COLOR PASTEL. FANZINE DE POESIA. (ANTOLOGÍA 2004-2012)
















Hay un color
pastel

         Hace unos meses, me pidieron que escribiera mi experiencia con el fanzine conocido como “Color Pastel”. En el ambiente poético de Buenos Aires nadie duda que hablamos de un fanzine y todos, o casi, alguna vez tuvimos en las manos uno de sus pliegos. Entonces, ¿cómo escribir sobre lo conocido sin caer en la redundancia o el aburrimiento?
Voy a empezar por lo más referencial: esta historia, la de “Color Pastel”, está atravesada por mi historia con la poesía. Supongo que los poetas no nos hacemos en libros, sino que los libros son el resultado visible, tangible, de un proceso largo de búsqueda, amistades, lecturas, escuchas y hallazgos. Uno se encuentra poeta a la vez que se encuentra con la poesía. Y en ese extraño e inmenso universo, intercambia con sus pares y elige sus referentes. Así, despliega una poética propia, una voz entre las voces, un espacio desde el cual decir el mundo.
Nada dirá la Academia de estos procesos a la hora de analizar el texto como resultante, pero son estas idas y vueltas, estos giros, los que terminan de conformar el tinte de una época. Si hablamos del hoy, esta cofradía o aquelarre hace ruido en las redes sociales, pero antes, desde siempre, comienza en encuentros de bares y centros culturales, casas de terrazas y tardes, salas de festivales y salones de lecturas en los cuales el texto se vuelve sonido. En todos esos lugares supo circular, desde el 2004 al 2012, “Color Pastel”.
Los proyectos que trascienden no son siempre los que buscan la pervivencia, sino, muchas veces, los que crecen lento, como semillas de un árbol. Germán Weissi y Laura Mazzini, editores de la criatura, proponían unos pliegos de hojas tamaño A4 con un poema impreso, título y autor. En Buenos Aires como en otras ciudades de la Argentina y, luego, del mundo, el fanzine viajó con una distribución anónima que buscaba lectores para la poesía contemporánea. Así, una semana salía el pliego de Carlos Battilana, luego el de Liliana Ponce, el de Diana Bellessi, el de Alejandro Méndez, o el de algún poeta que recién comenzaba a resonar y hoy está en el centro de la escena. Pero sobran los nombres cuando el colectivo supera lo individual. Esos pliegos fueron para mí, como para tantos, las primeras lecturas de muchos poetas. Fueron el descubrimiento y la luz, así como luego el espacio donde nosotros, los nuevos, publicaríamos nuestros primeros poemas impresos.
Dos elementos se sostuvieron fijos a lo largo de los 121 números: la gratuidad y, aunque a veces intervenido por diversos artistas plásticos, el formato. Curados por los editores, los poemas fueron conformando una imagen que da cuenta del mapa poético de Buenos Aires en esos años, de los accidentes del territorio. Y este mapa, casi incidental, producto del esfuerzo sostenido, se convirtió en un libro que reúne decenas de autores que crecieron, editaron y se constituyeron como poetas a lo largo de ese tiempo.

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Entonces lo singular, para mí, del hoy formato libro de Color Pastel, el carácter único que lo vuelve incomparable, es que a través de sus hojas -cocidas, encuadernadas, ordenadas- se vive una suerte de biografía poética. El libro se conforma como testimonio. Color Pastel fanzine de poesía antología 2004-2012 rompe la sucesión diacrónica para establecer una cosmogonía sincrónica: estos eran los poemas que leímos; estos eran los poetas que queríamos ser. 


Jimena Repetto








Prólogo Pastel
Color by Freschi


Me siento no solo parte de Color Pastel sino escenario en cierta medida, casa o pariente, en el sentido de relacionada, pero a la vez en el sentido de algo que yo también parí –y sigo pariendo– (sigo en estado de pariente) sin darme cuenta. Como algo que se gestó en mí sin que mi voluntad consciente interviniera, pero que innegablemente sale de mí. Y de muchos otros, claro. Con perdón y permiso de quienes en realidad le ponen el cuerpo y la energía a este proyecto, me permito adjudicarme ese lugar de pariente que me coloca tanto en el papel de madre como de hermana, hija y, por supuesto, de amiga incondicional, de esos amigos que son la familia elegida.
Sor Juana, como en todo proyecto latinoamericano, es indispensable. A principios de los 2000, recibía mensajes de una casilla de e-mail cuyo remitente era Sor Juana. ¿Cómo no responder a esos mensajes? Sor Juana emanaba una energía absolutamente vital, graciosa, una luminosidad necesaria. Al poco tiempo conocí, en Cabaret Voltaire –el bar que gestionaba entonces–, a quien estaba detrás de esa maravillosa máscara: Germán Weissi. Y así comienza la historia.
El nombre Color Pastel surgió como una expresión algo graciosa en una conversación casual entre Germán y Facundo Albano. Anahí Mallol estaba leyendo en Cabaret y, a raíz de uno de sus versos –“ellas nunca besarán estos labios”–, los allí presentes se largaron, entre chistes y otras informalidades, a hablar sobre poesía, y aparecieron las dos palabras. Juntas. Sonaban ingenuas, algo cursis. Ahí mismo nació la idea de imprimir hojas con los poemas que les gustaran y regalarlas. En principio, a amigos.
Lo primero que publicaron fueron textos de Alejandra Pizarnik y de Olga Orozco. Continuaron, única y exclusivamente, con poesía contemporánea, argentina, pero también latinoamericana, en su gran mayoría de poetas mujeres. A pesar de estas constantes, el criterio de selección era personal y subjetivo. El reflejo del entusiasmo de decir: “Nos encantan estos poemas, los queremos regalar, hacerlos llegar a toda la gente que no los conoce”.
Un par de números después de haber comenzado, Facundo no siguió colaborando y, a través del newsletter de la biblioteca online Zapatos Rojos, se presentó Laura Mazzini, quien desde entonces coordina Color Pastel junto a Germán. Este fue el inicio de una larga lista de otros proyectos editoriales que lleva adelante la dupla.
Las ediciones comenzaron a hacerse orgánicamente, al principio con material de amigos, pero luego esto fue cambiando. Los editores iban a lecturas, leían blogs, compraban libros –por lo general, ediciones artesanales–, de este modo conocían otros autores, tanto nóveles como con amplia trayectoria. Mantenían, además, una convocatoria abierta por e-mail. Quien quisiera podía mandarles sus textos, y cuando llegaba algo que los conmovía, lo publicaban. Muchísimos números se armaron de esta manera. Así Color Pastel se fue transformando en un espacio de difusión y exposición, de circulación de poemas impresos, en papel.
Fue la primera publicación de poetas como Juana Roggero, Laura A. Arnés, Gael Policano Rossi y Belén Iannuzzi, entre otros. Muchos de estos poemas después fueron incluidos en libros o antologías. También poetas como Diana Bellessi, María Teresa Andruetto, Mirta Rosenberg y Liliana Ponce tienen su edición. A todos siempre se les dio el mismo lugar y se los distribuyó con igual entusiasmo. Ya que, fundamentalmente, lo que importaba era la llegada a quien quisiera leerlos.
Color Pastel circulaba en centros culturales, teatros, librerías, festivales de cine, bares, facultades, lecturas, bibliotecas, recitales, con revistas literarias y culturales, en fiestas varias. Se distribuyó regularmente en provincias argentinas y en otros países. Las ediciones fueron traducidas al inglés, francés, italiano y catalán, primero por estudiantes de Traductorado de la UMSA (Universidad del Museo Social Argentino) y luego por todo aquel que quisiera colaborar. Laura y Germán armaban cartas y paquetes para enviar y, además, todos aquellos que viajaban se llevaban hojitas para soltar en otro lugar. Lograron una red muy amplia de amigos, colegas y lectores que no dudaban en avisar cada vez que emprendían algún recorrido fuera de Buenos Aires. Muchas de esas cosas las contaban en Fotolog, la red social vigente durante esos años. Fue una actividad inagotable. Los lectores llevaban el fanzine incorporado a sus libros, apuntes o agendas, en las carteras o en las mochilas.
Color Pastel tomó notoriedad por su actividad libre, gratuita, masiva. Siempre fue algo artesanal y práctico. Nunca pidieron dinero para armar nada. En 2007, recibieron la distinción Clamor Brzezka de Vórtice Argentina: “Por la audacia, la imaginación y la más arriesgada manera de difundir la poesía”. Una descripción de la energía de esos años está contenida en la nota “Ciudad Pastel” que escribí para la revista No Retornable (se puede leer online). Allí los editores cuentan pormenorizadamente los vaivenes de llevar adelante un fanzine.
Aunque la definición del proyecto fue cambiando según quien lo interpretara, siempre giró en torno a lo mismo: distribución gratuita de poesía, fanzine, hojita literaria, plaqueta, pliego. Nunca fueron una editorial. El diseño era muy simple –algo con lo que me identifico plenamente–: una hoja A4, doble faz, doblada en dos pliegos. Una edición por poeta. En la parte de atrás se incluía esta leyenda: “Color Pastel es lo más fácil de fotocopiar, doblar, y llevarse de viaje. Permitimos y fomentamos cualquier tipo de reproducción del texto (siempre citando nombre del autor)”.
Al poco tiempo, empezaron a armar ediciones especiales intervenidas por artistas plásticos. No estaban pensadas para ser fotocopiadas, sino para volverse pequeños tesoros, obras como las del arte correo, limitadas, numeradas, originales y, por supuesto, de distribución gratuita.
Durante varios años el ritmo de publicación fue quincenal, luego pasó a ser mensual. Armaron colecciones completas al cumplir los 30, 50 y 70 números. Además, hubo colecciones especiales y ediciones aumentadas. En varias ocasiones pasaron un par de meses en los que únicamente reeditaban el material. En 2011 y 2012, tuvieron editoras invitadas que se encargaron de la selección: Paola Ferrari, Ivana Gamarnik y yo.
Color Pastel nunca fue un proyecto digital. Siempre fue tangible: para imprimir y doblar, pintar, intervenir, salir a repartir, darlo de mano en mano o soltarlo en cualquier sitio para que encuentre su lector, sin necesidad de estar sujeto a una computadora. Exactamente lo mismo que Laura y Germán plantean hoy con este libro. Tenerlo encima, llevarlo de viaje, compartirlo. De todos los lugares donde alguna vez dejaron las hojitas, tiene un valor especial una biblioteca popular en Campo Quijano, Salta. Fue allí, en 2012, donde aparecieron por primera vez las ganas inconmensurables de armar un libro Color Pastel que se encuentre en una biblioteca como esa. Este es un recorrido de casi diez años para leer en continuado, una antología que reúne la gran mayoría de las 121 ediciones comprendidas entre los años 2004 y 2012.
Llegar a otro lado, viajar, apagar la computadora, salir de nuestros cómodos lugares. Eso siempre ha sido la literatura, y la radicalidad de su fuerza nunca estará en la figuración autoritaria, valga la redundancia, del autor. Hoy más que nunca, diluirme en estos otros con los que compartí y me emparenté a través de este proyecto, me parece que es la marea más asombrosa y fuerte, capaz de romper los reales prejuicios y asumir las aventuras de leer y de vivir.

Felicidades, Color Pastel, y ¡a rodar!
Romina Freschi













Libertad, libertad, libertad


Ocupar el lugar de las palabras finales no es nada fácil. Me asalta la indicación patotera de “el último en salir cierra la puerta” desde el recuerdo y como sabia prevención, porque, sinceramente, no me interesa cerrar nada, no solo por seguir los mandatos polisémicos de Puan en los que he sido instruida, sino también recuperando algo de lo que dijeron Laura y Germán en una entrevista realizada por Plebella hace diez años sobre su proyecto y otras movidas editoriales: “Creás un espacio, creemos que todos acá somos espacio”, y por muchas razones y necesidades vigentes quisiera que quede abierto.
Empezaron en 2004 con una propuesta que preludió a las licencias Creative Commons, que, iniciadas en 2001 en los Estados Unidos, recién llegaron a la Argentina traducidas y adaptadas a la legislación local en 2005, desordenando el clásico “todos los derechos reservados” (que garantiza el derecho de autor por defecto) con un espectro amplio de opciones. Estas licencias invitan a los autores y creadores a compartir las obras bajo la idea de “algunos derechos reservados” y, así, a tomar una posición intermedia entre la reserva completa de los derechos de autor y el dominio público, promoviendo el libre acceso a la cultura. Con ánimo visionario (o libertario), la dupla de Color Pastel declaraba desde su primer fanzine: “Color Pastel es lo más fácil de fotocopiar, doblar, y llevarse de viaje. Permitimos y fomentamos cualquier tipo de reproducción del texto (siempre citando el nombre del autor)”. Cultura libre, poesía libre, gesto antimercantil. Gratis y gratificante. ¿Quién no se llevó en el bolsillo del pantalón o del buzo canguro un par de poemas seleccionados por Laura y Germán? Nos llegaba siempre un nombre nuevo, con su obra en una muestra modesta y linda, sin apabullar.
Contemporáneos al surgimiento y triunfo de las redes sociales –Facebook, por ejemplo, se abría al mundo en español entre 2007 y 2008– podría asegurar que fue Color Pastel quien conformó primero una red autóctona y auténtica de lectura y circulación de poesía en aquellos años, que nos reunió innumerables veces y nos sigue reuniendo, que dio a tantos su primera publicación, además de generar influencias, amistades. Varias de las personas antologadas en esta edición son hoy poetas que admiro o entrañables amigas o las dos cosas. Color Pastel me conectó con esta comunidad, siempre abierta, no un motor de búsquedas ni un algoritmo o un robot, sino la tracción a sangre de su dar y disfrutar: “Mis amigos siempre leyeron textos que yo les daba y quise llevar eso, de mi e-mail a algo mucho más global y hacer circular esos autores que a mí tanto me gustaban”, decía Germán.
Y aunque parece haberse adelantado a dos inventos clave del siglo xxi, Color Pastel surge, de todas formas, de continuar una tradición; esa que vuelve la pasión por leer y por hablar de literatura con amigxs, en el boliche, en el bondi, en lenguas extranjeras, en un acto de creación: editar poesía, tarea muy visitada, pero que siempre se puede resignificar. “No sabemos si se nos hubiese ocurrido tener una distribución gratuita de poesía como Color Pastel de no haber sido por tener en casa plaquetas de Belleza y Felicidad, Siesta y Del Diego. Estos proyectos nos abrieron la cabeza de que esto existía y podía hacerse”, asegura la dupla, y yo agrego: a mí tampoco se me hubiese ocurrido realizar aquel gesto juvenil editorial –Zorra/Poesía– de no haberme encontrado con un Color Pastel una tarde, mientras esperaba, adormecida por la larga fila, mis apuntes en Gambito de Alfil. La anécdota es corta: lo vi, me lo llevé a casa, me entusiasmé y, así como ellos, entendí que había una posibilidad de habitar un espacio, de recrearlo. Una legítima práctica de la libertad.
Libertad, libertad, libertad: que nunca se termine, que nunca se cierre, que se herede en estos actos amorosos de resistencia, que nos habilitan a movernos hacia una comunidad de pares en estado creativo.

Noelia Rivero








Autores que forman parte de la antología:

Facundo Albano: Poemas
Tabita Thayil-Kant: Poemas
Romina Freschi: Poemas
Daniela Piccione: Poemas
Karina Macció: Primero
Ileana Kleinman: Poemas
Érica Jacquemain: Caracolillos
Graciela Wencelblat: Fechas
Paola Ferrari: Diarios de viaje 1 y 2
Laura A. Arnés: Poemas
María Muro: Muros y áticos
Florian DeStijl: Avernis
Valeria Iglesias: Hilvanar la angustia
Cecilia Banegas: Pensé tactos
Leo Mercado: Viento norte
Sara Reed: Hilera del regreso
Ivana Gamarnik: Sodomización del conejillo
Virginia Janza: Pobre Marylin
Ana Luz Vallejos: Hipocampos
Robinson Oberti: Ultra-santafesino
Fernanda Laguna: Poesía geométrica
Fernando Vallerstein: El círculo de más te quiero
Luisa Fernanda Lindo: Manténgase fuera del alcance de los niños
Blanca Lema: A-parición
Dani Umpi: Pastelitos
Dimitri: Referencia I
Peter Pank: Confituras amargas (cuentos para niños)
Mariano Blatt: A la espera de que cosas maravillosas sucedan
Laura Lobov: El zeide
Fernanda Nicolini: Once
Marina Mariasch: Canción de cuna para el divorcio de Angelina y Billy Bob
Noelia Rivero: Chucherías
Andi Nachon: Canciones incómodas
María Teresa Andruetto: Kodak
Mirta Rosenberg: Revelados
Paula Jiménez: Los pájaros
Diana Bellessi: Poemas
Gabriela Franco: Los que van a morir
Natalia Fortuny: Peregrina
Claudia Masin: El regreso
Ana Verónica Suárez: Noctámbula
Jorgelina Arena: Cauchito de mis amores
Alejandro Méndez: Cosmorama
Francisco Garamona: A un artista rural
Diego Carballar: Tigresa
Osvaldo Bossi: La camioneta destartalada
Carlos Battilana: La hiedra de la constancia
Gael Policano Rossi: A 120
Jimena Repetto: Por si acaso
Sol Echevarría: dingdong
Nurit Kasztelan: Necesidad de lo liviano
Marta Miranda: Amonite
Cecilia Pavón: El mundo verde giratorio
Belén Iannuzzi: findelmundista
Clara Anich: Ellas
Julieta Lerman: El diario de Emma
Noe Vera: Nosotros quiere decir un montón de cosas
Mercedes Halfon: Un paisaje que nunca vi
Adriana Kogan: Caja abierta/Caja cerrada
Celeste Diéguez: Confusión y nubosidad el futuro esa lata
Martín Villagarcía: Cómo desaparecer completamente (y nunca volver a ser encontrado)
Freak del amor: Amor normal
Fernando Cocchi: Construcción de una circunstancia
Enrique Solinas: Sobre la vida y sus diversas formas
Juan Fernando García: Temporales
Gastón Sironi: Asunción de otoño
Ignacio Bosero: Rugido
Ana Claudia Díaz: Al antojo de las anémonas
Tamara Domenech: Secundaria
Eloísa Oliva: Foto en La Giralda
Maruja Bustamante: Crayón
Liliana Ponce: Intención/Atención
Juana Roggero: Domingo 7
Cecilia Maugeri: Poema
Mónica Rosenblum: Verde va con fucsia
Teresa Elizalde: De pronto de día
Ariel Devincenzo: Loser
Gabriela Botbol: Dos tipos para mí
Emilia Ossipoff: 1986
Alejandra Correa: Cuadernos de caligrafía
Martín Vázquez Grillé: En lo negro del río
Gladys González: Despedida
Emma Villazón Richter: En la intersección del pájaro
Juan Previgliano: Una literatura sin personas
Gladys Mendía: Las inquietantes dislocaciones del pulso
María Laura Romano: Poema sobre pateadores de pelota
Andrew Haley: Grabados de Rauschenberg
Peter Golub: Arcadia
Gustavo Álvarez Núñez: Historia clínica
Mariano Dupont: En tránsito
Ulises Conti: Gorlitzer Park Blues
Margarita Roncarolo: Las Escrituras no se cumplen
Bruno Galindo: Acerca de los Ashanti






















Color Pastel fue un fanzine de poesía de distribución gratuita que salió en Argentina entre 2004 y 2012, recientemente se editó una antología, con formato de libro, que incluye la mayoría de los textos publicados en aquellas plaquettes.
En esta nota compartimos un texto que escribió Jimena Repetto -una de las autoras-; el prólogo de Romina Freschi para la edición y el postfacio de Noelia Rivero.
Los fundadores y editores de Color Pastel son Germán Weissi y Laura Mazzini.





contacto:
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