ANDRÉS PIÑEIRO. MARTÍN ADÁN, UNA INMORTALIDAD DESCONOCIDA





El escritor checo Milan Kundera, en un sugerente libro, La inmortalidad, indaga por la memoria de los hombres. En términos generales, esta radica en la memoria que conservan los hombres de otros hombres. Se trataría de una “gran inmortalidad” cuando conservamos la memoria de hombres que no conocimos directamente, por ejemplo, Platón, Dante, Goethe. Y se trataría de una “pequeña inmortalidad”, cuando guardamos recuerdos de personas que conocimos directamente, por ejemplo, amigos, familiares, maestros.
La pregunta que se formula Kundera, seguidamente –al margen de que se trate de una “gran o pequeña inmortalidad”- es qué es lo que conservan los hombres en la memoria de seres que ya no están con nosotros. Considera que en los últimos tiempos estamos conservando lo “inesencial”, lo superficial de las personas y no lo “esencial” o gravitante de ellas. Así, conservamos en nuestra memoria no la obra de Goethe sino su rechazo a Bettina; no la obra de Vallejo sino su exilio europeo. Ahora bien, la pregunta que deseamos formularnos, a raíz de la lectura de Kindera, es la memoria que conservamos del poeta peruano Martín Adán, seudónimo de Rafael de la Fuente Benavides (1908-1985).
Los primeros acercamientos a Martín Adán pasan por una memoria superficial. Lo primero que se evoca al mencionar su nombre es su bohemia, su homosexualidad, su recurrente internamiento en un manicomio local, sus frases lapidarias que amenizan las tertulias literarias en una Lima pacata, si pertenecía a una familia aristocrática o si escribía sus versos en las servilletas de los bares que frecuentaba.
Sin embargo, pocos saben –más allá de un grupo reducido de estudiosos- que su novela La casa de cartón (1928) fue escrita por un joven en edad escolar y que apareció con el prólogo de Luis Alberto Sánchez y el colofón de José Carlos Mariátegui, dos de los intelectuales más influyentes de principios del siglo XX. Pocos saben que su bohemia nos permitió conocer una de las obras poéticas más importantes escritas en lengua española: La rosa de la espinela, Travesía de extramares. Sonetos a Chopin, La mano desasida. Canto a Machu Picchu, Escrito a ciegas. Carta a Celia Paschero, Mi Darío, Diario de poeta. Pocos saben que gracias a su fugaz encuentro con el poeta beat Allen Ginsberg, cuando este visitaba Lima a principios de la década de 1960, pudo ver la luz ese profético poema de Ginsberg dedicado a Martín Adán, “Un viejo poeta en Perú”, aparecido en Sandwiches de realidad:
Beso tu gruesa mejilla (una vez más mañana
Bajo el estupefaciente reloj de Desaguaderos)
Antes de dirigirme hacia mi muerte en un accidente aéreo
En Norte América (hace mucho tiempo)
Y tú te diriges a tu ataque cardíaco sobre una calle
Indiferente de Sudamérica

Y que nuestro poeta, tal como se lo pidiera Ginsberg, escribiera sus “versos más sucios”, como vemos deslizarse por el Escrito a Ciegas. Carta a Celia Paschero:
Y no alcancé al furor de lo divino,
Ni a la simpatía de lo humano.
Lo soy y no lo siento ni así me siento.
Soy en el Día el Solitario
Y el absoluto en la Zoología si pienso,
O carnívoro feroz, si agarro.
¿Soy la Creatura o el Creador?
¿Soy la Materia o el Milagro?
¡Qué mía y qué ajena tu pregunta!...
¿Quién soy? ¿Lo sé yo acaso?
¡Pero no, el Otro no es!
¡Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo!

Doblemente significativo en Martín Adán que, hasta ese momento ha escrito sonetos barrocos, herméticos, y utilizado palabras con una marcada carga etimológica. Incluso podemos ver acá un cambio de actitud con respecto a una fuente presente en toda su poética, la tradición cristiana. A partir de Escrito a ciegas y La mano desasida –coincidente con su encuentro con el poeta de Aullidos- dejará su conformidad con el dogma cristiano para optar por una actitud de confrontación frente a dicho dogma.
Pocos saben que durante su primer internamiento en el hospital psiquiátrico Larco Herrera a finales de la década de 1930 Martín Adán escribió su tesis doctoral De lo barroco en el Perú, sustentada con éxito en la Universidad de San Marcos en 1938 y publicada treinta años después por la misma universidad con prólogo de Luis Alberto Sánchez, su maestro en el Colegio Alemán y en San Marcos. Destaca más por sus frases brillantes sobre autores peruanos de los siglos XVIII, XIX y XX –Miramontes, Melgar, Segura, Palma, Chocano, Eguren, entre otros-, que por una metodología rigurosa, como lo anuncia el propio Adán en su presentación ante el Jurado.

Pocos saben que lo “esencial” de su obra –y acaso de su vida- fue escrita en servilletas o envolturas de cigarrillos en las que el poeta volcó su locura más lúcida, su bohemia más intensa y su homosexualidad más lacerante: Martín Adán, una inmortalidad desconocida.