NÉRVINSON MACHADO / MARÍA AUXILIADORA ÁLVAREZ: LOS POETAS SON NAVEGANTES DE LAS AGUAS HELADAS.






Ochenta y tres kilómetros pueden ser suficientes para que la nostalgia te embargue. Es sólo cuestión de asomarse por la ventana del autobús y notar cómo el horizonte, casi en su totalidad plateado, con el sol ya casi a punto de desaparecer, deja ver algunos manchones verdes en la carretera. Pequeños oasis con los que me identifico. La hora y media que dura el trayecto de Monterrey a Saltillo es también un espacio de duda y, por qué no, de nerviosismo. Días antes la poeta argentina Mercedes Roffé me había puesto en contacto con María Auxiliadora Álvarez, aprovechando que vendría al encuentro Manuel Acuña y habíamos convenido una entrevista. Algo que me pareció de una gran responsabilidad, porque casi no hay entrevistas de ella en la red.


Viajaba con el libro doble Paréntesis del Estupor y Cuerpo (publicado por Mantis y la UANL). La idea inicial era releerlo en el trayecto por esa cercanía que siento con Cuerpo, con el que me declaro deudor. Pero no pasó mucho tiempo para darme cuenta que podía ser una enorme estupidez quedarme centrado en ese trabajo, sabiendo que María Auxiliadora tiene una obra prodigiosa y variada, no menos agitada que su propia vida que, al igual que yo, hemos deambulado de un país a otro. De alguna manera sabía que entrevistarla era verme también en un espejo atemporal.  


            Desde el inicio, su sonrisa me hizo entrar en confianza. Era la oportunidad no sólo de saber sobre su trabajo y su visión como artista plástica y ensayista, también era la forma para entender esa Venezuela ausente en mi memoria. Esa Venezuela plagada de poesía que en el último tiempo, por cuestiones política, ha llevado a muchos confundir poesía con panfletos. El país tiene un largo historial poético del que poco se sabe en el extranjero. Andrés Bello incursionó en la silva e hizo lo posible para que el continente mostrara su esplendor natural a través de sus letras. Ramos Sucre no se concentró en lo exuberante de la vegetación, sino del país en transición. Cadenas, por otro lado, por todo su historial político y siendo perseguido, aún nos deslumbra con su trabajo. María Auxiliadora, en cambio, le ha tocado ver la Venezuela que dejó de ser rural para convertirse en la gran urbe y sus consecuencias. También le toca ser testigo de las revueltas en el país, aunque nos toque verlo desde afuera, como exiliados que somos.


Era de esperarse que ella fuera una de las poetas que abriera el festival. Su lectura fue cautelosa, con la voz de quien lleva la experiencia en la pluma. Apenas terminó, nos constó un poco inicial el diálogo. Como pudimos, entre saludos y aprovechando el tiempo del convivio, inicié por el libro que llevaba en la mano.


N.M.: A los dos libros los separan, si más no recuerdo, 24 años en su creación. En Cuerpo, uno de tus libros iniciales, el lenguaje es mordaz y equiparas la figura médica con el poder. En Paréntesis del estupor, en cambio, el tono es reflexivo, pausado, pero la relación filial se mantiene como constante en los dos. Tienes más de 10 libros, me da curiosidad cómo ha sido ese proceso de cambio.


M.A.Á.: Nérvinson, yo siempre he escrito en cualquier país, en cualquier circunstancia, en cualquier época de mi vida. He escrito menos, he escrito más, pero nunca he dejado de hacerlo. Es un acto solitario. Es un monólogo constante. En realidad, no soy una persona muy expresiva en la vida real, en el día a día. Soy más bien una persona reservada y la poesía es mi forma de comunicarme, mi forma de responder a la interacción que recibo del mundo.  No respondo en el momento, respondo en la reflexión, en la soledad posterior. Así que de alguna manera, te digo, antes, incluso, de vivir en Venezuela, viví en Brasil muchos años y ya escribía en portugués.  Así que la historia del exilio, que ha sido mi vida, se puede decir, de nómada, ha estado siempre el hilo a tierra hacia la escritura. No el lugar, sino el silencio reflexivo en cualquier sitio que esté. Ahora, la experiencia de vivir en otra lengua me ha marcado profundamente. No sólo por la lengua que yo no emito, sino la que yo no escucho. Y esa falta de la lengua viva que te rodea, creo se ingresa también en mi escritura. Por época sale una poesía muy cerebral, que no es la poesía de la emoción, es la poesía del pensamiento, y creo que tiene que ver con esa modulación, con ese eco del interlocutor que ya no existe, que ya no tengo.


N.M.: ¿Entonces la figura de la familia es la Ítaca en tu trabajo?


M.A.Á.: Sí. La familia para mí es una presencia constante en la ausencia, porque ya mis hermanos viven cada quien en una ciudad distinta, un país distinto; mi padre murió, mi madre vive lejos, mis hijos se casaron (dos viven lejos). Hablando de la familia, una vez leí que los sueños y los intestinos están mezclados por siempre, no importa que estemos vivos o muertos. Es un hueso común.


N.M.: Al final de la década del ’70 y a principio del ’80 la poesía realizada en Venezuela tuvo grandes transformaciones. Hay una mayor presencia de la urbe y sus consecuencias; el boom petrolero y los viajes. También aparecen experimentos como el de actor y poeta Marco Antonio Ettegui, por citar uno de tantos casos. ¿Cómo te tocó ver esa época de la cual tú eres una figura clave para entenderla?

M.A.Á.: Los poetas que empezamos a publicar a finales de los ’70 e inicio de los ’80 tuvimos grandes maestros, que pienso fue un acto de generosidad.  Porque un poeta que ya tiene una vida y ya hay una obra hecha, usualmente se dedica a su propio trabajo. En cambio ellos nos acogieron en esos talleres del CELARG [Centro de Rómulo Gallegos] y se ocuparon de estas nuevas generaciones que veníamos atrás. Yo tenía en esa época 22 o 23. Creo que esa unión de lo que vino antes y los que estábamos repuntando en ese momento fue lo que produjo esa fortaleza, a mi modo de ver, que afuera de Venezuela se hablara de un gran momento. Dicen que Venezuela retomó su lugar en la poesía del mundo. Teníamos a Rafael Cadenas, Juan Sánchez Peláez, Ramón Palomares, Eugenio Montejo, Vicente Gerbasi, Pérez Perdomo. Estaban también Antonia Palacios, Ana Enriqueta Terán, Miyó Vestrini, Márgara Russotto. O sea, teníamos una fuerza que fue imbuida por la poesía de los ‘60, la poesía de los ‘70 y la poesía de los ‘80. Y eso fue como un efluvio que nos nutrió a nosotros. Y las nuevas voces, que en ese momento se les llamó así, en realidad era un proceso de función, un acto recíproco, entre los que vinieron antes que se ocuparon personalmente de esto. Yo tuve dos grandes maestros: Luis Alberto Crespo y Juan Sánchez Peláez. Directos. Pero te puedo decir que mi poeta favorito venezolano, puede que muero y vivo, es por Ramón Palomares; desde aquel entonces por su ternura no por su poesía política. A ésa, en ese momento, yo no pude acceder totalmente por el  peso de su contenido político o histórico. Pero su Polimnia, o sea, su poema del rio, de lo que come el río, su poema de la tierra, de la inmensa ternura, me conmovieron al máximo. Otros poetas te dieron la poesía de la inteligencia, otros te dieron la poesía de la imagen. Cada quien te dio algo. Me siento deudora de una tradición riquísima, profunda, intensa. Que sin ellos, sin esas voces, nosotros no hubiésemos tenido terreno para poner una semilla.

N.M: ¿Y actualmente le sigues lo pista a la poesía hecha Venezuela o la que están haciendo los poetas venezolanos en el extranjero?
M.A.Á.: Me gusta mucho la poesía de Belmonte, SebastiánVerlezza, de Requena.

N.M.: Leí en alguna ocasión que Norman Mailer dijo en un momento que “los grandes artistas –los de tiempos modernos, al menos– están siempre en oposición a su sociedad, y la aceptación, la integración, el conformismo, etc., han sido más favorables a la propaganda que al arte”. ¿Crees que éste es tu caso?

M.A.Á.: Separándome a mí de la pregunta, los grandes poetas han sido siempre en contracorrientes. Las grandes mentes funcionaron de manera individual, no se sistematizaron, no gerenciaron sus sentimientos, sus pensamientos.  No lo organizaron, sino que fueron independientes de las corrientes sociales, culturales, literarias, religiosas y políticas de su momento. Estoy pensando en San Juan de la Cruz, lo que es mucho pensar. Estoy pensando en lo más alto. Lo que a mí me ha conmovido y acompañado. Así que de alguna manera todo sistema, como decía Valente, José Ángel Valente, toda teoría se devora así mismo. Todo sistema se devora a sí mismo. El sistema no es ninguna fuente de alimentación ni sustento. El sistema es producto de intereses creados. Yo creo que el músico, el pintor, el artista, tiene un sentir que no siempre coincide con el sentir de su época y eso no es casualidad. Ezrand Pound dice que un poeta nace cada cien años, los demás son seguidores. Nosotros somos humildes navegantes. Los poetas son navegantes de las aguas heladas. Así que de alguna manera sí hay una ruptura entre lo que supuestamente es políticamente correcto en un momento dado y lo que un poeta, un pintor o un científico van a proponer. O sea, no funciona en ósmosis en determinado momento histórico. No tiene por qué.

N.M.: En cada libro te has reconstruido. Hay voces poética distinta en cada uno, aunque hay ciertas constantes. Hay cambios de tono, de contenido, lo que te da una riqueza que cuesta clasificar. Pero con todos estos años que llevas en el extranjero, me da curiosidad algo, ¿en tu caso podríamos hablar de una poética desterritorializada?

M.A.Á.: No sé cómo trabajarán todos los poetas. Me gustaría saber más de eso, saber los procesos de cada quien. Sí me he dado cuenta del trabajo, por ejemplo, crítico en el ensayo o en otros géneros, incluso, en la narrativa, que se puede hacer una planificación a partir de una idea, una constructiva, una visión, un deseo. Puedes marcar un punto en un mapa y decir estoy aquí y quiero ir para allá y quiero hacer esto. Pero yo creo que la poesía tiene más que ver con la vida. Y en mi caso, es una poesía de la experiencia. También del lenguaje. No de una experiencia del lenguaje. De la experiencia, del lenguaje y, tal vez, de la experiencia del lenguaje. Pero creo que se mueve por la noción vital de las distintas experiencias; justamente la no creencia en el territorio. Si creyera en los territorios tal vez nunca me hubiese movido de alguno, ¿no? Pero creo que el mapa no es el territorio y no funciono en esa conjunción, en esa coordenada, porque no me dice nada. Sí me funciona, por ejemplo, no con el espacio o con el tiempo, me funciona con la lengua, con la comunicación humana. Ahí sí siento la territorialidad psíquica y cultural. Ahí siento la historia, la historicidad que nos marca, que no nos diferencia.  A estas alturas, que se habla de globalización, que yo no creo en eso, honestamente le diría a alguien “abraza a tu abuela y nunca la suertes”, porque el mundo finalmente es ese cariño seguro y tuyo, ¿sabes?. Creo que es interesante moverse, pero hacerlo con retornos, no moverse sin putos de fuga, moverse sin pérdida. Que ese movimiento no se convierta en suma de restas. Creo que las riquezas son inferiores a las pérdidas.


N.M.: María Auxiliadora, también eres artista plástica, por lo que dos inquietudes encaminadas por la misma senda. La primera tiene que ver con tu relación con la plástica y la poesía, si mantienes una correspondencia entre ellas. La otra, aunque arriesgada de mi parte, tiene que ver con el futuro de la poesía, por lo menos escrita, ante un mundo dominado actualmente por lo visual y que vive en constante aceleramiento.    


M.A.Á.: Fíjate que pienso que el poema, el gran poema, el que todos aspiramos, pero que es tan difícil de lograr y admiramos cuando lo reconocemos, no importa quién lo escriba, pero que está, que existe, tiene todos los sentidos incluidos: lo visual, lo auditivo, lo táctil. Tiene todo lo humano, tiene más que lo humano. Ahora, sí creo que las nuevas tecnologías van a transformar, no las facturas, no la experiencia, sino la transmisión de la experiencia. Y a la entrega. No el nacimiento, ni siquiera su desarrollo, ni su madurez, pero sí su momento de darse. En recitales donde he visto distintas técnicas de visuales dentro del poema, o gente que canta o que produce sonidos o incluye imágenes. Pero lo que hay que entender es la obra, porque en ese momento no importa quién lo haga, sino la obra.  La obra incluye el poema, el sonido, incluye gestualidad, incluye performance; o sea, distintos genero su que me han hecho pensar en aquellos movimientos de principios del s. XX, en los que unían muchas áreas, y que se dio mucho en España, pero que también se hizo en época prehispánica. En realidad, se ha hecho en el mundo entero, de unir la palabra con la música, con el movimiento, con el cuerpo. Esa totalidad de la expresión de la inteligencia y el sentimiento. En pocas palabras, de la creatividad humana. No sustituyendo, sino agregándole para producir obras nuevas a nuestras formas tradicionales. Por momentos siento que el poema leído, como hemos crecido, lo siento antiguo.

N.M.: En tu poética hemos visto una sensación de dolor, incluso, me arriesgaría a decir que hasta de rabia. En este último caso, me refiero específicamente a Cuerpo. Hoy escuché tu lectura donde mostraste tu trabajo Bosnia. Entiendo que hay un dolor latente en el mundo. El siglo XXI ha exacerbado lo que el XX ya había producido. En ninguna época de la humanidad, creo, se había dado una desgracia tan fuerte como estas épocas, pero en tu caso, ¿después de escribir has conseguido una especia de reconciliación contigo misma? 


M.A.Á.: Sí. Fíjate que a lo que se refiere al siglo XX, hay un filósofo, un filósofo de la economía, llamado Eric Hobsbawm. Él tiene muchos trabajos, pero hay uno donde dice que el siglo XX ha sido el de más dolor en la historia de la humanidad. De más guerra, de más hambre, de más muertes, de más violencia de todos los siglos de la colonizaciones y de las grandes guerras religiosa. De todo lo que pasó antes ninguno sumó tanto dolor como el siglo XX. Yo soy producto del siglo XX no del XXI. Yo al XXI ingreso en mi tercera edad. Ahora, ese dolor no se puede ignorar. Y por otra parte, un poeta norteamericano haciéndole una entrevista a un poeta inglés, dijo: “yo no veo juego en su poesía, yo no veo esta cosa lúdica, no veo la experimentación, por qué no hay esa búsqueda experimental, ¿sabes?, los elementos”. A lo que el poeta inglés le contesta: “Mire, m’ijo, yo vengo de dos guerras mundiales. Yo no tengo deseos de jugar”. Te digo, yo vengo de un continente súper sufrido, colonizado (sigue colonizado), yo no puedo jugar. Quizá sea un asumir, con honestidad, la tragedia de nuestra historia. Porque ha sido una historia trágica. Yo no la inventé. Yo soy parte de una historia dolorosísima que sigue produciendo dolor. O sea, yo no puedo ponerme a jugar con los colores como si no tuviera todo el peso que viene atrás. Pero por otro lado, no creo que el dolor sea la única manifestación de nuestra condición humana. Y de alguna manera en mi trabajo actual, que no está publicado, sí he llegado a una serenidad, que no sé si sea una especie de nirvana, un budismo, una iluminación mística, un regalo inmerecido de la vida, de Dios… pero siento paz. Y siento que el dolor no es un enemigo, que el dolor nos hace mejores. Nos limpia, nos construye, es necesario. Es necesario para nuestra sobrevivencia humana. Que aparezca en el poema o no, no importa. Pero esa consciencia del dolor hace falta para producir arte o no producirlo. Para estar parado sobre la tierra un solo día hace falta esa consciencia. O sea, que el poeta también es el amoroso del mundo. Porque de qué nace un dolor: nace del amor. De un amor, de una esperanza. Esa frustración produce dolor, produce violencia. Yo creo que el dolor es la ausencia, es la violencia de no poder, como Pedro Páramo, alcanzar el amor. No el amor de pareja, la bondad, lo que suponíamos que era vivir; la paz. Ese es el gran dolor de la guerra, el dolor de la humanidad. Paradójicamente, es la búsqueda de la conciliación, del entendimiento, de la armonía. Acabo de cumplir sesenta años y estoy muy feliz de haber vivido muy en paz. Pienso en el dolor como una parte del proceso del mío y de los otros. Y no creo que sea una desgracia sufrir. Al contrario, me da miedo no estar consciente. Me da miedo la fiesta ficticia. Porque eso sí pienso que es una grieta, una gran ruptura, la construcción del ser; como Simone Weil, hay que pasar exilio, hay que pasar cárcel, hay que pasar distancia, pero eso no es lo único. Eso nos construye, pero también nos, y nos devuelve, la verdad, la transparencia, la sensación de que valió la pena haber vivido honestamente, sin mentirnos, sin decir que no vi lo que vi, que no oí lo que oí. Si quiero que la poesía, el arte o la ciencia, o hacer café por la mañana o hacer zapatos sea una respuesta a la vida.