CUATRO POEMAS DE SANTIAGO RODAS QUINTERO. DOLCE STIL MOSTRO












Escribir

Como ese zorro
que cuando queda atrapado
se arranca su propia pata
para seguir con vida
así siento que escribo mis poemas.









Voy derecho

Voy derecho por la acera
y nadie me mueve,
me choco con los hombros
de gente que camina con bolsas en la mano
y nada, no importa, voy derecho,
tropiezo con vendedores de bluyines
con barrenderos, loteros minusválidos 
que me miran feo pero no me dicen nada
voy derecho, sin voltear a los lados ni atrás, sin trastabillar,
como en el video de The Verve.
Choco con dos colegiales
con un predicador
con un grupo de turistas
con dos monjas que se santiguan.
Paso el parque de las gordas de Botero
y me pitan los carros
el semáforo debe estar en verde para ellos
pero sigo sin afán, derecho
con la mirada fija dos metros delante de mis pies
me doy de frente con un vendedor de frutas que se disculpa,
joven alguna cosita más, me dice, pero
lo sobrepaso y no respondo.
Voy concentrado, en los pasos, en la cadencia
en seguir la línea del asfalto.
Camino recto como por encima de una regla
derecho, hasta que alguien me agarra de una mano
Y me dice que necesita ver mis papales
pero yo sigo de frente,
la mano insiste y me sujeta fuerte,
hasta hacerme parar
le digo que no tengo papeles
que eso es para la gente y yo de eso nada
sigo derecho, la mano me suelta y me permite seguir.
Voy derecho,
Recorro una cuadra por los bajos del metro
Y siento que varias manos me sujetan
dicen, muy alzado o qué
y me suben a un carro
me hacen preguntas a las que no tengo respuesta,
de alguna manera pienso que voy por buen camino,
el azar es un destino dice señornaranjo
insisten con los papeles
y me empiezan a dar golpes,
yo no respondo nada, yo voy derecho, nada más,
pues va tocar hacerle la vuelta, dicen
pero yo voy concentrado en el camino.
Ya no hay edificios, veo carboneros y samanes
me sueltan en una manga y me dicen
corra, pues
pero yo voy a mi paso, camino derecho, me concentro
en recuperar la cadencia de hace un rato,
escucho un disparo o una explosión y
la voz que insiste con más fuerza, corra pues maricón
pero yo, nada, sigo tranquilo
escucho otro disparo o explosión
pero yo voy de chorro, eso me pasa de largo, voy derecho
oigo que el carro se aleja y me deja tranquilo
me detengo un rato
me hacen falta fuerzas, pero ni así paro, voy derecho
llego a un río, tomo un poco de agua y sigo.
El agua empieza a subir por mis rodillas,
voy derecho, sin nada más que la mirada
puesta a dos metros de mis zapatos,
el agua, al principio deja ver mis pisadas, pero los pasos
revuelcan la arena y enturbian el agua.
Voy derecho, ya no veo nada
pero voy derecho
me concentro en los pasos
uno, dos, uno dos,
hasta lograr la cadencia
de hace un rato.
 




Nirvana
a Catalina Rodas

Conocí Nirvana a finales de los 90
me lo enseñó un primo
en un cassette que tenía canciones de
Soundgarden y de Pearl Jam

Luego puse un afiche de Kurt Cobain
en mi habitación,
dormía al lado de sus ojos azules.

Nunca entendí sus letras en inglés
pero me gustaban su voz y sus videos. 

Un día me enteré que se suicidó escuchando un disco de R.E.M.
Me gustó R.E.M.

A los amigos del barrio les gustaba tanto como a mí,
pensamos en Kurt como un héroe triste, un héroe no entendido,
compramos manillas, luego botones y camisas
después los discos. El In Utero, luego el Bleach.

Pedimos sacos y camisas viejas a tíos de los 60
dejamos de limpiar nuestros zapatos
creció nuestro pelo, conocimos más bandas de grunge.

Un día mi hermana dañó el afiche de mi habitación
y dejé que pasara.
Me hicieron cortar el pelo en el colegio
y dejé que pasara.
Conocí a una chica que le gustaba el pop
y dejé que pasara.

Pasaron varios años.

Hace poco me enteré
que están vendiendo la casa de Kurt
en 50.000 dólares
no sé si voy a dejarlo pasar.

En todo caso siempre guardo conmigo
un disco de R.E.M.
por si es necesario.






Los casianos

Reservo en la librería
uno de los libros de Fabián Casas,
el librero me dice que le llegaron 10
pero le parece conveniente que lo guardemos.

Sigo con mi vida sin problema
hasta que caigo en cuenta que
como yo, en esta ciudad hay otros posibles nueve lectores de Fabián Casas
y de pronto me pregunto por
cómo serán sus vidas y de qué vivirán, qué lugares frecuentarán. 

Una semana después voy a la librería
y pregunto por el libro que sigue intacto
igual que los otros nueve,
me decepciono un poco
pero entiendo que es sólo cuestión de tiempo
para que los libros sean comprados.

Leo, y en cada una de las páginas
imagino a los otros nueve pasando sus ojos por las mismas letras
sintiendo lo que yo, descubriendo
en los versos de Casas, esa manera suya de decir cosas como:
“Todo lo que se pudre forma una familia”.

Si existen clubes gigantescos
de borgianos, de foucaultianos,
incluso, aunque nadie lo crea, de hegelianos,
por qué no formar, aunque sea,
una pequeña logia de casianos
donde nos reunamos cada ocho días
y nos leamos y comentemos, unos a otros, la obra completa del autor.   

Luego de un tiempo voy a la librería
y pregunto, con curiosidad, por los libros de Fabián Casas,
me dicen que hay nueve,
pero que es mejor que reserve uno
porque nunca se sabe.
Compro dos y reservo uno más,
es para un regalo, digo
y en la librería me creen. 






Santiago Rodas Quintero. 1990, Medellín, Colombia.