, que es el propio corazón, porque en él se revuelve la misma sangre y tal vez el mismo plomo de una bala pasada, una bala iniciática, el miedo resultante, el temor al bucle y a la repetición. “Se muere no a causa de una regla invariable (igual que todos), sino eterna y milagrosamente ante el peligro de no morir o de morir como otro: que me antecede, P que me sucederá en el tiempo.” Dice Tarrab.

En el canto decimotercero del Infierno de La divina Comedia, Dante relata nos conduce al séptimo círculo, donde se encuentran los violentos contra sí mismos. Ahí está el bosque de los suicidas, un áspero paraje a donde caen las almas de los condenados y encarnan en árboles que hieren todos aquellos  que pasan:
 "¿Porqué me quiebras?" "¿Porqué desgarras? / ¿No tiene tu espíritu piedad alguna? / Hombres fuimos y ahora nos han hecho plantas" (vv. 35-37)
 Los suicidas han renunciado a su calidad humana y Dios ha decidido rebajarlos a esa triste flora que señala su antagonismo con la naturaleza.  lo muerto en el libro de Tarrab, no es aquí siquiera esa vegetación llorosa, es algo que “empieza a ser reconocido y requerido por colonias y nubes de plagas a la distancia”, aquí un cuerpo se termina y no hay posibilidad de nuevo inicio, la trascendencia del cuerpo radica en la herencia, en el influjo de cada decisión tomada para la vida y por eso, dice Alejandro: El suicida es, pues, un forjador, un suplantador que escribe con su cuerpo, con el acto último de su cuerpo, de su pensamiento, y finalmente, con su ausencia, algo tremendamente enérgico a favor de la vida”. 



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Alejandro Tarrab


E
l suicida no es bienvenido en el espacio de lo sagrado. Su cuerpo no debe, bajo ningún motivo, descansar. Su alma no debe liberarse. Habrá que arrancarle la mano a ese cadáver, cercenarlo, arrancarle la mano con la que dio el último lance. En la Grecia antigua se hacía esto y la extremidad se enterraba aparte. Lejos.

El cadáver del suicida es un despojo, no debe sacarse por la puerta delantera, habrá que defenestrarlo, trasladarlo boca abajo para que su alma no ascienda y se ahogue. Para ello, se le pueden sacar también los ojos y rellenarle las cavidades con paño oscuro. Mutilar el cuerpo, castigarlo, arrancar la cabeza que formuló ese atentado. Mutilar también el alma, en caso de que haya un alma, de que en este cuerpo-despojo quede algún vestigio de aliento.

El suicida no debe derramar sangre, lo dicta el libro de los Salmos. Si así lo hiciera, la tierra, el polvo adamah, se tornará en un páramo, en un yermo infecundo. Ante una tierra así, mancillada por la violencia, los viajeros perderán la orientación, perderán el sentido.

El cuerpo informe de este abyecto, violento contra sí, deberá abandonarse en un cruce de caminos para desorientar a su espíritu. Sobre su cabeza se colocará una roca de gran peso. Mi deseo es que no regrese. Otra alternativa apunta hacia un estercolero o muladar distante, en cuyo caso el cuerpo deberá arrojarse con los ojos hacia el suelo, siguiendo la unión e intersección de los elementos comunes (teoría de conjuntos): fimus et fimus.

Los suicidas no tienen nombre, lo dictó Luis XIV y se confirmó durante años, ad perpetuam rei memoriam, los suicidas no tienen tierra ni familia, mueren intestados, no tienen bienes, no tienen rostro, no tienen lengua ni designio, jamás los tuvieron. Sus familiares, al menos por tres generaciones, serán castigados, vejados. Deberán olvidarlo todo.

Los habitantes del lugar en donde alguna vez vivió este proscrito deberán ver y escarmentar. Para ello se les mostrará en la plaza pública la cabeza del suicida ensartada en un garfio, el suicida colgado de cabeza, el suicida ahorcado reiteradamente: colgar al insano que abrió con fuego su cabeza, colgar al ahogado, al loco, al hinchado por veneno o por agua, colgar al enajenado, al despeñado, penderlo, colgar al ahorcado una y otra vez con saña, tirar de esa cuerda.

Niños y ancianos, todos, deberán humillar este cuerpo suspendido y olvidar continuamente su nombre. Sobre todo eso, relegar su nombre el mismo número de veces que cuelgan su cuerpo. El muerto no es suyo. Que no permanezca, mi deseo es que no regrese, que no trascienda.

El suicida no es bienvenido en el espacio de lo humano, el suicida es un malogrado. Fimus ad perpetuam. El suicida no es ni deberá nunca, bajo ningún motivo dictado por lo humano o por alguna/cierta fuerza desconocida, oscura o celeste, real o imaginaria, ser.











En suma, se pide al individuo que sea lo que fisiológicamente no es:

—Sé este algo.

No debe extrañarnos que la acción que el educador ejerce sobre la juventud produzca
gran cantidad de hipócritas y algunos rebeldes.