MAURIZIO MEDO. LA RAZÓN DE “BACKSTAGE, 18 ENTREVISTAS ALREDEDOR DE LA POESÍA CONTEMPORÁNEA”








En determinado momento tuve la ingrata impresión de que, al menos una buena parte del reseñismo periodístico, empezó a contentarse con cumplir sólo con el número de caracteres requerido para la entrega semanal,  sin saber bien cuál era su propósito. Mientras, aquellos otros comentaristas que se precian de ser originales, o en todo caso polémicos, entraron al juego de la gendarmería eligiendo como “blanco” de sus comentarios determinadas obras y sólo a ciertos autores: aquellos que, desde su perspectiva, eran capaces de  generar una reacción, sea esta favorable o contraria, dentro de su lectoría, una que no existe, o que poseen las virtudes necesarias para poder valerse de ellos, manipularlos y fomentar una, muchas veces gratuita  polémica, desnaturalizando su rol subsidiario, motivados por el afán de convertirse en los protagonistas, como si sus reseñas –entidades parasitarias, al fin y al cabo- adquirieran una trascendencia mucho mayor de aquello que las originó, es decir los libros.

En la mayoría de los casos, hay excepciones, claro, el ego terminó por sepultar la razón de ser de gran parte de las reseñas, la cual, creo yo, existe si es que opera de un modo muy similar al sensor de un GPS. Conforme esto venía sucediendo, ciertos sectores empezaron a “sacralizar” las bondades de la crítica académica, pero sin considerar que, entre ésta y el lector, se alza una metalengua que, muchas veces,  la convierte en un bocado indigerible, al menos para quien, ocasionalmente, intenta a acceder a ella desde su realidad cotidiana.  El puente entre el creador y el lector terminó de romperse, o por la desnaturalización del inquilinato reseñístico, o por la críptica monserga de un academicismo acartonado. En tanto, todos los gatos fueron liebres. O viceversa.

Frente a este panorama fue que, sin proponérmelo, comencé a descubrir en las entrevistas un género con la suficiente capacidad como para presentarse ante el lector como un discurso mucho más genuino que esas reseñas y los tratados académicos;  uno en el cual resulta irrelevante si la verdad sale de boca de uno o de la boca del otro, entrevistador o entrevistado, y si ésta aparece lo hace como una construcción, una semejante a lo que se va forjando en una jam session, es decir, a través de un flujo de confluencias, generado incluso entre ciertas formas de pensar que, a priori, uno prejuzga como divergentes, y a veces hasta irreconciliables. Pero, y este es un valor agregado, las entrevistas no domestican la naturaleza del pensamiento, ni lo mediatizan con el fin de lograr un acuerdo, el cual, si se manifiesta, es sólo durante el transcurso del diálogo. No existen protocolos políticos.

Esa fue la razón por la cual sacándole el máximo provecho a la Internet, como también a los viajes que realicé durante el último lustro, me animé a conversar con algunos autores, desde mi punto de mi vista fundamentales, y quienes, a pesar de su enorme valía, parecen encontrarse, sino invisibilizados, reducidos o anatemizados, de acuerdo con la subjetividad de los “entendidos”. Ahora, en el caso de Backstage, es evidente, que la mayoría, sino todas las entrevistas, surgen desde la admiración, la empatía o la complicidad, y no porque se trate simplemente de “colegas” –un término muy relativo, y más si hablamos de escritores, donde esto no significa nada (la mayoría de veces el encuentro con mis pares me resulta, sino anodino, nefasto, y tanto que me hace dudar de haber elegido bien el oficio, mientras busco –a veces desesperadamente- la puerta de salida para escapar de la mayoría  de esos momentos)

En mi caso cada entrevista del Backstage surge sólo si hubo un regreso, incluso a través de esa puerta encontrada para perpetrar la fuga. Cada una surge como una emergencia luego de descubrir que, tal encuentro, dejó algo que que el olvido no pudo arrebatar. No como un autor obseso en continuar la cháchara con quienes sean afines a su discurso –con algunos de los escritores elegidos la amistad va de la mano con muy marcadas discrepancias- sino como un lector con el fervor necesario para atravesar la profundidad de una obra –la mayor parte de ellas consideradas como “difíciles”- y, luego, mostrar al lector quién está detrás de “tantas palabras” buscando humanizar el discurso y evitando, a toda costa, que los diálogos se constituyan en monólogos, tal como sucede debido a la disparidad de criterios entre el que pregunta y el otro que contesta.

No creo que
Backstage  sea un ejercicio periodístico, la sola posibilidad me aterra, si tuviera que definirlo pensaría en ejercicios de reflexión y diálogo, y más si consideramos que, en ellos, existe un esfuerzo afín al que se somete silenciosamente un buen traductor. Tampoco creo que estos espacios “expliquen” las obras, ellas se explican a sí mismas, esto no es un secreto. Sin embargo, el hecho de conocer “de cerca” a quien se oculta tras la escritura, quizá pueda constituir una nueva posibilidad para rehacer el puente,  sin mayor protagonismo que lo dicho por cada uno de los autores, sin ambages.

A viva voz.
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