RAÚL QUINTO. TRES FRAGMENTOS DE HIJO




henrik knudsen




3.


No creo en las palabras y por eso no paro de hablar.

No creo en la literatura y por eso son los libros los que  me escriben a mí.

Una vez dije algo y el eco contradijo el mundo.

Una vez dije mundo y el mundo se hizo carne pequeña, propósito. Mi hijo.




5.


Reconozcamos que somos el azaroso resultado de un rompecabezas celular, un milagro en equilibrio precario. Un algo difícil. Un algo improbable, pero rotundo. Sabemos que primero hubo un espermatozoide, una mitad furiosa nadando hacia su otro yo en la oscuridad como si el principio y el fin de todo tuvieran un mismo horizonte. El óvulo. Su gravedad. La dialéctica  negra de la fusión, los cromosomas que se trenzan como en una escala por la que trepa el futuro. Y el pasado. Sabemos que aquello es un mapa del tiempo. El embrión contiene la especie: un túnel de luz animal, oscura y profunda como el sueño de las montañas. Contiene civilizaciones y etapas geológicas. Contiene un libro interminable al que le hemos arrancado las páginas en blanco para escribir esto.

Reconozcamos que primero hubo un espermatozoide y un óvulo y veintitrés pares de  cromosomas. Hubo serpientes y escaleras. La semántica de la semilla y su ambición de raíces y ramas, su tentación de suelo y cielo. Ahí estoy yo y están mis padres, y está la Tierra girando hace millones de años. Y en la mayor parte del camino no había palabras. Y por eso escribo: para no decir.




13.


La sangre es profunda, cae hacia dentro de sí misma. Como en una clepsidra que nunca acaba y cuyo agua cae hacia arriba. Esa profundidad tiene que ver con libros que se borran desde la última frase hasta la primera, y hojas de papel que regresan al árbol y a la semilla del árbol. Tiene que ver con el desnombramiento: esa profundidad genética avanza sangre adentro hasta donde se pierde mi apellido, y más allá de la posibilidad de una escritura. Más allá de la posibilidad de una casa. Mi sangre se pierde profunda en la noche de los cazadores maquillados con sangre de animal y pétalos de flores machacados con hueso. Más allá, en el instante breve en que unas pupilas hilvanan el aire entre su mirada y otra mirada oculta entre la maleza. Extinción adentro.  Las manos urdiendo las hojas secas, el metal y la piedra. Mi sangre se pierde en grandes migraciones y cielos redondos, en la profundidad de la memoria ósea del mundo.

Pero.

La memoria es un quiste del lenguaje.

La ciencia admite que la evolución es, sobre todo, un esfuerzo literario por rellenar los espacios en blanco entre evidencias mudas. La sangre es profunda y exacta, y cae cielo arriba. Cae hacia dentro de las palabras, donde las palabras no se pueden decir. La ciencia admite la inexactitud y opera desde el balbuceo.

Pero la sangre cae.

Mira el brillo de la piedra pulimentada quebrándose en toscas aristas. Observa cómo el toro supraorbital del cráneo avanza hundiendo la frente, como crece el pelo y la torpeza en la lengua y en las manos. Mira el fuego atado, cómo se desata, y cómo se teme. Esta es la sangre de mi hijo cayendo en la profundidad de sí misma. Mira cómo apoya los nudillos de las manos en el suelo para tomar impulso al caminar, cómo se sube a un árbol para braquiar de rama a rama  mientras la luz se filtra verde entre la espesura. Millones de soles atrás. En la profundidad de lo no dicho, hasta llegar a una célula en el agua y al misterio del día anterior.

La sangre de mi hijo es la refutación de la nada. La posibilidad de Dios y del lenguaje, que al fin y al cabo son lo mismo. Mi hijo nació cansado porque venía caminando desde el principio de los tiempos.