DIEGO L. GARCÍA: LA VIDA DEL POEMA: ACERCA DE LA EXTRAÑA DAMA, DE JAVIER ROLDÁN



philip jacquot



La extraña dama (Alto Pogo, 2016) es un cruce de literatura y cine, pero también es algo más. Es una experimentación melodramática del sujeto poético, pero también algo más. Como dice el epígrafe, en palabras de Manuel Puig, “se le ve que algo raro tiene”. ¡Y qué bueno cuando encontramos esa extrañeza en una poética!

            Estoy frágil y expuesta
            en manos de un director
            que no sabe cómo hablarme

La voz de Scarlett, la heroína de Lo que el viento se llevó (confundida con la actriz que interpreta ese papel), desmantela la ilusión de la ficción cinematográfica pero ante todo (no olvidemos que se trata de un poema) la construcción literaria. El yo y el sujeto secundario que no “sabe cómo” hablar exponen el artificio: el poema pasa a ser un discurso a salvo de Verdades y ridículas poses de solmenidad.

Aquello que rompe la mentira del texto es, en este y otros poemas, el amor; “el viento prometido”, ese soplo de un algo más. Ese término vendría a dar cuerpo a una zona secreta del poemario, reservada para el lector despojado de prejuicios. En un poema en el que la madre se convierte en Alex, la protagonista de Flashdance, un verso dice: “el amor nunca es confiable”. ¿Pero qué amor? ¿El de las telenovelas llenas de convencionalismos o el de las telenovelas vividas? Quizá ambos compartan una triste finitud a la que Javier Roldán torna productiva: la materia de la cultura popular es abordada en primera instancia como una conexión confiable con lo vital. Esto no deviene en una escritura confesional sino en la incorporación de la vida a una categoría superior que podríamos llamar la-vida-del-poema. ¿De qué se trata esto? A contramano del sistema efectista de piezas que pondrían en acción una determinada “experiencia poética” (comillas=convención adormecedora), Roldán nos hace transitar el borde todavía latente del acto de escribir (ese texto vivo, candente, del que habla Barthes). Veamos:

            vos abuela que me diste el nombre y los libros
            y me diste el mate bien amargo y caliente
            y esta risa fuerte y sonora
            entre todos estos dones
            me diste nuestras tardes de telenovelas
            y ahora que soy un hombre sé
            que esa ceremonia
            en la que ambos comulgábamos
            es la parte más valiosa de tu herencia

            porque todavía imagino algunas noches que soy
            Gina Falcone
            y que soy una dama extraña y elegante
            pero que tiene algo raro en su mirada
            como una muchacha de pueblo que por ojos
            tiene fuego
            como una muchacha de pueblo atormentada
            por amor


El sujeto está imaginando la textualidad de su identidad, está escribiendo (o mejor, inscribiendo) su proyecto (la gestación de esa voz) en una zona dislocada: el don de las telenovelas es el que le permite leer/se fuera del entramado artificioso. El ser otro es la poesía misma, y viene a recordarnos el carácter poco confiable del suelo que creemos pisar. Tal como se titula uno de los poemas “La escena no se sostiene”. Entonces caemos en el desengaño de una realidad que nos ha prometido demasiado, en la trampa de un lenguaje que hasta ayer parecía adorarnos.
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