VERÓNICA PÉREZ ARANGO. LA VIDA EN LOS TECHOS


















El cuidado de las cosas
Cuando volvimos de viaje
hubo que reconocer de nuevo
la vieja casa. La pileta de lona
era una laguna viscosa y quieta
con vida microscópica
brillando entre restos de hojas
y alas podridas de insectos.
Nadie podría sobrevivir en un medio así.
Mejor dicho: ningún hombre o mujer
por más optimista que sea.
Hay cosas que no necesitan cuidado
se transforman solas y alejadas
de cualquier mano laboriosa,
con la espesura del tiempo
o apenas el roce de la luz.
Esos días aprendimos a mirar
la efervescencia de la vida
y por primera vez no quisimos
cambiar nada de nada.







Balance del año
Querida amiga, se acerca fin de año
estás cansada para el festejo
pero lográs encender algo, la tristeza
debajo de tu voz plena y segura.
“Voy a separarme en enero”
me confiás a la vez
que dos lágrimas como puntitas de alfileres
caen sobre el mantel.
Estamos en un bar de la costanera
con el río atrás, olemos el agua turbia
que apenas se mueve.
Nuestros vasos de cerveza se pegotean
adentro de las manos. Sentís
que la balanza de diciembre se inclina
hacia el lugar más ciego.
“Todos estamos solos, siempre”.
Lo decís y yo en ese instante
más quiero permanecer con vos
comiendo pizza, imaginando
que el agua pierde su quietud amarronada.
¿Cuándo nos perdimos? ¿qué dejamos de lado?
¿cómo nos dimos cuenta de que verdaderamente
no hay compañía posible?
¿cuál creés que va a ser nuestro próximo faro?
¿hay una llegada? ¿Él ya no llega a vos?
¿y vos a él? ¿cuándo ocurrió? ¿crujió la madera?
¿hizo click el botón? ¿cuándo sonó
la alarma en tu cabeza? ¿hay un corazón
que no pueda arrasarse? ¿qué cuerda nos une?
Estiramos los hilos de pizza
como cuando éramos chicas tensábamos
los límites de un globo de chicle.
¿Cuánto podemos aguantar? ¿a qué velocidad
podés quebrarte vos? ¿y vos?
Mucho más tarde lloramos abrazadas
para humedecer nuestras pieles
calientes de verano.
El cielo era una cápsula divina.



  



Declaración de amor
No quiero verte entrar
al cuarto donde dormís
solo sin otros olores
que completen el tuyo
quiero un paisaje
de gestos en miniatura
parecidos a las marcas del agua
que quedan en los vidrios después de llover
no tu practicidad diaria
que todo lo puede
quiero volverme
vieja y fea a tu lado
no saber bien qué soy
entre mis pliegues de materia humana
quiero no resistirme
al trote de los caballos
que empujan adentro mío
al manojo
de llaves sonoras
de pájaros salvajes
haciendo nido en una fogata
invencible
a prueba de cualquier viento
cambiar de idioma
como si un barco equivocara el rumbo
viajando a favor de la corriente








Hernán
I.
En la foto
vos tenés cinco
yo siete y Hernán nueve.
Se ve que hemos crecido
demasiado rápido
la ropa nos queda chica
está descolorida
pero qué importa
si es verano y pasamos la tarde
arriba de los techos.
Nuestros pies se hunden
en el fuego de las tejas
que incineran el dolor
y la tristeza de los días.
Ahora en la casa de mamá y papá
las páginas del álbum familiar
nos oyen decir
que tenemos miedo del futuro
porque nuestro hermano
es como un bebé
gigante que babea
no sabe hablar
y hay que ayudarlo a vestirse.
Tampoco puede
viajar solo en colectivo
mucho menos
prepararse un plato de comida.
A veces a la noche
los dos soñamos
que Hernán charla y nos cuenta
que le gusta una chica
tomar coca
y hacer pogo
en los recitales de rock.








Padre
te moriste
padre
cuando los pájaros en la orilla lamieron tus dedos
y luego te sentaste en la arena
confundido por entender su idioma
te moriste
nadando de noche
río arriba en contra de todos
braceando drogado por la hiperventilación
y los músculos contraídos
te moriste al dar a luz
a tu primer hijo
al segundo
al tercero
y al cuarto
al parir
a tus hermanos tus padres tus amigos
al nacerte a vos mismo cuidándote de todo
abrigado a más no poder
con los cachetes como frutillas mordisqueadas
cuando abriste el libro sobre el pecho
y leíste entre líneas
lo que habías olvidado
te moriste
padre
al atravesar el barrio a pie
como quien traspasa la materia
y convierte el pan en oro
la rama en árbol
el pez en océano
te moriste todo el tiempo
a cada segundo
cada día de tu vida
a sol y a sombra
consciente de todo
cuando abriste la heladera
encendiste la estufa
y el cuarto cigarrillo
mientras comprabas leche
andabas en bici en patineta
caminabas por la ruta
desierta conversando
con los fantasmas
y el ripio se movía debajo de tus botas
para recordarte que nada está en calma
aunque haya silencio
te moriste al despertar
padre
una mañana cualquiera
todo estaba igual
los vidrios empañados
la ropa tirada al lado de la cama
deshecha
te moriste
cuando escuchabas esa música
que abre el dique que tenés en los ojos
para que salga toda el agua
entera
te moriste
en sueños y en la víspera
sin hacer preguntas
teniendo todas las respuestas
al ver que la luz de tu vela de cumpleaños
proyectaba en la pared una sombra
que no coincide
con el tamaño de tu cuerpo