JUAN SALZANO CONVERSA CON ANA CLAUDIA DIAZ















(Juan Salzano con la máscara del "Pájaro eléctrico" 
hecha por Julio Benavidez -la foto en su laboratorio, 
y fue tomada por Julia Zárate)






ESTE AÑO SALE UN NUEVO POEMARIO DE JUAN SALZANO: "HIPERCOLIBRI", Y ADELANTANDONOS A ESO, Y CON LA INTENCIÓN DE PRESENTARLO, LO ENTREVISTAMOS:



- Contanos como fue la experiencia de escritura de este libro, ¿Cuando lo empezaste a escribir? ¿Cuanto tiempo te llevo?

-“Hipercolibrí” es un libro que empezó a germinar en 2013, luego de finiquitar el anterior, “Ameba maga”. Venía de unas recientes zambullidas lectoras en un conjunto de “poemas”, si es que les calza esa rúbrica –quizá sea mejor decir “cantos” o “invocaciones”–, de aborígenes americanos, reunidos en un libro (una vieja edición de la editorial Leviatán) llamado: “Colibríes encendidos”, y ahí empezó, vía el contagio, a forjarse algo así como una aleación -un mutante- entre ese paisaje vibratorio y ciertas cosas que venía escribiendo (aclaro que el “Hiper..” no es un libro “folklórico”, en su sentido tradicionalista, sino, como se dice ahí: “mescolanzas / de rubores desfolklorados”). Pero no fue sino hasta que encontré el “Canto del colibrí” de los Chiripá del Paraguay, y su estribillo: “¡Colibrí, lanza relámpagos!”, que de pronto todo cobró consistencia[1]. En el libro eso se convirtió, más o menos rápidamente, en el verso con el que comienzan todos los poemas: “¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!” (el “hipercolibrí” ya aparecía en un verso de “Ameba maga”[2]), que invoca una especie de colibrí del hiperespacio (y, de hecho, no puedo concebir que un colibrí, en función de su velocidad, no viva en una especie de interzona entre el espacio ordinario y cierto hiperespacio que se arremolina en ese aleteo –el functor-colibrí como la vehiculización de toda entrada en esa puerta giratoria entre los mundos). Al año siguiente se publicó la primera edición de “Ameba maga” en México –por 2.0.1.3. editorial, a cargo de Yaxkin Melchy y Andrés González– y estos me invitaron al Festival Subterráneo “Los lenguajes alienígenas” para, entre otras cosas, presentarlo. Terminamos en una especie de road trip: varios poetas, músicos, etc., metidos en una camioneta o Nave paria, viajando desde Ciudad de México hasta Laguna de Bacalar (en Quintana Roo), con escalas en algunas metakosmias mayas como Calakmul, cerca de la frontera con Guatemala. Y ahí se abrió, digamos, otro hiperespacio: eso ya no era un festival, era una cofradía de saltimbanquis a la intemperie, donde un hilo invisible se tejía entre los zarahuatos (monos araña o monos aulladores), las piedras sagradas de Kukulkán, la boca-umbral de Itzamná, los velociraptores mayas o ninjas (según irrumpiera la psico-delicia del día) y nosotros que andábamos ya a pura performance sin público, abriendo, modestamente y sin pensarlo mucho, mundos dentro de mundos (o al menos eso acontecía para nosotros). En esas coordenadas de irradiaciones arranqué el largo poema: “Canto del Hipercolibrí”, en el cual todos esos fragmentos comenzaron a bascular hacia su imán-entonación, hacia su respiración continua. Dicho poema se convirtió en la segunda parte del libro, de modo que éste acabó teniendo dos partes: 1. Satélites / Relámpagos, y 2. Canto del Hipercolibrí. Finalmente, lo terminé en Bs. As. entre fines del 2015 (cuando se publicaron la edición argentina de “Ameba maga”, por la ed. Hekht, y la edición mexicana de “¡Afrodictum!”, por la ed. Literal) y mediados del 2016, período en el que se sumaron dos pinturas de César Vallejos y un postfacio de Khatarnak y Khabandar, junto a la propuesta de las ranas celestes de la editorial Hekht de publicarlo este año. Acá estamos, entonces.      





-¿Cuál es la diferencia, si la hay, entre tus libros anteriores y este?

-La diferencia está en las maneras, los tonos, etc., pero siempre hay una continuidad de espíritu (un cierto imperativo de aventura) que los conecta a todos. Quizá podría decirse que es bastante diferente, en cuanto a la “forma”, a mis dos primeros libros, “Muletología” y “¡Afrodictum!” -los cuales se despachan bajo el manto apariencial de la prosa- y  más cercano, en eso, a “Ameba maga”, aunque haya elementos nuevos: por ejemplo (¡ejem! ¡plop!) cierto tufo “narrativo”, aunque más al estilo de una narración sin estructura ni Cotidiano ni personajes, una historia espiralada que tiende a un punto misterioso, que se va desasiendo y deshaciendo. Más que relatos, son como intervalos de mundo, percepciones y afectos corridos de eje, postales que son señales que son portales. Si “Hipercolibrí” está más cerca de “Ameba…” es, quizá, porque de algún modo (y además de que está en “verso”) explora esos mismos “hiperespacios” (cuánta insistencia con esto, ¿no?) entre los cuerpos y el espacio ordinario, aunque en el caso del “Hiper…” me apoyo menos en el relieve de lo informe –el protoplasma directo (como sucedía en muchos momentos de “Ameba…”: la pasta blanda)- que en cierto espacio “figurativo”, digamos, para de ahí ir metiendo el pie en el barro.  





-¿Hay un tema recurrente en los poemas, trata sobre alguna temática en particular? ¿Tiene una intención política? ¿Tiene una intención? ¿Cuál?

- No es que los poemas “traten” de algo, no creo en los temas. Sin duda hay algunas obsesiones (o imanes), pero son menos discursivas (=mentales o temáticas) que sensibles (=eléctricas, atmosfeéricas). Y de algún modo todas se concentran en la apertura de ese “hiper” o “trans” que atraviesa todo “espacio” (y dale…), llegar a ese punto en el que ya no quepa distinguir entre interior y exterior, entre arriba y abajo, etc., aunque sin reduccionismos ni achatamientos, sin eliminar las cosas: el hiperespacio del que hablo es algo que se transparenta “en” las cosas: y es tremendamente vivo, palpable y dinámico, para nada uniforme. Es bien singular, al igual que diverso y concreto, cada vez que uno se lo cruza. En cuanto a la “intención” (en especial la “política”, sobre la cual la policía del sentido siempre vigila), no la hay como tal (no hay nada menos demostrable en un texto que una “intención”). Por empezar, la intención o premeditación obtura la meditación activa a la hora de escribir, ese instante en el que metemos el cuerpo en el trance que es el poema, y se escucha lo que el texto nos sopla (que más que texto es, como dije, lo que se adhiere a él como atmósfera, vinculada a la electricidad de lo que nos “toca”), el rumor pneumático que ahí asoma y que es recomendable seguir. Porque, además, uno descubre el texto en su escritura, no antes (no se transcribe algo previo –salvo que se lo haga en éxtasis, como decía Lezama-, sino que se “hace” algo que “nace” ahí, aunque de un modo u otro se vincule epidérmica y vitalmente con lo extra-textual que nos arrastra). En ese sentido, habría que decir: no hay una intención política externa que le sirva de guía al texto (un programa, un “deber-ser”), y no porque el texto sea un universo en sí mismo desligado del mundo, sino porque existen transpolíticas inherentes a un gran entramado o polímero indefinido que mezcla sin solución de continuidad al texto, a la percepción, a la experiencia, etc.; transpolíticas que no son premeditadas ni vienen de lugares específicos, localizables (como si fuesen trincheras a defender), sino que consisten, más bien, en efectos que provienen del modo en que uno atraviesa el mundo: efectos de deslocalización o inespecificación de cualquier región dada (sea social, textual, mental, corporal, etc.), la desmentida nebular de todo encorsetamiento o fijación categorial de la experiencia multidimensional. Una “ingeniería de lo imprevisto” (por rendir un homenaje a nuestro más reciente suicidado por el socius: Mark Fisher). No se me escapa, claro, que esta operación de desmentida tampoco debería convertirse en otro manual. De hecho, la desmentida es un efecto secundario que proviene a su vez del estar atento a las floraciones inéditas para así poder darles el relieve que piden. Se trata, entonces, más bien de una disposición sensible al elemento alógeno en las cosas, de la apertura a lo irreconocible (o parcialmente reconocible) que se absorbe por el pico del colibrí. Si hay algo que me trina en el mundo, es la realidad positiva e irreductible de la dimensión del “casi/cuasi”, que no puede ser categorizada ni, en consecuencia, mercantilizada.





- El texto tiene un estribillo que se repite constantemente “hipercolibrí, lanza relámpagos!”, ¿Cuál es la función de ese verso? ¿Es un mantra? ¿Una invocación? ¿Un eco?

- Es algo así como un mantra, sí. Aunque está más cerca de una invocación a esa lengua del relámpago en la que se expresa todo mensajero divino, sea el Colibrí, Hermes o la abubilla de Salomón. La repetición genera una “nota continua” (irrupciones de un motorik al modo de Neu!) que recorre todos los poemas y que, por su misma repetición y al cabo de algunos poemas (me consta), deja de ser leído o escuchado para ser incorporado sutilmente, como clima o tintura que –si hay milagro- envuelve todo lo que viene después en una especie de hechizo (exageremos el hachazo, sí).





- ¿Los poemas están construidos como cantos? ¿O cómo están construidos los textos, en cuanto a si hay un sistema oculto que los ordena..?

 - De un modo u otro, todo es canto; hasta la piedra canta, como decían Bustriazo Ortiz (“Elegías de la piedra que canta”) y los neoplatónicos. Estos últimos insistían en que todo canta o reza o mantra la gloria del Hen Panta (Uno-Todo), como la oración del heliotropo según Proclo, que por medio de su tropismo canta la potencia de su fuente lumínica; ese movimiento hacia su fuente solar (o lunar, para el selenotropo) es su propia manera de orar: el milagro de la oración vegetal. En cuanto a si hay o no un sistema oculto que ordene los textos, hay varios, sin duda, toda una panícula, pero esa aventura se la dejo al hipercolibriante lector.





Cuáles son las cosas que hacen que te detengas en el lenguaje? ¿Cuáles las que te hacen reparar en una palabra, un sonido, una forma de decir y no otra?

 - Lo que me hace reparar en ciertas palabras o sonidos, etc., es cierta cualidad de “señal” que aparece en algunas combinaciones y que desprenden, como ya dije, algo así como un perfume de otros mundos en éste, como en transparencia, y que a su vez resuena con esos momentos en los que la experiencia misma de esos intermundos se vuelve palpable, concreta: irrupción translúcida del Planeta Zumbido que nos convoca. Planeta que no le habla a la interpretación o reconstrucción cerebro-racional, sino a todos aquellos cerebros-hebras, cerebros-ubres, de los que quizá seamos capaces.





- ¿Cómo juega lo “experimental” dentro de tu escritura?

- Lo “experimental” no juega ni como recurso ni como procedimiento. La experimentación, podría decir Reynaldo Jiménez, es la inmersión en la “indefensión”. Implica, como ya dije, deponer toda premeditación, incluso y sobre todo la que supondría la transgresión de reglas cualesquiera. ¡Como si la experimentación pudiese izar una especie de regla de la contra-regla, una nueva modelización de la conducta (el “discurso del método” del experimentador)! Eso da bastante risa (y lamentablemente pasa en la música, en la pintura, etc.: cuando la experimentación se convierte en un “género” con sus reglas a repetir, otro recurso: el Transgresor). Por supuesto y por suerte, no se trata de eso. Experimentar, para mí, es abrirse al modesto escalofrío que nos pone en suspensión (en suspenso o flotación) -como signo de lo posible- respecto de las garantías o los calendarios. Es suspender los “antes y después de…” / “esto es viejo, esto es nuevo” / “esto es tal o cual estilo” (por el contrario, ojalá pudiéramos ser “primitivos, mágicos y modernos”, como dice Santos López). Y, al menos en mi caso, si no es, desde el vamos, una cuestión perceptiva, experiencial (sea en, antes, sobre, dentro, cabe, bajo, con… el texto), entonces no es nada.  





- ¿Hay influencia de otros autores en este libro?

- Siempre hay influjos, irradiaciones. Todo lo que leo mientras escribo entra por algún lado, sin duda. Y no sólo poesía. Entra todo. Si hay alguna irradiación específica en este libro en particular, no sabría precisarlo. Quizá, en este caso, el viaje a México, todo lo que leí, escuché y experimenté allá, junto a la lectura, como ya mencioné, de los cantos de aborígenes americanos, forman la atmósfera que me rodeó mientras lo escribía.





- Cómo fue tu primer acercamiento a la poesía? ¿Cuando empezaste a escribir?

- Creo que fue gracias a los primeros textos de aventuras que leí de chico, por ejemplo las novelas de Emilio Salgari, como “El Corsario Negro” o las que tienen de protagonista a Sandokán, “el tigre de Malasia”. Fue ahí, en esas narraciones de piratas, exploradores, adoradores de Kali, etc., donde encontré el “percepto” poético (los mares, las selvas, las islas como horizontes desconocidos) y la “aventura” como imperativo fundamental de la poesía (eso sin duda se correspondía con la curiosidad y las ganas de explorar que uno tenía a esa edad –y que ojalá sigamos teniendo). Recién mucho después empecé a leer poesía. En cuanto a la escritura, fue en la adolescencia a través de una gran amiga (que lamentablemente ya no está con nosotros) que escribía, y que me instaba a escribir.





- Cómo ves la poesía de hoy en día? ¿Y en Argentina?

- Es difícil contestar esta pregunta ya que implicaría dar un panorama general y uniforme de algo que no es uniforme, o categorizar lo que realmente es incategorizable. Pero me limitaría a decir que en ciertos textos veo un cierre de la percepción y del espectro afectivo, lo que a su vez repercute en el hecho de que esos textos se privan de explorar las potencialidades del lenguaje (más allá de su uso cotidiano), las cuales podrían sintonizar otros andariveles de la experiencia. Veo cierta inflación de ese supuesto Cotidiano (las relaciones familiares, sociales, humanas, los sentimientos reconocibles, las referencias culturales o populares, el “gag” para la platea, todo el espectro de la identificación…). A mí no me interesa “identificarme” con lo que leo; por el contrario, deseo la aventura, el viaje. Aunque sea de/en la sensibilidad: lo que se dice, el trip –no importa si brusco o modesto, si pletórico o minimalista. Y esto es cosa mía, obviamente. El enthousiasmos, ¿no? Pero como me recuerda siempre el poeta Nakh ab Ra, “la vida cotidiana no existe” (Edgar Bailey a través de su Dr. Pi), o, mejor dicho (aunque nadie lo diga mejor que el Dr. Pi): lo cotidiano no es algo que se pueda regular a partir de una Medida universal, hecha de un supuesto mundo compartido (el consenso, una vez más), por lo que hay infinitos cotidianos. En todo cotidiano, incluso, hay siempre un cotiledón de extrañeza. Y sin duda, y por suerte, hay muchos y muchas poetas (de acá y de otros países) que insisten en darles relieve a esos otros cotidianos, en desenrollar esos cotiledones que no tienen prensa.   





-Autores que quieras recomendar a los lectores, que sean fundamentales para vos?

- Y… A ver… ¿Fun-da-men-tales para mí? Bueno, me agarro de esa palabra, porque de lo contrario la lista podría ser inmensa (de todas las épocas, países, etc.). Pero si resalto esa palabra, entonces está mi propio Saloon de la Flama del R N´R (los que me conocen ya lo anticipan): Reynaldo Jiménez, Nakh ab Ra, Roberto Echavarren. Es una tríada que me resulta fundamental desde siempre. Fueron (y siguen siendo, obviamente[3]) mis influjos más fuertes –y por suerte (y esto va para el posible escéptico), yo ya los leía y admiraba mucho antes de que se convirtieran en amigos y aliados míos-, más allá, claro, de la constelación de autores clásicos con la que uno se formó (desde Perlongher, Lezama, Viel Temperley, Madariaga –se acaba de publicar, por fin, su Obra Completa- y Saint-John Perse, hasta, por ejemplo, el poeta místico sufí: Farid Uddin Attar), y en la cual me encantaría enfatizar y visibilizar a Juan Carlos Bustriazo Ortiz, un poeta alucinante de La Pampa, ya fallecido, a cuya obra (la mayoría inédita) creo que no se le presta la suficiente atención (y que no sé si se la conoce mucho fuera de la Argentina; de hecho, incluso se la conoce poco dentro de ella –pero para mí es fundamental). Y sin duda, algunos libros muy originales de Romina Freschi como “Estremezcales” o “Todas cuerdas”, por ejemplo, que también han resultado fundamentales en muchas zonas de mi poesía[4]. “Luna Park”, de Patricia Jawerbaum, siempre me pareció un gran libro. Al igual que, como dije antes respecto de la escritura del “Hiper…”, las obras de, entre otros alienígenas de la fronda, Yaxkin Melchy (México), Andrés González (Chile) y Sandino Bucio Dovalí (México), quienes escriben en un tono muy difícil de hallar por estas latitudes australes.


P.D.: Ya que estamos, hay algunos libros notables –porque no se parecen a otros, y eso es lo que más me interesa: la singularidad- de poesía publicados en los últimos años en el Río de la Plata que también recomendaría leer (y son los que tengo más frescos en la memoria) como “La discrepancia”, de Caro García Vautier (con un bello postfacio de Celeste Diéguez, cuya escritura, en especial esos poemas largos, continuos, eléctricos y sin puntuación que pueden hallarse en la web, también recomiendo); “Una cartografía de la insolación”, de Ana Claudia Díaz; “Made in China”, de Martín Barea Mattos; “La cuestión del pellejo”, de Mónica Rosenblum; “Taurolabia”, de Lucía Delbene; “El gaucho celeste”, de Mariano Massone; “Antro”, de Juana Roggero; “Canódromo”, de Bárbara Belloc; “Paseante y huésped”, de Liliana Ponce; “La cautiva, alucina”, de Silvina Mercadal; y el volumen “Invocaciones. Cuatro poetas en la voz del mito”, de Solinas, Arancet Ruda, Melchiorre y Freschi. De contrabando, recomiendo las novelas de Blanca Lema: también poetizan en alta frecuencia. Y la de Lucio Arrillaga, “El porno de las moscas”. Y los libros de Alejandro Calabrese. Ah, y attenti, también, a los textiles de Corina Maruzza y Águeda Pereyra (sus plaquettes ya empiezan a cabalgar la estela). Ah ah, y por último, andamos curiosos –debido a algunos espionajes dispersos– acerca del libro “devociones”, de Alan Ojeda, que al parecer ya está por salir.       






"Hipercolibrí" 


1


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Despedazar ancestros quizá sea
nuestro secreto oficio involuntario.
Mezclarlos y licuarlos sin querer
hasta que no quede sino un caldo
que ya no imponga nostalgia y así
en el cenit de una noche ni antigua
ni moderna beberlo hasta saciarse
y pasar como si todo como si nada
elegantemente a otra cosa.


9


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Los manteles extendidos:
sobremesa de los mundos.
Los altares encendidos
sobre el lomo de la tierra.

Todo altar es cuásar. Todo esto es
cuasi azar.

Todo aquello se alza vivo
para el paria de la estepa. El que ingiere
los luceros: remolinos de la pasta

luminosa del cocuyo. Cada hoja es nuestra hostia,
nuestro cero, en la misa natural.


(al PolaK Szurman)


15


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Caen lagartijas desde los balcones
–incrustaciones joyescas en las ruinas de piedra–
como hachas diminutas y acolchonadas
sobre el cuello metálico de las liebres
que pululan libres por las noches
cuando nos levantamos a sorber
el líquido sacramental de la luna.  

Estos también son ritos cotidianos
que no tienen prensa.


16


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Casi un tónico –un vapor– es esta luna
que se acuesta oracular a los pies del
alacrán. Venimos desde lejos

a esta misa entre las piedras donde izamos
las dunas para el sueño, para el cacto

terminal: casi tacto de las mieles. Tengo un párpado
cerrado pero el cuore
bien abierto a las señales.



Canto del Hipercolibrí (fragmento)


“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Algo recorre estas pieles, velozmente, algo corre, arde, pero aéreo,
sí, hormigueante, sí, con la habilidad y el
frenesí, aún si con sigilo, de las clandestinas
–apenas entrevistas a través de las ramas– acrobacias
de los monos araña que en la tarde multiplican sus garfios.

¿Caminar, acercarse titubeantes? Sin duda, sin duda, mas:
¿normal? ¿monoaural? ¿o como arañas?

El desvío hiperlento de la velocidad, un aleteo
de colibrí en la retina que astillado
barquina hacia su espacio hiperceptivo, ¿nos adhiere
esa calma del rayo que el alcohol no lava?

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

¿Reptar minuciosamente
como arañas desarticuladas por aullidos
simiescos que agitan las copas
de los árboles? ¿Balar, sí, balar
desde el motín sutil de las vértebras
que el acrílico neuronal de sus chispazos
detona?

Algo recorre estas pieles y es escalofrío la señal de tu presencia
evanescente.

Escalar, ferales, este frío:
río que en la linfa de los bosques
recorre las ruinas de Gran Garra de Jaguar.

Un poco antes fue observar las pirámides
tatuadas en los carteles al costado de la ruta. Llevar
con nosotros al primer portador del hacha, y a las hordas
innacidas de la Gracia, tranquiliza, sí,
aunque rasguen con sus garras, adamados,
los asientos de esta Van que ya nos pierde.

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Grácil bólido empapado por las lluvias,
arrullado por las sísmicas quenas u ocarinas
que de punta enflechan, migas, nuestras calvas cerebrales.
Porque afuera se derriten los botines
del llanero solidario, y en sus suelas
nos miramos quietos hasta el llanto. ¿Ya no existo, ya no existe, nos parece,
ese aroma de caminos que a desiertos imantaba?

Cuántos nombres habremos de aceptar: tucusitos, quindes, chupamirtos,
hasta invocar en la garganta el bufido de este elfo: microchip de las abejas
que te instala en los zumbidos.

Bien arriba de tu cresta, en los escalones del lodo,
siglos ajenos superponen sus filminas,
y es infinita esta conversación de latidos entre los seres.

………………………………………………………………………………………………………………

(…)

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

A veces nos tumbamos en los líquenes o deseamos
ahogarnos en el turquesa de este mar. Por momentos, la crisálida
se nos pierde en amagues de apertura, pariciones
inconclusas. Y es entonces que dormir
en la intimidad de la materia nos convence:
tenemos partes que no son
nuestras. Miríadas del estribo indelicado
que nos iguana.

Ahora vas sintiendo
esas células arpistas que te estallan las junturas
mientras se oyen los eléctricos relinchos
de los amigos perdidos en la fronda.
Ponerse ese poncho de escamas
para escucharlos bien cerca del latido
nadando ahora como turba en el cenote. Este día
es perfecto en su multitudinaria
e inespecífica paz.

Cuando callamos, cada neurona
se nos corre hacia su frontera vertebral, una flauta
ígnea hecha de hojas y ramitas. Sonidos de aves
prehistóricas: éste es el canto salvaje que amamos.

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Yacer así
en los líquidos desiertos que nos recorren:
el eterno verano peninsular.
¿Cómo habríamos de temer al estigma
social, a los odios, si zambullidos en los piletones
del limo aboriginal
nano-libamos los antiguos dones,
contemporaneizamos lo originario: mescolanzas
de rubores desfolklorados?

Desde este limbo te llamamos, Colibrío: orinemos
al costado de la ruta bajo el ruidoso chubasco
como hicimos, despreocupados, aquella tarde de ranas.

En la humedad de estas bocas
que señalan el comienzo del mundo
meditamos hasta estar en más de un espacio
a la vez. Ser los dientes en la quijada
que al cerrarse nos madure hasta el ombligo
interminable del plumaje y su serpiente.

“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”

Salimos del templo por la noche
con el corazón ensortijado de galaxias.
Los cardos nos miran como lunas
ariscas a ras del suelo, un mapa
de lianas que se mueven lentas
en todas las direcciones. Abrazar
su movimiento hasta olvidarnos
del “Sr. Importante” que amenaza
detener el viaje con su lepra de yoes:

la autoridad del cotidiano en cada letra
desmentida por conatos germinales

de neanderthal.

…………………………………………………………………………………………..........





[1] "¿Algo tienes para comunicarnos, Colibrí?
¡Colibrí, lanza relámpagos!
Pues, ¿el néctar de tus flores te ha mareado acaso, Colibrí?
¡Colibrí, lanza relámpagos, lanza relámpagos!"

Canto del Colibrí
(canto chiripá en versión de León Cadogan, recopilador).

[2] “hipercolibrí del instante que corta
cada plano cada mapa con su aleteo de linde”.

[3] Sus últimos libros son excepcionales, irradiantes, estimulantes: “Informe”, “Nuca” y “Piezas del tonto”, de Jiménez; “Documentos de la Escuela Nocturna” y “ZOOR”, de Nakh; y “El Monte Nativo”, de Echavarren.
[4] Su reciente libro, “Eco del Parque”, es muy recomendable.







***
Juan Salzano (Buenos Aires, 1980).

Es poeta, perfórmata y Prof. de Filosofía (U.B.A.).
En poesía publicó: Muletología (Tsé-Tsé, Bs. As., 2006); ¡Afrodictum! (La propia cartonera, Montevideo, 2010 / Allox, Bs. As., 2011 / Literal, Ciudad de México, 2015); Ameba maga (2.0.1.3. editorial, Ciudad de México, 2014 / Hekht, Bs. As., 2015), e Hipercolibrí (Hekht, Bs. As., 2017).

Compiló y prologó: “Nosotros, los brujos. Apuntes de arte, poesía y brujería” (Santiago Arcos, Bs. As., 2008). Realizó la selección, traducción y prólogo de: “Deleuze y la brujería” (Las Cuarenta, Bs. As., 2009), con textos de Matt Lee y Mark Fisher; y la introducción, traducción y notas de: “Deleuze hermético. Filosofía y prueba espiritual” (Las Cuarenta, Bs. As., 2016), de Joshua Ramey.

Se han publicado ensayos y poemas suyos en los libros: Poemas completos de Néstor Perlongher (La flauta mágica, Bs. As., 2012 –Prólogo y edición: Roberto Echavarren), Indios del Espíritu. Muestra de Poesía del Cono Sur (La flauta mágica, Bs. As., 2013 –Prólogo y edición: Roberto Echavarren), Plebella. 25 números. Antología 2004-2012 (EUDEBA, Bs. As., 2013 –Prólogo y edición: Romina Freschi), Perfórmatas “X” Alógenos (Allox, Bs. As., 2013 –Edición: denaKmar naKhabra. Prólogo: Colegio de la Aventura Anterior).

Su ensayo “La experiencia nebular” ha sido traducido al inglés como “The Nebular Experience: Towards a politics of perception” y publicado en el libro: “Speculation, Heresy and Gnosis in Contemporary Philosophy of Religion: The Enigmatic Absolute” (Rowman & Littlefield, Londres, 2016), editado por los filósofos Joshua Ramey y Matthew Haar Farris.

Participó en los Festivales internacionales de poesía “Gusto Tuyo” (Uruguay, 2010), “Los lenguajes alienígenas” (México, 2014), “Poquita Fe” (Chile, 2014), “Letters Festival” (lectura proyectada en vivo desde Bs. As. hacia Atlanta, E.E.U.U., 2014), “Language is Alive: OOMPH! Press y Emory University” (video de lecto-performance proyectado en E.E.U.U., 2015) –traducido por Evan Leed en ambas ocasiones-, y "Mundial Poético de Montevideo" (Uruguay, 2016).

Conspira en la Estación Orbital Alógena (Escuela Cuaternaria Inter-Reinos, Casa Athanaton Soma y Colegio Esmeraldino), es miembro del grupo perfórmata “Frente Dionisíaco Pyra” y de la banda de krautdance-freakbeat-patalisergia: “Dr. Faustroll” (junto a Delio Leopardo, Diego Pérez Arango e Ignatz-B).









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