ROBERTO ECHAVARREN. EL MONTE NATIVO

Las plantas reflexionaron
absorbiendo los cambios.
La garúa empapaba
gratebus, caracoles,
desprolijas barbas de liquen
inocentes de la duración
rebarbativas absorbían
el espectro de la continuidad.
De barbas desprolijas
la duración se enrula de repente:
tres muchachos surgen de la esquina,
arrebatan el bolso ¿de quién?
La duración se enrula de repente
en un parpadeo, una devoración,
un arrebato insospechado,
el tránsito de la distracción al terror,
del sueño a la vigilia,
del dormir a la muerte.
Vine a saber eso
al despertar al otro día.

Y qué estocada fina, el espíritu,
a pesar de todo: voy en tranvía
por las calles de Lisboa
estrechas y retorcidas
en el silencio de la madrugada.
Las casas siguen allí,
frente a la mirada
ciega del Atlántico
aunque los habitantes
hayan variado tanto.
Un espasmo de mar,
un espíritu deshabitado
tremola, deforma
todo lo que toca,
trapos al viento
en el embuche de esta boca.














M o n t a d o r   S i m b i o n t e


Este monte es montaje, un cine (“en el cine del universo”, escribe Echavarren), es un montar menos técnico que gozador: paideuma (pedagogía de la respiración, dirá un verso). Las pedagogías que aquí cuentan son respiratorias, nativas, montaraces… ¿Qué es montaje para un jinete del empalme? Lejos de una pedagogía sobre el cine, Echavarren responde montando a su manera en ensayos, poemas y novelas: El diablo en el pelo, Ave Roc, Arte Andrógino, Atlantic Casino… En este montador todo pasa por asumir la vista en caverna, “como si una endoscopía del intestino equivaliera a la inspección de una gruta de la masa terrestre” (Discusión del Eros en Paradiso, ensayo de RE publicado en el libro Nosotros, los brujos[1]). Montar es empalmar auscultaciones de órgano –el intestino humano– a tanteos geosóficos –la gruta terrestre–, sin analogía, por fuerza de penetración tierra-órgano-cielo. El cine del universo aparece por ritmo de penetración del moebio interior-exterior que se vuelve intercambiable y reversible, guante ilimitado entre geografía y endoscopía, entre cráter y culo, entre panorámica y detalle, ya que es a la vez que se abisman en su bazar a la intemperie, libre de la mercadotecnia del sujeto / objeto. Al contrario es una praxis de estilete manierista: lo hacía –entre otros montadores maestros– Giusseppe Arcimboldi entre fruta y rostridad, entre cuerpo montador y naturaleza montante: rebus matérico a la enésima. Se aprovecha la enseñanza de Whitehead respecto al reversible ilimitado: de un lado el “un” (el one no-Uno, como artículo indefinido, según el inglés) y del otro lado los muchos (los many), en un contrapunto inventor de libre-empalmes hacia el un arcimboldesco, en un solo tiro. ¿Asociacionismo? No: Echavarren va pensando mientras monta, no descolgando peras al azar cual falsetes de flujo, si bien el azar de los encuentros no se descarta, se porta la vara mágica, de arres, de quien capta lo que desea cosechar en el paseo –travelling– y lo que no. Rigor de lente, pero en cuanto rigor de enjambre, que persevera en el ser del monte, que no lo desmonta jamás.    
Lo captamos: no es monte referencial, no es poesía regional: es un nacimiento al montar, al máximo rigor montante que se pueda extraer de un travelling inter-trópicos (trans-tropos, trans-figurales, inter-apariciones), y es por eso nativo, porque de él todo puede nacer: un vestido, una muñeca, un cine, “una hojita lanceolada”, y hasta un “me acuerdo, cuando era niño”, que avecina un Felisberto Hernández. Endogénesis multívoca que se exogamia, pletórica, y que sólo en cuanto eviscerada participa del cine que “nos deja esperar / una dimensión más vasta”. Es por este cinepoema que “mucho ingresa de lo invisible”, del fuera de campo, porque el monte y el montar, nativa o crudamente, es a cuchillo, es en Verdad (en Amón –dirían los egipcios más crudos–) en tanto fuera de campo del catastro verdadero = civil. Es cine glandular (con seguridad éste hace bien su trabajo: “rueda hasta el confín del universo”) que opera desde su espesura de calor, acá, como goteo, como temblor, ya que la vida es la que monta primero, como topología dinámica o tectónica, si hay percatación de jinete de las líneas sísmicas.
Terrible jinete Robervarren, su poesía. Montar a caballo, para alguien que ama los caballos (sus ancas, y el momento secretor de sus culos con efecto de guante), así como sus crines, y las colas de caballo de los andróginos entrevistados (cazados), no es un mero deporte: es –diría un Deleuze– atletismo de las sensaciones, lo que nos devuelve a la pedagogía de la respiración que RE nos muestra. ¿No es respirar el insuperable montaje? Lo sabe el nadador, el fumador, el buzo y quien monta. Echavarren monta inhalando y exhalando en verso, resollando diríamos, en una suerte de numerando con algo animal (animalaccio es un poema suyo). Inhala / exhala deslizándonos su imperceptible summa de artículos indefinidos numerosísimos: un / una (no el un-dos). Es su respiración fundacional: “Una muñeca”, empieza el poema, pero sigue a repetición a lo largo de las primeras páginas: “un cuadrículo”, “una vincha”, “un ribete”, “un pie”, hasta que al final de la tercera estrofa ametralló con diez o doce indefinidos ubicados al inicio de cada verso, montando una suerte de kasbah de apariciones en las que unas cosas se cambian por otras: una hebra con un pie, una luz con un torbellino, un termómetro con un juez… ¿No es esto montar y por eso mismo trobar? Es también penetrar, ya que no empalma por mera frialdad acumulativa. Existe en su cine lo que se llama ritmo de penetración (Lezama Lima) donde exuda el montar conducente: no recolección general o indiferente de unidades. Lejos de toda recolección para la hipnosis, aquí se despierta el imán lúcido y fundente de los fragmentos (de hecho ya no eran unidades discernibles), y así es que puede haber monte: un plan(o), un plató. Echavarren es maestro de esa clase de locus unitivos en base a contrapuntos, fragmentos, montares contrastantes, ajustes drásticos de ópticas (releer Centralasia, su bestial poema de ochenta páginas[2]), donde intercala entidades indefinidas del un pero a la vez las inter-penetra con las muchedumbres del too many. El monte es una economía libidinal de cadenas mágicas ensanchando el cráter del comensal, la cámara oscura misma.
Cuando Echavarren monta aconteceres, eventos, en tantos de sus textos, lo hace con afán de enseñar o señalar algo, con algo de magisterio (respirante: sea que respire por los pulmones o por el átomo que pasa). Robervarren es feroz profesor insertado entre un ombú que señala y una serpiente que se le cuela que es un tren a Leningrado. ¿De qué otra manera podría aparecer la Historia (en Las noches rusas, por ejemplo) si no es por una suerte de inducción intestina, aunque meticulosamente entrevistada, investigada, registrada con las mayores dosis de enjambre mantenible? ¿Cómo se mantiene el enjambre sobrefáctico, las sociedades gaseosas o líquidas, aún en la Historia efectuada que las anula, con tal de volverse la garante de yocul fruncido? Bueno: a través de su proceso pensante de poeta-docente en el extitucional aunque pedagógico monte nativo, y por el otro, en tanto que átomo que piensa per se (porque el tan Lucrecio lo hace declinar, sonar, componer). ¿O acaso cuando RE piensa en poesía no lo realiza a la manera del poeta-filósofo-meteorólogo que es crítico por rebote (del martillo auscultativo)? Lo puede hacer incluso a la manera de un Foucault que se va de requiebro por la naturaleza (¡es haberlo destilado!), o hasta de un Kant que se extravía, como el Descartes de Leminski, en la foresta sináptica, o de un Bergson cuyo nobel es de poesía.
Pensar en tanto que montador es una dinamización de los sentidos por el empirismo del paseo, como el de Lenz, como el de Nietzsche, como el de Thoreau, aun cuando Echavarren, a diferencia de Henry, apueste por una edad de la razón práctica y sus ciudades montantes, si implica andrógino con martillo crítico, más las salidas al monte o al mar, a investigar la naturaleza que, como la ciudad (tribus, de todas maneras), se abren al cultivo del apetito. Esto es: de la inteligencia marciana o de la intuición venusina: “Marte organiza el conflicto, / sitúa los contendientes (…) Venus en cambio olvida todo. / Esos momentos “Venus” / nos sacan de la competencia”. Nos introducen de lleno en el monte de Venus, en el contrato venéreo, no meramente social, donde “tomamos el tiempo / para nosotros de estar en el  suelo”. De ese cultivo se extrae el ritmo de dilatación de un ojo arremolinado que no es distinto a un puñado de átomos que declinan sus células ópticas, su pensamiento particular (de partículas también). Nos lo hace saber el caminador recolector: “Las plantas reflexionaron”, o es que básicamente él capta las inflexiones en vegetación, el punto de verdear de cada acontecimiento. 
Cómo no iban a juncionar, en tal monte, pas(e)o y pedagogía, cielo de un pensamiento y compost de un suelo, ritmo de penetración y numerando de los indefinidos, si el mismo Robervarren lo revela: “Esta declaración / del proceso indefinido”, por medio del cual nos da el ritmo de su aprehender, a la vez docencia on the road, que sigue diciendo en todo el poema: una luz, un torbellino, una lluvia (aprendimos que son menos artículos que procesos). Casi nunca a estos indefinidos los encontramos al medio del verso, van al inicio como fusta ya que son nativos, marcan el punto de apoyo del paso que hace nacer el many, punto sobre el que bascula un segundo y lanza su flexión (¿el verso?). Sí, pero lo que envuelve a la vez su numerando es una unidad de percepción sostenible en su co-variación, en su desnudez y crudeza, “de lo crudo sin mundo”, nos advierte, lo que no implica deshidratación alguna sino un campo abierto o hiperventilado, “fluido puro en estado libre”: “esa crudeza salvaje / nos deja a la intemperie”. Asumir que podría haber arte, poesía o pensamiento, sin “mundo”, o que de hecho lo hay (“aunque nosotros no estuviéramos / siempre estuvo aquí”) porque montar, ya remonta el viento, o hasta la mera filigrana de temas larvarios que se refriega contra cada rostro. 
¿Será que Echavarren, como tantos otros periféricos de la polis, asume desde su saque que la meteorología o la biología (a lo Von Uexküll o Bergson), tienen una potencia de versor igual a desobediencia androginal: pseudo-humana, humanoide, anhumana? Lo que implica levantar cadenas montantes según totalidades relacionales sin fin ni con hombre-mujer como medios. Una sincronía de las fisiologías vivientes siempre que haya un cóncavo de montura: crudeza sin “mundo”, entre los mundos, a cabalgar. El apunte que nos lanza RE es nítido: “Estoy asomado a la crudeza, / al espíritu químico de las vibraciones”. Asomado al momento de desencadenamiento de la aceleración biopoética / biosemiótica, que pivotea sobre una punta de ontología vibratoria. Claro que ni a la historia ni a la sociología les interesa el problema vibratorio, a excepción de aquél Gabriel Tarde (lo venimos invocando desde montes atrás). Tampoco parece interesarles el corazón, que al contrario interesa a biólogos y médicos, y a Echavarren, nuestro pedagogo cardíaco, en cada una de las vueltas de su parkour: “Pero la mala fe no debe tolerarse. / Eso endurece el corazón del hombre”, o: “¿Es el corazón enterrado en la estación / una pauta del movimiento perpetuo / captado en su centro de engendramiento?”, y también: “La lluvia es la puerta que nos lleva / adonde nuestro corazón quiere ir”, hasta que “Nuestro lugar es la separación. / Nuestro corazón es el restaurador”.
Abarcar la totalidad de elipses relacionales (ajustar la lente al hervidero, restaurar las juntidades respecto a él) no es obra de nuestro lugar (de nuestro recorte heredado o ficcionado) sino de un corazón sin lugar ni mundo, un centro de engendramiento hallado aquí-allá en cada “un” del proceso, a fin de lograr un entendimiento de tan abrumador numerando: tantos índices de natividad para un solo monte con tantos corazones entrando en acción. Cada piso del palacio terrestre (Von Uexküll) tiene un estilo (Von Uexküll + Echavarren), así como cada piso del palacio montador, tiene un corazón, un núcleo engendrador de cada entramado visivo, aural, pensante. Por eso no es casual el verbo “restaurar” del verso que citamos: el aura que le corresponde no concierne a la visión (menos a un retro que penda de un origen), sino al olfato y al oído del eón-ahora, ya que aura significa aire, aliento, viento, perfume. Ese aural cardíaco (corazón restaurador) impulsa hacia lo inabarcable propio de los saltos de auralidad engendrados por el oído capaz, habilitado para hallar, en su penetración, un plató viviente para lo que sólo eran quistes y recortes: endurecimientos vs. engendramientos. Así puede decir: “roces de esfínteres, roces de clítoris”, más todas las otras intimidades asordinadas del monte, de los meteoros o de la endoscopía, auras que se nos refriegan, meteorismos: “la nota que no cesa / la nota que nos habita completamente”. Ya lo decía, por un lado, Tarde en su Monadología y Sociología: “suerte de verbo inefable e ininteligible que, sin haber sido jamás pronunciado por nadie, sería sin embargo escuchado en todas partes y siempre”, y por el otro, Néstor Perlongher: “Es como restaurar el aura, un encantamiento del mundo”[3]. Tras lo que emitirá desde su estesia Echavarren, un poco antes: aura amara[4].  Restaura eso que “es el evento y es el infinitivo”, sonando sin haber sido nunca pronunciado, pero que es nota que no cesa.
“Se es nativo de un sitio si el sitio no puede existir sin él”, le dijo una vez Burroughs a Brion Gysin. Sencillamente porque lo nativo es germinativo, y hace nacer de sí el lugar que habita (contradarwinismo simbionte, a lo Lynn Margulis[5]), si es que restaura el corazón, o los centros de engendramiento larvarios a su navidad. Entonces el entorno no existe sin su germen-nativo, nativo que no pasa por un individuo folk: ¡es un monte!, o el dividual a simbiosis a través de cuyos estilos gana pisos el palacio terrestre, su mons victorialis.
De nuevo Echavarren nos lanza su guante (tiene varios): estilo o muerte, le sugería Paola Cortés Roca al final de una entrevista[6]. Que aquí también se dice: montar o morir, en un gladjet que ensancha la invasión de “temas”, de saltos ecuestres. Lo acompañamos con sus carteles: “Un pleroma de mantarraya”  – “un precipitado browniano” – “el conejo es el rey de la pascua”, ya que a todas luces RE se divierte con sus ajustes de la lente. Cambiar de tema es el poder, dijo César Aira, y ese poder se lo puede ejercer (no como en la publicidad), por levantamientos de carteles sin adecuación a receptor alguno: “El Volkswagen tiene faros”, de la nada, saltando mientras cabalga. Contrapuntos que hacen juego con los contrapuntos de los indefinidos más estos otros juegos: los que van de la panorámica al detalle, en todo el poema (en casi toda la poética de Echavarren): del arco iris al vestido azul celeste. Con un dejo de hilaridad que puede hacer pasar un conejo de Carroll (es un eón) que pronto se va y se lleva la escena consigo: “Hice un túnel / entre las espinas de la cruz, / y entré a un claro”. Arriba enseguida otro cambio drástico, nunca dramático, otro cartel hacedor del tacazo montador: “Las plantas reflexionaron”, como ya oímos. Y uno tiende a sonreír a través de esa riqueza de bloques interpuestos a lo largo del poema (¿se llaman estrofas o asperges de bloques?), que se hacen reflejos de luces, que reflexionan en el espejismo de su presente germinativo, no ficcional, al contrario friccional, como la lámpara de Aladino.
¿Nos vamos al monte? “Es un relieve del poderoso”, le diría un montador a otro, y este Rob es poderoso en su transdividual capaz. Produce un temblor posibilitado de incluir diversos todos mientras cabalga, extasiado entre fricciones minerales, vegetales, orgánicas. Creeríamos que por un lado se trata de aquella sopa prebiótica mencionada por Pierce, pero son ante todo –y más cardíacamente–, una serie de clases magistrales ofrecidas entre pinocha y arenario, a puro par coeur y parkour. Echavarren maestro de la curiosidad barroca, del apetito para entrar siempre en un coto desconocido. Recogemos el guante y conjuramos nuestras velocidades para gozar de este cinebionte, una y otra vez.



anKh-Ra-On (*
Estación Orbital Alógena








[1]              Nosotros, los brujos, AAVV, selección a cargo de Juan Salzano, Santiago Arcos Editor, Buenos Aires, 2008.
[2]              Robero Echavarren, Centralasia, editorial tsé=tsé, 2005.
[3]              El susurro del poema, entrevista de Susana Villalba a NP, incluida en el libro Papeles Insumisos, Santiago Arcos Editor, Buenos Aires, 2004, Adrián Cangi y Reynaldo Jiménez compiladores. 
[4]              Roberto Echavarren, Aura Amara, México, Cuadernos de la orquesta, 1989.
[5]              Bióloga americana que prepondera los procesos de simbiosis respecto a los saltos de mutación, en los que el organismo se enfurte al medio y lo determina a su manera, en sentido inverso a la mera determinación por el medio y sus respuestas competentes.
[6]              Roberto Echavarren, Performance, Eudeba, Buenos Aires, 2000, edición de Adrián Cangi.  


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Roberto Echavarren es poeta, narrador, ensayista y traductor. De entre sus libros de poemas se destacan Centralasia (Premio Ministerio de Cultura de Uruguay, ediciones en Argentina, México y Brasil), El expreso entre el sueño y la vigilia (Premio Fundación Nancy Bacelo) y Ruido de fondo. Performance es un volumen mixto: antología de poemas, entrevistas, reseñas críticas alrededor de su obra. Ensayos: El espacio de la verdad: Felisberto Hernández, Arte andrógino (Premio Ministerio de Cultura de Uruguay), Fuera de género: criaturas de la invención erótica, Michel Foucault: filosofía política de la historia, Margen de ficción: poéticas de la narrativa hispanoamericana.  Sus novelas: Ave roc, El diablo en el pelo, Yo era una brasa. Las noches rusas es una crónica acerca de la vida política y cultural de Rusia durante el siglo XX. Tres cuentos es su último libro de narrativa. La pieza Natalia Petrovna fue premiada y publicada por el Centro de España en Uruguay. La pieza África, la muñeca de Felisberto Hernández, basada en un caso real, fue publicada y se presentó en Montevideo a lo largo de 2012 y 2013. Dirige la editorial La Flauta Mágica, especializada en ediciones críticas bilingües de poesía en traducción y el rescate de obras poéticas imprescindibles escritas en español.